Treinta mil amaneceres: el gobierno secreto de la vida

Imagen de una cocina de casa rural gallega con lareira
Lareira de casa rural gallega

José Manuel Fernández Outeiral

Esta historia me llegó una tarde de verano, como llegan muchas de las historias que merecen ser contadas: sin avisar. Hablaba con un amigo de esas cosas que se hablan cuando ya no existe ninguna necesidad de llegar a ninguna parte, y la conversación nos llevó hasta su tierra, a las cercanías de Sober, en el sur de Lugo, donde las viñas llevan siglos descendiendo hacia los ríos por laderas que parecen demasiado empinadas para que un hombre sensato hubiese decidido plantar nada en ellas. Pero los gallegos nunca hemos tenido por la sensatez una devoción excesiva cuando hay una buena razón para llevarle la contraria a la montaña.

Hablábamos del vino, naturalmente. En aquellas tierras resulta difícil no hacerlo. Y hablando del vino apareció una mujer.

No diré cómo se llamaba. Mi amigo me autorizó a contar su historia con una sola condición: que cambiase los nombres, porque las familias son como son y nunca se sabe quién puede sentirse propietario de los recuerdos de una persona que lleva muchos años muerta. La llamaremos Aurora, aunque bien podría haberse llamado Carmen, Manuela, María o cualquiera de aquellos nombres que antaño se repetían de casa en casa y que bastaban para distinguir a una mujer porque después venían el lugar, la familia y una vida entera a completar su identidad.

Aurora se casó a los dieciocho años, tuvo cinco hijos y murió a los 103. Una hermana suya alcanzó los 106, de manera que antes de buscar explicaciones extraordinarias habrá que concederle a la familia, cuando menos, cierta habilidad para entenderse con el tiempo.

Pero no fue la edad lo que hizo que mi amigo me contase la historia. Fue una jarra.

Desde que se casó, Aurora mantuvo junto al fuego de la lareira una gran jarra de barro, de algo más de un litro, en la que preparaba vino con miel. Aquella jarra permaneció allí durante décadas, formando parte de la casa con la misma naturalidad que el pote, las piedras ennegrecidas por el humo o la leña amontonada esperando el invierno. Aurora bebía de ella cada día. No como quien cumple una prescripción ni como quien administra un remedio, sino porque aquello pertenecía sencillamente al orden de las cosas. Había fuego en la lareira, había vino en la tierra y había una jarra de barro con vino y miel junto al fuego. Así fue pasando la vida.

Alguien hizo muchos años después la cuenta que nadie había tenido necesidad de hacer mientras Aurora vivía y llegó a una cifra que tiene algo de bíblica y algo de taberna: si aquella costumbre se mantuvo desde que se casó, a los dieciocho años, y durante la mayor parte de su larga vida, por la jarra pudieron pasar alrededor de treinta mil litros de vino con miel.

 ¡Treinta mil litros!

Cuando mi amigo me lo dijo, me reí. Después hice mentalmente las cuentas y dejé de reírme, porque los años poseen esa rara propiedad de convertir lo pequeño en desmesurado. Una gota no significa nada, pero dejad caer una gota cada día durante un siglo y acabaréis necesitando un recipiente considerable para guardar el tiempo.

Mi amigo añadió todavía otro detalle. Según recuerda la familia, aquella mujer apenas supo lo que era un catarro.

Eso ya tenía todos los ingredientes necesarios para fabricar una leyenda gallega. Una anciana de 103 años, una hermana de 106, treinta mil litros de vino con miel y una salud que parecía haberse olvidado de algunos achaques. Bastaba añadir una noche de niebla y un perro ladrando para que apareciese una meiga detrás de la puerta.

Naturalmente, sería una insensatez convertir aquella costumbre en una receta para alcanzar los cien años. El vino no necesita que le atribuyamos virtudes que no podemos demostrar para ocupar el lugar que realmente tuvo en esta historia.

Si las cosas fueran tan sencillas, Galicia habría resuelto hace siglos uno de los grandes problemas de la medicina y los cementerios tendrían dificultades para cumplir su función, porque entre el vino, la miel y la proverbial resistencia de los gallegos, nadie encontraría nunca un buen momento para morirse.

La jarra, sin embargo, estaba allí y no veo por qué habríamos de esconderla.

Porque cuando intentamos comprender una vida larga solemos cometer el error de buscar una causa, como si la existencia humana fuese una cerradura y en alguna parte tuviese que encontrarse la llave. Miramos la genética, la alimentación, el ejercicio, el sueño, el aire, el agua, las relaciones sociales, la ausencia o presencia de enfermedades y, naturalmente, hacemos bien en estudiarlo todo. Pero Aurora había tenido una hermana que vivió 106 años, había trabajado, se había movido, había comido durante buena parte de su existencia alimentos producidos cerca de su casa y había pertenecido a un mundo en el que todavía no se necesitaba ir al gimnasio porque la vida cotidiana tenía la desagradable costumbre de exigir movimiento.

No conviene idealizar aquel mundo. Quienes no lo conocieron pueden imaginar una Galicia de vacas tranquilas, pan recién hecho y ancianos contando cuentos al amor de la lumbre, pero hubo también pobreza, niños que murieron demasiado pronto, mujeres consumidas por el trabajo, hombres doblados sobre la tierra, inviernos crueles y enfermedades que hoy curamos con un medicamento y que entonces podían llevarse a una persona en pocos días. La nostalgia es una excelente narradora, pero una historiadora bastante tramposa.

Aun así, había algo diferente. Aurora vivía mucho más cerca de los ritmos de aquello que la rodeaba. Las estaciones no eran una decoración del calendario. Mandaban. Había cosas que se comían cuando las había y otras que no podían comerse porque no era su tiempo. La luz determinaba una parte de la jornada. La tierra imponía sus obligaciones. Las distancias se medían muchas veces en pasos. Las conversaciones tenían que sostenerlas las personas porque todavía no habíamos inventado suficientes pantallas para hacerlo en nuestro lugar.

Y estaba la lareira. Cuesta explicar hoy lo que significaba una lareira sin reducirla a un antiguo sistema de calefacción. La lareira calentaba, desde luego, y servía para cocinar, pero alrededor de aquel fuego sucedía una parte considerable de la vida. Allí se hablaba de la cosecha y de los vecinos, se comentaba quién había enfermado, quién había regresado de América, quién pensaba marcharse a Alemania y quién se había prometido con quién. Allí aprendían los niños que los adultos sabían muchas cosas y descubrían más tarde que algunas se las habían inventado. Allí se hablaba de vivos y de muertos con una naturalidad que hemos perdido un poco, quizá porque entonces los muertos todavía permanecían cerca de las casas en las que habían vivido.

Me gusta imaginar a Aurora sentada junto a aquel fuego, aunque no sé si se sentaba exactamente como yo la imagino y poco importa ya. Las historias que sobreviven a sus protagonistas adquieren con los años el derecho a una pequeña cantidad de niebla.

La veo joven al principio, recién casada, con cinco hijos todavía escondidos en el porvenir; luego con alguno de ellos agarrado a la falda, más tarde rodeada de hijos ya crecidos y, casi sin saber cómo, viendo llegar a los nietos. Un día aparecen los primeros cabellos blancos y seguramente nadie sabe precisar cuándo comenzaron. La jarra continúa junto al fuego.

Mientras tanto, el mundo cambia. Llegan carreteras donde había caminos. La electricidad entra en las casas. Aparecen radios, frigoríficos, televisores, teléfonos, automóviles. Algunos jóvenes se marchan. Las aldeas comienzan a perder voces. El dinero sustituye muchos intercambios. Las vacas desaparecen de algunas cuadras y las cuadras terminan convertidas en garajes. El fuego de la lareira deja de ser imprescindible.

Aurora sigue viviendo.

Y aquí es donde la historia de aquella mujer comenzó a interesarme por algo que ya no tenía demasiado que ver con el vino.

Pensé en sus 103 años y me pregunté cuánto había hecho realmente Aurora para conseguirlos. La pregunta parece absurda, pero no lo es.

Durante más de un siglo aquella mujer tomó millones de decisiones. Decidió levantarse de la cama, casarse con un hombre, criar cinco hijos, hacer una comida u otra, trabajar cuando había que trabajar, descansar cuando podía hacerlo, discutir seguramente algunas veces y reconciliarse otras, guardar silencio cuando creyó conveniente callar y decir lo que pensaba cuando el silencio dejó de parecerle una buena idea. Decidió llenar aquella jarra innumerables veces y añadir miel al vino.

Pero durante 103 años hubo algo extraordinario que Aurora jamás tuvo que decidir: nunca tuvo que ordenar a su corazón que diese el siguiente latido. Ni uno solo.

Y aquel corazón siguió haciéndolo durante más de un siglo sin que Aurora tuviese que pedirle personalmente ninguno de sus latidos.

Tampoco tuvo que recordar que debía respirar mientras dormía. No se despertaba de madrugada alarmada porque hubiese olvidado decirles a sus pulmones que continuasen trabajando. No necesitaba ordenar a sus riñones que filtrasen la sangre, ni explicar al hígado sus tareas, ni distribuir personalmente el oxígeno entre millones de células. No dirigía la digestión de las patatas, del caldo, del pan ni de aquel vino con miel. No convocaba a sus defensas cuando un microorganismo atravesaba alguna barrera del organismo. No supervisaba la reparación de una herida ni daba instrucciones para renovar las células que habían llegado al final de su existencia. Ni siquiera necesitaba saber que todo aquello estaba ocurriendo.

Mientras Aurora se ocupaba de vivir, algo se ocupaba de mantenerla viva. Y cuanto más pensaba en aquella mujer, más extraordinaria me parecía esa sencilla evidencia.

Nosotros hablamos de nuestro cuerpo como quien habla de una propiedad. «Mi corazón», «mis pulmones», «mi cerebro», «mi sangre». Y ciertamente son nuestros, aunque nuestra autoridad sobre ellos sea bastante menor de lo que ese posesivo parece indicar. Podemos decidir caminar, pero no necesitamos decidir qué músculos deben contraerse en cada instante para impedir que caigamos. Podemos sentarnos a comer, pero una vez tragado el alimento dejamos la mayor parte del asunto en manos de mecanismos que no esperan instrucciones. Podemos acostarnos con la intención de dormir ocho horas y, desde el instante en que perdemos la conciencia, confiamos nuestra existencia entera a un organismo que continúa trabajando sin preguntarnos nada.

La vida, por fortuna, no dejó lo esencial a nuestro cuidado. Y, si uno contempla algunas de nuestras decisiones, hizo bien.

Si tuviéramos que recordar conscientemente cada latido, probablemente la humanidad habría durado muy poco. Bastaría una distracción. Una conversación interesante, una puesta de sol, una preocupación cualquiera, y de repente alguien exclamaría: «¡El corazón!», cuando ya fuese demasiado tarde.

La vida resolvió el problema de otra manera. Automatizó lo esencial y nos dejó ocupados con lo demás. Y quizá por eso hemos terminado creyendo que «lo demás» es lo verdaderamente importante.

Nos preocupamos por llegar a tiempo a una cita mientras el corazón late. Nos enfadamos porque alguien no respondió un mensaje mientras los pulmones intercambian gases millones de veces sin reclamar reconocimiento. Perdemos el sueño por una discusión mientras, paradójicamente, el organismo realiza durante ese mismo sueño algunas de las tareas necesarias para que al día siguiente podamos seguir discutiendo.

Tomamos decisiones constantemente y confundimos esa actividad con el gobierno de la vida. Pero la vida, como nuestro cuerpo, tiene su propio gobierno.

No sé dónde reside ni pretendo darle un nombre. La biología describe con creciente precisión muchos de sus mecanismos: genes que se expresan o permanecen silenciados, señales químicas, impulsos eléctricos, hormonas, sistemas de regulación y retroalimentación, células que cooperan sin poseer conciencia de la totalidad a la que pertenecen. Cuanto más conocemos esa maquinaria, más admirable resulta, no menos.

Porque todo comenzó, también en Aurora, con una sola célula. Una.

De aquella primera célula surgieron después tejidos, órganos y sistemas diferentes. Algunas células terminaron formando parte de un corazón; otras, de los huesos; otras aprendieron a producir sustancias que viajarían por la sangre; algunas llegaron a constituir un cerebro capaz de recordar, amar, temer y quizá preguntarse alguna noche qué habría después de la muerte. Todas contenían esencialmente la misma información y, sin embargo, asumieron tareas diferentes con una coordinación que ninguna asamblea humana habría conseguido organizar.

Aurora no dirigió aquel proceso. Ninguno de nosotros dirigió el suyo. Llegamos a la conciencia cuando la obra llevaba ya mucho tiempo representándose.

Y esta es una de las paradojas más hermosas de nuestra existencia: aparecemos en mitad de una vida que ya sabe vivir.

Después nos entregan, por decirlo de alguna manera, algunas palancas. Podemos modificar una parte del rumbo. Cuidarnos o descuidarnos. Comer de una manera u otra. Caminar o permanecer sentados. Buscar compañía o aislarnos. Amar, odiar, perdonar, aprender, preocuparnos. Podemos incluso dañar seriamente esa formidable organización que trabaja para nosotros. Nuestra intervención importa, y mucho.

Pero no somos el director de cada músico de la orquesta. A veces ni siquiera conocemos la partitura.

Aurora, probablemente, jamás pensó en nada de esto. No necesitaba hacerlo. Tal vez no conociese el nombre de muchas estructuras que funcionaron admirablemente dentro de ella durante más de cien años. Y encuentro en eso una enseñanza que me interesa mucho más que descubrir si el secreto estaba en el vino, en la miel o en algún gen particularmente afortunado.

Aquella mujer se levantaba, vivía y atendía lo que tenía delante. La casa, los hijos, la tierra, las estaciones, las personas que quería, las que quizá no quería tanto pero con las que también había que convivir, porque en las aldeas pequeñas uno no podía eliminar a alguien de su existencia pulsando un botón. Llegaba la vendimia y se vendimiaba. Llegaba el invierno y se arrimaba más leña al fuego. Nacía un nieto y la familia crecía. Moría alguien y durante un tiempo quedaba una silla demasiado vacía. Y la vida seguía.

Quizá una parte de nuestra inquietud contemporánea proceda de haber llegado a creer que debemos controlarlo todo. Queremos controlar el cuerpo, el futuro, el envejecimiento, las emociones, la opinión que los demás tienen de nosotros y hasta acontecimientos que sucederán dentro de veinte años. Hemos ganado una capacidad extraordinaria para intervenir sobre nuestra existencia y, paradójicamente, quizá también hayamos adquirido con ella la angustia de sentirnos responsables de cosas que nunca estuvieron completamente en nuestras manos.

Aurora no eligió vivir 103 años. Seguramente quiso vivir muchas mañanas concretas. Quizá hubo otras en las que se levantó cansada y alguna en la que habría preferido quedarse en la cama. Pero no se despertaba pensando que estaba ejecutando un programa de longevidad. No llevaba una pulsera contando pasos. No consultaba una aplicación para saber cómo había dormido. No conocía su edad biológica ni calculaba el porcentaje de proteínas que debía ingerir.

Tenía una jarra de barro. Y tenía la vida.

No estoy proponiendo que regresemos a aquel mundo. Sería imposible y, en muchos aspectos, indeseable. Tampoco sugiero que la ignorancia proteja más que el conocimiento. Prefiero un médico del siglo XXI a todos los remedios de una aldea juntos cuando realmente lo necesito.

Pero quizá podamos recuperar una pequeña humildad que nuestros antepasados poseían por necesidad. No todo depende de nosotros. Y eso, lejos de ser una condena, puede ser un alivio.

Podemos ayudar a la vida sin pretender sustituirla, proporcionarle alimento, descanso, movimiento, afecto y las mejores herramientas que el conocimiento nos permita. Podemos intervenir cuando algo falla y escuchar al organismo cuando avisa. Pero también podemos confiar un poco más en esa inteligencia biológica que lleva millones de años ensayando soluciones mucho antes de que nosotros empezáramos a preguntarnos cómo funcionaba.

Entonces volví a pensar en la jarra. Habíamos calculado treinta mil litros porque los números nos divierten y porque una cifra así convierte inmediatamente una anécdota familiar en una historia que merece una segunda copa de conversación.

Pero quizá habíamos contado lo que no importaba. No eran treinta mil litros. Eran cerca de treinta mil días.

Treinta mil amaneceres en los que aquella mujer abrió los ojos y encontró que el corazón había seguido trabajando durante la noche. Y otras tantas veces regresó la mañana.

En unas habría lluvia golpeando las piedras de la casa; en otras, sol sobre las viñas. Habría mañanas de vendimia y mañanas de entierro. Días en que uno de sus hijos regresaría a casa y otros en que alguno se marcharía. Días felices que seguramente no supo que eran felices hasta mucho después, porque esa es otra pequeña jugarreta de la vida: a menudo reconocemos la felicidad cuando ya se ha convertido en recuerdo.

Y Aurora fue viendo desaparecer el mundo en el que había nacido.

A los 103 años debía de llevar dentro una Galicia que ya casi nadie podía visitar.

Conocería nombres de caminos que dejaron de usarse, casas donde ya no vivía nadie, palabras que sus nietos quizá no empleaban. Recordaría voces imposibles de recuperar. Habría visto rostros jóvenes convertirse en viejos y rostros de viejos desaparecer para siempre. Tal vez alguna noche, sentada junto al fuego, regresase por un instante a la muchacha de dieciocho años que había sido y le pareciese imposible que entre aquella muchacha y sus manos arrugadas hubiese cabido una vida entera.

No sé si ocurrió. Pero podría haber ocurrido. Y en Galicia eso basta para que merezca ser contado. Porque aquí las historias nunca han exigido documentos antes de entrar en una cocina.

Durante siglos bastó con que alguien dijese que aquello le había sucedido a un tío suyo, o al vecino de un primo, o a un hombre de una parroquia que quedaba detrás del monte. A partir de ahí se escuchaba. Ya habría tiempo después para decidir cuánto había de cierto.

Así sobrevivieron las historias de meigas, aparecidos y luces que caminaban de noche por lugares donde ninguna luz tenía motivo para caminar. Así sobrevivió la Santa Compaña, avanzando por corredoiras y caminos mucho después de que la razón hubiese decretado que no existía. Porque una cosa era asegurar a plena luz del día que aquello eran supersticiones y otra bastante distinta regresar solo a casa, pasada la medianoche, cuando la niebla bajaba sobre el camino y se escuchaba detrás un ruido de pasos que parecían acomodarse exactamente al ritmo de los propios.

Galicia siempre concedió a lo inexplicable una pequeña cortesía: la posibilidad de que existiese.

Quizá nuestros mayores sabían que no gobernaban el mundo. Dependían de la lluvia, de la cosecha, del nacimiento de un animal, de una enfermedad que podía llegar sin aviso y de un mar que unas veces entregaba a los hombres y otras se los quedaba. Vivir significaba convivir con fuerzas sobre las que apenas tenían autoridad. Y tal vez de aquella convivencia nació una forma particular de imaginación.

Nuestros mayores sabían que no podían gobernarlo todo y aprendieron a convivir también con aquello que no podían comprender.

Aurora murió a los 103 años. Su hermana, a los 106.

No sé qué fue de la jarra. Quiero pensar que alguien la conservó, aunque probablemente sea una invención mía. Las jarras se rompen, las casas cambian de dueño y los objetos que durante medio siglo parecieron imprescindibles terminan un día en un desván hasta que alguien pregunta para qué demonios servían.

Pero la historia sobrevivió. Un sobrino la guardó en la memoria. Muchos años después me la contó a mí. Yo cambié el nombre de su tía y ahora te la he contado a ti. De alguna manera, aquella mujer acaba de vivir un poco más.

Porque también así se prolonga una vida: habitando la memoria de otros cuando nosotros ya no estamos para saberlo.

Imagino por última vez la casa. Fuera ha oscurecido sobre las viñas de Sober. Pongamos que llueve, porque algunas historias gallegas agradecen que llueva. Dentro, la leña cruje en la lareira y el fuego proyecta sombras sobre las piedras. Aurora es ya muy vieja. Ha sobrevivido a dolores que desconocemos y disfrutado alegrías de las que tampoco tendremos noticia. No sabe cuántas veces ha latido su corazón. No sabe cuántos litros han pasado por aquella jarra. No sabe que un día, mucho después de su muerte, dos hombres hablarán de ella una tarde de verano y uno decidirá escribir su historia.

Toma la jarra con las dos manos, bebe despacio un poco de aquel vino con miel y vuelve a dejarla junto al fuego, como habrá hecho miles de veces a lo largo de su vida, sin conceder al gesto mayor importancia. Después sigue viviendo, sencillamente, dejando que llegue la tarde, que el fuego consuma la leña y que el tiempo continúe su camino. No había nada más que explicar y, al mismo tiempo, había en aquella sencillez mucho más de lo que solemos comprender. Hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos cómo gobernar la vida sin reparar en que, desde mucho antes de que nosotros llegásemos, la vida ya sabía gobernarse sola.

Y nosotros, que con tanta facilidad nos creemos sus dueños porque podemos decidir adónde iremos mañana, somos algo bastante más hermoso y también más humilde: participantes de una obra cuyo argumento completo desconocemos, actores durante un tiempo y, de vez en cuando, espectadores privilegiados del extraordinario y misterioso acontecimiento de estar vivos.

 

Para seguir profundizando

Si esta historia te ha invitado a detenerte un momento y pensar en la vida, la memoria, la conciencia o en todo aquello que todavía no comprendemos del ser humano, puedes continuar explorando otros relatos, artículos y libros que he ido reuniendo a lo largo de los años.

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