El estado prostituido y el individuo soberano
Reflexiones sobre la corrupción sistémica, la falsa democracia y el futuro de la libertad
José Manuel Fernández Outeiral
Este artículo actualiza y amplía reflexiones publicadas anteriormente en este blog sobre democracia, libertad individual, corrupción sistémica y soberanía ciudadana:
Por primera vez en nuestra historia democrática
reciente, un expresidente del Gobierno se encuentra bajo investigación judicial
por presuntos delitos de extraordinaria gravedad. Ignoro cuál será el desenlace
final de los procedimientos abiertos y corresponde exclusivamente a los
tribunales determinar responsabilidades y dictar sentencia. Pero el simple
hecho de que una situación semejante haya llegado a producirse constituye ya
una acusación moral contra nuestro sistema político y contra nuestra propia
pasividad como ciudadanos.
No se trata únicamente de una persona concreta. Ni
siquiera de un partido concreto. Se trata de nosotros. De la sociedad que hemos
construido y de los mecanismos de control que hemos permitido deteriorarse
hasta extremos que hace apenas unas décadas habrían parecido inconcebibles.
Cuando un sistema político llega al punto de sentar bajo sospecha a quienes
ocuparon las más altas responsabilidades del Estado, el problema deja de ser
individual para convertirse en institucional. Y cuando los ciudadanos contemplan
estos acontecimientos con resignación, indiferencia o simple cansancio, el
problema deja de ser institucional para convertirse también en moral.
Durante demasiado tiempo hemos actuado como
espectadores de nuestra propia democracia. Hemos delegado responsabilidades que
nunca debimos delegar, hemos tolerado abusos que jamás debieron normalizarse y
hemos confundido la participación política con el simple acto de depositar una
papeleta en una urna cada cuatro años. Tal vez por eso hemos llegado hasta
aquí. Porque ningún sistema degenera de la noche a la mañana. Toda decadencia
es el resultado de innumerables renuncias pequeñas, de silencios acumulados y
de una ciudadanía que, poco a poco, deja de ejercer la vigilancia que toda
democracia necesita para sobrevivir.
Hace algunos años publiqué en este mismo blog
diversos artículos dedicados a reflexionar sobre la degradación de nuestras
instituciones, la corrupción política, la partitocracia y el progresivo
vaciamiento de la democracia. Entonces, muchos consideraban exageradas aquellas
preocupaciones. Hoy, sin embargo, la realidad parece haber corrido más deprisa
que cualquier advertencia. Lo que entonces eran síntomas dispersos se ha
convertido en una enfermedad visible. Lo que parecía una anomalía se ha
transformado en costumbre. Y lo que algunos denunciábamos como una amenaza para
la libertad y la dignidad humanas aparece ahora ante millones de personas como
una evidencia cotidiana.
No recuerdo un momento de nuestra historia reciente
en el que la distancia entre gobernantes y gobernados haya sido tan profunda.
Tampoco recuerdo una época en la que la desconfianza hacia la política, la
justicia, los medios de comunicación y gran parte de las instituciones públicas
alcanzase niveles semejantes. Lo más inquietante no es la corrupción, que
siempre ha acompañado al ser humano desde los albores de la civilización. Lo
verdaderamente alarmante es la normalidad con la que convivimos con ella. Nos
hemos acostumbrado a contemplar el abuso, el nepotismo, la mentira, el
clientelismo y la utilización partidista de las instituciones como si fueran
fenómenos inevitables de la naturaleza, tan imposibles de corregir como la
lluvia o las mareas.
La corrupción ha dejado de percibirse como una
desviación excepcional para convertirse en parte del paisaje. Cambian las
siglas, cambian los gobiernos, cambian los discursos y los rostros que ocupan
los ministerios, pero el mecanismo permanece intacto. Cada escándalo sustituye
al anterior antes de que el anterior haya sido siquiera esclarecido. La
indignación pública dura exactamente lo que tarda en aparecer una noticia
nueva. Después llega el olvido, y con él la impunidad. El sistema absorbe los
golpes, digiere las críticas y continúa funcionando exactamente igual que
antes.
Lo más preocupante no es la existencia de corruptos.
Los ha habido siempre y los habrá mientras exista la naturaleza humana. Lo
verdaderamente alarmante es que los mecanismos destinados a detectarlos,
perseguirlos y apartarlos del poder parezcan deteriorarse al mismo ritmo que la
propia corrupción. Cuando los escándalos afectan de manera recurrente a
gobiernos, partidos, sindicatos, organismos públicos e instituciones llamadas a
vigilarlos, dejamos de hablar de conductas individuales para entrar en el terreno
mucho más peligroso de la corrupción sistémica.
Sin embargo, sería un error atribuir toda la
responsabilidad a quienes ocupan los despachos oficiales. El verdadero problema
no es únicamente el Estado prostituido. El problema es también el individuo
degradado que ha permitido su existencia. Ningún poder puede convertirse en
tiránico sin una ciudadanía previamente debilitada. Ninguna oligarquía puede
consolidarse sin una población resignada. Ninguna corrupción llega a ser
sistémica mientras existan suficientes hombres y mujeres dispuestos a
señalarla, denunciarla y combatirla.
Durante décadas hemos delegado nuestra
responsabilidad política en organizaciones que nacieron para representarnos y
terminaron representándose principalmente a sí mismas. Hemos confundido
participación con voto. Ciudadanía con obediencia. Democracia con propaganda
electoral. Hemos entregado parcelas crecientes de nuestra libertad a cambio de
promesas de seguridad, bienestar, igualdad o protección, sin comprender que la
libertad entregada rara vez regresa por iniciativa de quienes la administran.
La democracia contemporánea conserva todavía sus
ceremonias, sus símbolos y sus rituales. Conserva elecciones periódicas,
parlamentos, constituciones y declaraciones solemnes sobre la soberanía
popular. Pero una democracia puede conservar intactas todas sus formas externas
y haber perdido completamente su espíritu. De hecho, así han muerto muchas
democracias a lo largo de la historia: no mediante golpes espectaculares ni
invasiones militares, sino mediante un lento proceso de vaciamiento interior.
La fachada permanece. El contenido desaparece.
Los parlamentos, concebidos para representar la
pluralidad de la nación y servir como espacios de deliberación libre, han
terminado convertidos en demasiadas ocasiones en simples cámaras de resonancia
de las direcciones partidistas. Rara vez escuchamos en ellos el eco de una
conciencia independiente. Lo habitual es contemplar filas disciplinadas de
representantes que votan obedeciendo consignas previamente decididas fuera de
los propios parlamentos. El diputado ya no representa al ciudadano; representa al
aparato que confeccionó la lista electoral de la que depende su futuro
político. La lealtad al partido ha sustituido progresivamente a la lealtad al
elector. Y cuando la obediencia se convierte en la principal virtud política,
la inteligencia, la independencia y el sentido crítico pasan a ser cualidades
incómodas.
El mismo fenómeno se reproduce en gran parte de las
instituciones llamadas a ejercer funciones de control. Organismos concebidos
para garantizar el equilibrio entre poderes son repartidos mediante acuerdos de
cuotas que la ciudadanía contempla con creciente estupor. Lo que debería
inspirar confianza inspira sospecha. Lo que debería actuar con independencia
aparece ligado a compromisos políticos previos. El resultado es devastador. No
porque todas las decisiones sean necesariamente injustas, sino porque desaparece
la confianza en su imparcialidad. Y una sociedad que deja de confiar en la
imparcialidad de sus instituciones comienza a descomponerse por dentro.
La situación resulta especialmente preocupante en el
ámbito judicial. La igualdad ante la ley constituye el fundamento más elemental
de cualquier sociedad civilizada. Sin embargo, miles de cargos públicos
disfrutan de privilegios procesales incompatibles con ese principio. Los
aforamientos, concebidos en origen como una protección excepcional, se han
transformado en una manifestación visible de desigualdad jurídica. Quien
ostenta poder político dispone de mecanismos de protección que no existen para
el ciudadano común. Y cuando la ley deja de aplicarse de la misma forma a
todos, deja de ser verdaderamente ley para convertirse en privilegio.
Tampoco los medios de comunicación han escapado a
esta degradación. Su misión debería consistir en fiscalizar al poder, denunciar
abusos y ofrecer a los ciudadanos la información necesaria para formar sus
propios juicios. Sin embargo, una parte significativa de ellos, especialmente
los que financiamos con nuestros impuestos, parecen haber abandonado esa función
esencial para convertirse en actores políticos. La información deja paso al
relato. El análisis es sustituido por la consigna. La crítica se aplica con
severidad a unos y con indulgencia a otros. El resultado es una ciudadanía
atrapada entre versiones incompatibles de la realidad, incapaz muchas veces de
distinguir entre información, propaganda y entretenimiento. Cuando los medios
dejan de servir a la verdad para servir a intereses ideológicos, económicos o
partidistas, dejan de actuar como contrapoder y pasan a formar parte del propio
poder.
Harold Lasswell explicó hace casi un siglo que la
propaganda constituye uno de los instrumentos más eficaces para moldear la
conducta colectiva. Su reflexión conserva plena vigencia. La manipulación
moderna rara vez adopta formas burdas o explícitas. No necesita prohibir
determinadas opiniones. Le basta con invisibilizarlas. No necesita imponer una
única interpretación de los hechos. Le basta con repetir constantemente ciertas
narrativas hasta convertirlas en verdades indiscutidas. Quien controla el flujo
de información termina influyendo sobre la percepción de la realidad. Y quien
controla la percepción de la realidad ejerce una forma de poder mucho más
profunda que la simple coacción física.
Mientras tanto, la burocracia continúa creciendo con
una vitalidad que contrasta con la decadencia de otras instituciones. Nuevos
organismos aparecen constantemente. Nuevas regulaciones se suman cada año a las
ya existentes. Nuevos procedimientos administrativos envuelven aspectos cada
vez más amplios de la vida cotidiana. Todo ello suele justificarse mediante
nobles objetivos: la seguridad, la eficiencia, la sostenibilidad, la
transparencia o el progreso. Sin embargo, el resultado práctico acostumbra a
ser el mismo: una creciente complejidad que aleja al ciudadano de las
decisiones que afectan a su existencia y multiplica los espacios de
intervención de quienes administran el aparato público.
John Stuart Mill advirtió hace más de siglo y medio
que la amenaza más peligrosa para la libertad no procedía necesariamente del
gobernante, sino de la presión creciente de la mayoría, de la masa organizada y
de la opinión dominante. Temía una sociedad que terminase sofocando la
individualidad bajo el peso de la uniformidad colectiva. Hoy contemplamos
precisamente ese fenómeno. La diversidad se celebra en los discursos mientras
se castiga en el pensamiento. Se acepta la diferencia superficial, pero se combate
con extraordinaria agresividad cualquier discrepancia profunda respecto al
relato dominante. La sociedad parece cada vez más inclinada a producir
individuos semejantes, previsibles y obedientes, antes que ciudadanos libres,
críticos y responsables.
La libertad nunca ha consistido en pensar lo mismo
que los demás. La libertad consiste precisamente en conservar el derecho a
pensar diferente. Consiste en preservar la posibilidad de disentir. Consiste en
defender la conciencia individual frente a la presión de la multitud, del
gobierno, de los partidos, de los medios y de cualquier otra forma de poder
organizado.
Por eso resulta tan preocupante la creciente
tendencia a sacrificar la libertad en nombre de otros valores aparentemente
superiores. Se invoca la igualdad para justificar nuevas formas de control. Se
invoca la seguridad para restringir derechos fundamentales. Se invoca el
progreso para aumentar la intervención sobre la vida de los ciudadanos. Sin
embargo, la historia demuestra que toda concentración excesiva de poder termina
siendo utilizada contra aquellos mismos individuos en cuyo nombre fue inicialmente
creada.
La única igualdad verdaderamente compatible con la
libertad es la igualdad ante la ley. No existe ni puede existir una igualdad
absoluta entre los seres humanos. Somos diferentes por naturaleza. Diferentes
en capacidades, talentos, aspiraciones, vocaciones y experiencias. Esa
diversidad constituye precisamente la riqueza de la condición humana. Pretender
eliminarla mediante ingeniería política o social conduce inevitablemente a
formas más o menos sofisticadas de tiranía. La libertad y la uniformidad son
incompatibles.
Es precisamente esa diversidad irrepetible la que
sitúa al individuo en el centro de cualquier sociedad digna de tal nombre. No
el partido. No el Estado. No la ideología. No la burocracia. El individuo. Su
conciencia. Su dignidad. Sus derechos inalienables. La función legítima del
Estado consiste exclusivamente en proteger dichos derechos y garantizar que la
libertad de cada persona encuentre su límite únicamente en la libertad de los
demás. Cuando el Estado pretende dirigir la conciencia, moldear el pensamiento
o sustituir la responsabilidad individual por la obediencia colectiva, deja de
ser garante de la libertad para convertirse en amenaza contra ella.
Henry David Thoreau comprendió esta verdad con
extraordinaria claridad. Cuando escribió que bajo un gobierno injusto el lugar
del hombre justo puede ser también la cárcel, no estaba glorificando la
confrontación ni el conflicto. Estaba recordándonos que existe una autoridad
superior a cualquier gobierno: la conciencia. Ninguna ley injusta puede
transformar la injusticia en justicia. Ninguna mayoría puede convertir el error
en verdad. Ningún poder político puede sustituir la responsabilidad moral del
individuo.
La regeneración democrática no comenzará en los
parlamentos. Tampoco en los partidos. Ni en los despachos ministeriales.
Comenzará cuando los ciudadanos recuperen la voluntad de pensar por sí mismos.
Cuando abandonen las trincheras ideológicas que otros han construido para
ellos. Cuando vuelvan a sentirse miembros de una comunidad humana antes que
militantes de una facción. Cuando exijan verdad en lugar de propaganda,
justicia en lugar de privilegios y responsabilidad en lugar de demagogia.
No necesitamos más ciudadanos obedientes, dóciles y
dependientes de consignas fabricadas por partidos, gobiernos o medios de
comunicación. Necesitamos hombres y mujeres libres, capaces de pensar por sí
mismos, de distinguir la verdad de la propaganda y de asumir la responsabilidad
de su propio destino. No necesitamos más poder concentrado en manos de élites
políticas, burocráticas o económicas que se consideran dueñas de nuestras
vidas. Necesitamos más control ciudadano sobre quienes administran temporalmente
un poder que no les pertenece. No necesitamos nuevas formas de tutela
disfrazadas de progreso, seguridad o solidaridad. Necesitamos recuperar la
responsabilidad individual, el sentido crítico y la dignidad personal que
hicieron posible las sociedades libres.
Ninguna institución es superior al ser humano.
Ningún partido, ningún gobierno, ninguna ideología, ningún tribunal y ninguna
administración poseen legitimidad propia al margen de los ciudadanos a quienes
dicen servir. El Estado no es un fin en sí mismo. No es una divinidad moderna
ante la que debamos inclinarnos. Es, o debería ser, una herramienta creada para
proteger nuestros derechos y garantizar nuestras libertades. Cuando pretende
convertirse en dueño de las conciencias, en árbitro de la verdad o en administrador
de cada aspecto de la existencia humana, deja de servir a la libertad para
convertirse en una amenaza contra ella.
El individuo no nació para servir al sistema. El
sistema debería existir para servir al individuo. Sin embargo, hemos permitido
que esa relación natural se invierta. Hemos aceptado que quienes deberían
rendir cuentas se comporten como amos y que quienes deberían ser soberanos se
comporten como súbditos. Hemos confundido ciudadanía con obediencia y
democracia con sumisión periódicamente refrendada en las urnas.
Toda decadencia política comienza cuando el
ciudadano renuncia a ejercer su libertad. Toda corrupción sistémica prospera
cuando las personas honradas miran hacia otro lado. Toda oligarquía se
fortalece cuando los hombres libres dejan de comportarse como tales. La
historia no ha sido escrita por multitudes obedientes, sino por individuos
capaces de defender su conciencia frente al poder, frente a la propaganda y
frente al miedo.
Si queremos recuperar la libertad, debemos empezar
por recuperar el valor de decir no. No a la mentira. No a la corrupción. No al
abuso. No a la manipulación. No a quienes pretenden gobernar nuestras vidas
como si fuéramos menores de edad incapaces de pensar por nosotros mismos.
El verdadero fundamento de una civilización nunca ha
sido el poder, ni la riqueza, ni la fuerza de sus ejércitos. El verdadero
fundamento de toda sociedad digna ha sido siempre la libertad de sus
ciudadanos.
Las naciones no comienzan a morir cuando quiebran
sus bancos ni cuando fracasan sus gobiernos. Comienzan a morir cuando los
hombres y mujeres libres dejan de comportarse como tales. Cuando renuncian a
pensar. Cuando aceptan la mentira por comodidad. Cuando toleran la corrupción
por cansancio. Cuando delegan su conciencia en partidos, gobiernos o
ideologías.
Todavía estamos a tiempo de rectificar. Pero la
historia demuestra que las sociedades rara vez reconocen su decadencia mientras
aún pueden evitarla. Casi siempre reaccionan cuando el daño ya es evidente.
Cuando las libertades se han reducido. Cuando la corrupción se ha normalizado.
Cuando las instituciones han perdido el respeto de quienes deberían
protegerlas.
España no necesita más salvadores. Necesita
ciudadanos.
Paz a todos.

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