La sanidad en España (1960-2025)

Hospital General Universitario de Ciudad Real (España).

Hospital General Universitario de Ciudad Real (España). Foto de Raimundo Pastor 



La sanidad en España: evolución, organización y retos (1960-2025)

Mª del Mar Fernández Outeiral

Médico Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria (MFyC)

Introducción

Este es un artículo de análisis amplio y reflexivo. No pretende ofrecer respuestas rápidas ni conclusiones simplistas, sino contexto, datos y una visión de conjunto que permita comprender la sanidad española más allá de la inmediatez. Forma parte de la siguiente trilogía:

ViviendaLa vivienda: un problema mal entendido

Sanidad: (este artículo)

JubilaciónLos jubilados: ¿nueva clase privilegiada o chivo expiatorio mediático?

Por qué mirar atrás para entender el presente

La sanidad constituye uno de los pilares esenciales del Estado social moderno. No solo porque protege la salud individual y colectiva, sino porque refleja, quizá mejor que ningún otro sistema público, el grado de cohesión, equidad y madurez institucional de una sociedad. En España, el sistema sanitario ha experimentado, en apenas seis décadas, una transformación profunda que conviene analizar con perspectiva histórica para comprender su configuración actual y los debates que hoy lo rodean.

En el contexto contemporáneo existe una tendencia creciente a opinar sobre la sanidad desde la inmediatez: listas de espera, saturación asistencial, falta de profesionales o desigualdades territoriales. Sin embargo, estas valoraciones suelen hacerse sin atender al proceso histórico que ha dado forma al sistema, a las decisiones estructurales adoptadas en distintos momentos ni a los condicionantes demográficos, económicos y organizativos que lo atraviesan. Sin ese contexto, el análisis se empobrece y el debate se polariza.

El objetivo de este artículo es, precisamente, aportar ese marco de comprensión. En primer lugar, se describe la evolución del sistema sanitario español desde sus formas iniciales, fragmentadas y no universales, hasta la configuración del actual Sistema Nacional de Salud. En segundo término, se explica su organización presente, con especial atención al reparto de competencias entre el Estado y las comunidades autónomas. Finalmente, se analizan algunos de sus resultados mediante datos e indicadores comparables, que permiten evaluar fortalezas, limitaciones y diferencias territoriales sin recurrir a juicios preconcebidos.

Este texto se plantea desde una posición explícitamente neutral y no ideológica. No pretende defender modelos políticos ni proponer reformas concretas, sino ofrecer un análisis técnico-histórico basado en hechos, marcos legales y datos objetivos. La intención es contribuir a una comprensión más serena e informada de la sanidad española, condición indispensable para cualquier reflexión rigurosa sobre su presente y su futuro.

1. La sanidad antes del sistema nacional (hasta los años 60)

Un modelo fragmentado y desigual

Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la atención sanitaria en España no respondía a un sistema público integrado ni universal. Se trataba, más bien, de un entramado heterogéneo de recursos asistenciales cuya cobertura dependía de la situación laboral, económica y territorial de cada persona.

El eje principal de la asistencia recaía en tres pilares diferenciados. Por un lado, la beneficencia pública, gestionada en gran medida por ayuntamientos, diputaciones y entidades de carácter religioso o caritativo, destinada a las personas sin recursos. Su alcance era limitado, con medios escasos y una orientación más asistencial que preventiva. Por otro, las mutualidades laborales, vinculadas a determinados sectores productivos, que ofrecían cobertura sanitaria a los trabajadores afiliados y a sus familias, dejando fuera a amplios segmentos de la población. Finalmente, existía un ámbito privado, accesible únicamente para quienes podían asumir el coste de seguros o atención médica directa.

El acceso a la sanidad estaba, por tanto, condicionado de forma clara por el empleo, la renta y el lugar de residencia. No se trataba de un derecho ciudadano, sino de una prestación ligada a circunstancias concretas. Quienes carecían de trabajo estable o vivían en entornos rurales alejados de los núcleos urbanos encontraban mayores dificultades para recibir atención continuada y especializada. Las diferencias entre el campo y la ciudad eran notables, tanto en disponibilidad de profesionales como en infraestructuras sanitarias, y estas desigualdades se acentuaban entre distintas regiones del país.

El papel del Estado en materia de salud pública era limitado y fundamentalmente reactivo. La intervención se centraba en el control de epidemias, la sanidad ambiental básica y algunas campañas de higiene, sin una planificación sanitaria integral ni una red asistencial homogénea. La prevención, la atención primaria estructurada y la coordinación entre niveles asistenciales eran conceptos todavía incipientes.

Este modelo fragmentado, desigual y condicionado sentó, precisamente, las bases de la necesidad de una reforma profunda. La progresiva industrialización, los cambios sociales y el aumento de las expectativas de la población pusieron de manifiesto las carencias de un sistema que no garantizaba una atención sanitaria equitativa ni universal, preparando el terreno para las transformaciones que comenzarían a gestarse a partir de los años sesenta.

2. Los años 60–70: el germen de la sanidad moderna

De la beneficencia a la cobertura social

A partir de la década de 1960 comienza en España un proceso de transformación progresiva del modelo sanitario, impulsado por cambios económicos, sociales y demográficos que hacían cada vez más evidente la insuficiencia del sistema asistencial heredado. No se trata aún de una sanidad universal, pero sí del inicio de una transición decisiva: del modelo de beneficencia y protección fragmentaria hacia una cobertura social más amplia y estructurada.

Un hito fundamental de este periodo es la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963, que sienta las bases para la unificación y reorganización de las prestaciones sociales, incluida la asistencia sanitaria. Aunque la cobertura seguía vinculada al trabajo y a la cotización, esta ley permitió ampliar de forma significativa el número de personas protegidas y avanzar hacia una mayor homogeneización de las prestaciones, superando parcialmente la dispersión de mutualidades y sistemas previos.

Durante estos años se produce una extensión progresiva de la asistencia sanitaria a colectivos que hasta entonces quedaban fuera o mal atendidos. El crecimiento del empleo industrial, la urbanización acelerada y el aumento de la población afiliada a la Seguridad Social favorecen una mayor demanda y, al mismo tiempo, una mayor oferta de servicios sanitarios. La atención médica deja de ser, para amplios sectores de la población, una prestación excepcional ligada a la beneficencia y comienza a percibirse como un componente estable de la protección social.

Paralelamente, se impulsa una mejora notable de las infraestructuras hospitalarias. Se construyen nuevos hospitales, se amplían los existentes y se modernizan equipamientos, especialmente en las grandes áreas urbanas. Aunque persisten desigualdades territoriales, este periodo marca un salto cualitativo en la capacidad asistencial del sistema y en la profesionalización de la medicina hospitalaria.

Asimismo, se dan los primeros pasos hacia la configuración de una red pública más organizada. Empieza a consolidarse la idea de planificación sanitaria, de jerarquización de niveles asistenciales y de coordinación entre servicios, aunque todavía de forma incompleta. La salud pública y la prevención comienzan a ganar presencia en el discurso institucional, anticipando cambios más profundos.

La idea clave de esta etapa es que la sanidad universal no surge de forma súbita ni por una decisión aislada, sino como resultado de una evolución gradual. Los avances de los años sesenta y setenta crean el sustrato normativo, organizativo y social que hará posible, años después, la instauración de un sistema sanitario verdaderamente universal.

3. 1986: la creación del Sistema Nacional de Salud (SNS)

El cambio estructural

La aprobación de la Ley General de Sanidad en 1986 marca un punto de inflexión decisivo en la historia sanitaria de España. Con esta norma se produce el verdadero cambio estructural: la sanidad deja de estar vinculada de forma predominante al empleo y a la cotización para configurarse como un derecho de ciudadanía, integrado en un sistema público de alcance nacional.

La ley consolida un modelo inspirado en los grandes sistemas sanitarios europeos de posguerra, aunque adaptado a la realidad institucional y territorial del país. Su aportación esencial no es solo jurídica, sino conceptual: redefine la salud como un bien público que debe ser garantizado por los poderes públicos en condiciones de igualdad efectiva.

Entre los principios fundamentales que introduce el nuevo sistema destacan, en primer lugar, la universalidad, entendida como el acceso a la atención sanitaria para toda la población, con independencia de su situación laboral o económica. Este principio rompe definitivamente con la lógica asistencial previa y sitúa a la sanidad en el núcleo del Estado social.

En segundo término, la financiación vía impuestos sustituye progresivamente al modelo basado en cotizaciones, reforzando el carácter solidario del sistema y permitiendo una redistribución más equitativa de los recursos. Este cambio resulta clave para garantizar la sostenibilidad de la cobertura universal y para desligar el derecho a la salud de la condición de trabajador activo.

La equidad se establece como criterio rector del sistema, tanto en el acceso a los servicios como en la asignación de recursos. No se trata únicamente de ofrecer la misma prestación a todos, sino de corregir desigualdades previas y asegurar que las necesidades sanitarias sean atendidas con independencia del territorio o la posición social.

Un elemento central del nuevo modelo es la Atención Primaria como eje del sistema. Frente a un enfoque predominantemente hospitalario, la Ley General de Sanidad apuesta por una red de atención cercana, continuada y orientada a la prevención, la promoción de la salud y el seguimiento integral del paciente. Este enfoque pretende mejorar la eficiencia del sistema y fortalecer el vínculo entre la sanidad y la comunidad.

En términos comparativos, el Sistema Nacional de Salud español se alinea con los modelos de tipo Beveridge presentes en varios países europeos, caracterizados por la financiación pública, la cobertura universal y una fuerte planificación estatal. A diferencia de otros sistemas basados en seguros obligatorios, el modelo español refuerza el papel del sector público como garante último del derecho a la salud, sin excluir la coexistencia de un ámbito privado complementario.

Con la Ley General de Sanidad de 1986 no se cierra un proceso, sino que se inaugura una nueva etapa. El SNS nace como una arquitectura común que, en los años siguientes, se desarrollará y adaptará a través de la descentralización y de las reformas organizativas posteriores. Pero su creación supone, sin duda, el momento en que la sanidad pública española adquiere una identidad moderna, coherente y comparable a la de los principales sistemas sanitarios europeos.

4. La descentralización sanitaria: del modelo central al autonómico

El reparto de competencias

Tras la creación del Sistema Nacional de Salud, uno de los procesos más determinantes para su configuración actual fue la descentralización sanitaria. Este proceso, desarrollado de forma gradual a lo largo de las décadas posteriores, trasladó el centro operativo del sistema desde un modelo predominantemente centralizado hacia una estructura gestionada por las comunidades autónomas, en coherencia con el Estado de las autonomías establecido en España.

El nuevo marco no supuso la fragmentación jurídica del sistema, sino una redistribución funcional de responsabilidades. El Estado mantuvo un conjunto de competencias consideradas esenciales para garantizar la cohesión y la igualdad básica del sistema. Entre ellas se encuentran la legislación sanitaria básica, que define los derechos, deberes y garantías comunes de toda la ciudadanía; la coordinación general del sistema, orientada a asegurar la interoperabilidad y la cooperación entre territorios; la sanidad exterior, vinculada al control de riesgos internacionales y fronterizos; y la política farmacéutica, que incluye la autorización, financiación y regulación de medicamentos y productos sanitarios.

Por su parte, las comunidades autónomas asumieron la gestión directa de los servicios sanitarios. Esto implica la organización y administración de la red asistencial, la contratación y gestión del personal sanitario, la planificación de recursos e infraestructuras en su territorio y la elaboración y ejecución de los presupuestos sanitarios autonómicos. En la práctica, cada comunidad pasó a gestionar su propio servicio de salud, adaptando el marco común a sus características demográficas, geográficas y organizativas.

Este reparto de competencias dio lugar a un sistema con una arquitectura singular: formalmente único, pero operativamente plural. Todos los ciudadanos están amparados por los mismos principios generales del Sistema Nacional de Salud, pero la forma concreta en que se prestan los servicios, se asignan los recursos o se organizan los dispositivos asistenciales puede variar de una comunidad a otra.

La descentralización permitió una mayor proximidad en la toma de decisiones y una capacidad de adaptación más ajustada a las necesidades locales. Al mismo tiempo, introdujo nuevos desafíos en términos de coordinación, homogeneidad y equidad territorial. Desde este momento, el análisis del sistema sanitario español exige tener en cuenta no solo su marco legal común, sino también la diversidad de modelos de gestión que conviven bajo esa estructura compartida.

5. Diecisiete sistemas sanitarios: similitudes y diferencias

La sanidad según el territorio

La descentralización sanitaria ha dado lugar, en la práctica, a una realidad compleja: bajo el paraguas común del Sistema Nacional de Salud conviven diecisiete servicios sanitarios autonómicos, con una estructura normativa compartida, pero con resultados y dinámicas diversas. En España, esta pluralidad no implica la existencia de modelos sanitarios radicalmente distintos, pero sí introduce variaciones significativas en la forma en que se gestionan los recursos y se prestan los servicios.

La estructura básica es común en todo el territorio: financiación pública, cobertura universal, cartera de servicios homogénea y una organización articulada en Atención Primaria, atención especializada y hospitalaria. Sin embargo, los resultados no son uniformes. Las diferencias territoriales se manifiestan con claridad en varios indicadores clave que afectan directamente a la experiencia del ciudadano y al funcionamiento del sistema.

Uno de los factores más determinantes es la inversión sanitaria per cápita. Las comunidades autónomas presentan niveles de gasto por habitante distintos, condicionados por su capacidad presupuestaria, su estructura demográfica y sus prioridades políticas. Estas diferencias influyen en la dotación de infraestructuras, en la disponibilidad de tecnología sanitaria y en la capacidad de respuesta del sistema.

La dotación de personal sanitario es otro elemento crítico. La ratio de médicos y, especialmente, de enfermeras por habitante varía entre territorios, afectando tanto a la carga asistencial como a la calidad percibida de la atención. Estas diferencias se hacen más visibles en Atención Primaria y en determinadas especialidades hospitalarias, donde los déficits de personal tienen un impacto directo en la accesibilidad y la continuidad asistencial.

Los tiempos de espera, tanto para intervenciones quirúrgicas como para pruebas diagnósticas y consultas especializadas, constituyen uno de los indicadores más sensibles de esta diversidad territorial. Aunque las listas de espera son un fenómeno común en todos los sistemas públicos de salud, su magnitud y evolución difieren entre comunidades, reflejando desigualdades en la organización interna, la disponibilidad de recursos y el uso de fórmulas complementarias de gestión.

Asimismo, el peso de la sanidad concertada —la colaboración con centros privados financiados con fondos públicos— no es homogéneo. Algunas comunidades recurren de forma más intensiva a este modelo para absorber demanda asistencial o reducir listas de espera, mientras que otras mantienen un predominio más marcado de la provisión pública directa. Esta diferencia no altera el carácter público del sistema, pero sí introduce matices relevantes en su funcionamiento cotidiano.

Indicadores comparables del sistema sanitario

Para analizar las diferencias territoriales dentro del Sistema Nacional de Salud es necesario recurrir a indicadores homogéneos, que permitan comparar realidades distintas sin distorsiones metodológicas. Entre los más utilizados destacan los siguientes:

Gasto sanitario por habitante
Mide la inversión pública en sanidad por persona y año en cada comunidad autónoma. Es un indicador clave para evaluar el esfuerzo presupuestario y la capacidad potencial del sistema, aunque no refleja por sí solo la eficiencia ni la calidad de la gestión. Diferencias sostenidas en este indicador suelen traducirse en desigualdades en infraestructuras, personal y tiempos de respuesta.

Médicos por 1.000 habitantes
Refleja la disponibilidad de facultativos en relación con la población atendida. Este indicador permite aproximarse a la accesibilidad médica y a la carga asistencial, especialmente en Atención Primaria y determinadas especialidades hospitalarias. No obstante, debe interpretarse teniendo en cuenta la distribución por niveles asistenciales y territorios.

Enfermeras por 1.000 habitantes
Considerado uno de los indicadores más sensibles del funcionamiento del sistema. La ratio de enfermería influye directamente en la continuidad de cuidados, la seguridad del paciente y la calidad asistencial. Las diferencias entre comunidades en este ámbito son especialmente relevantes y tienen impacto tanto en el ámbito hospitalario como comunitario.

Camas hospitalarias por 1.000 habitantes
Mide la capacidad estructural del sistema hospitalario. Aunque una mayor disponibilidad de camas no garantiza por sí misma una mejor atención, ratios muy bajas pueden generar saturación en periodos de alta demanda. Su interpretación debe hacerse en conjunto con otros factores, como la atención domiciliaria, la cirugía ambulatoria y la duración media de las estancias.

Tiempo medio en listas de espera quirúrgicas
Es uno de los indicadores más visibles para la ciudadanía y uno de los más complejos de interpretar. Refleja la capacidad del sistema para dar respuesta a procedimientos programados, pero está condicionado por criterios de priorización clínica, organización interna y recursos disponibles. Las diferencias territoriales en este ámbito suelen concentrar buena parte del debate público.

La coexistencia de estos indicadores muestra con claridad que el sistema sanitario español es, al mismo tiempo, uno y múltiple. La igualdad en derechos convive con una diversidad en resultados que plantea interrogantes sobre la cohesión territorial y la equidad efectiva del sistema, y que obliga a analizar la sanidad no solo como un marco legal común, sino como un conjunto de realidades operativas diferenciadas.

(Ver tabla del Anexo 1)

6. Atención Primaria: columna vertebral y punto crítico

De fortaleza del sistema a eslabón tensionado

Desde su configuración en el marco del Sistema Nacional de Salud, la Atención Primaria fue concebida como la auténtica columna vertebral del sistema sanitario en España. Su función original no se limitaba a actuar como puerta de entrada al sistema, sino que aspiraba a ofrecer una atención integral, continuada y cercana, capaz de abordar la mayoría de los problemas de salud de la población, coordinar la atención especializada y desarrollar tareas esenciales de prevención y promoción de la salud.

El modelo se articuló en torno a equipos multidisciplinares, con el médico de familia y la enfermería comunitaria como figuras centrales, y con una asignación estable de población a cada profesional. Esta estructura permitía el conocimiento longitudinal del paciente, un seguimiento clínico más eficaz y una utilización racional de los recursos hospitalarios. Durante años, este enfoque situó a la Atención Primaria española como una de las mejor valoradas en el contexto europeo.

Con el paso del tiempo, sin embargo, este nivel asistencial ha ido acumulando tensiones crecientes. Uno de los factores más relevantes es el tamaño de los cupos de pacientes asignados y el tiempo disponible por consulta. El aumento de la demanda asistencial, unido a plantillas ajustadas y a una planificación insuficiente de recursos humanos, ha reducido de forma progresiva el tiempo efectivo de atención por paciente, afectando a la capacidad resolutiva y al seguimiento adecuado de los casos complejos y crónicos.

A ello se suma una carga burocrática creciente, que consume una parte significativa del tiempo de los profesionales. La gestión de bajas laborales, informes administrativos, prescripciones y trámites no clínicos ha desplazado, en muchos casos, el foco asistencial, sin que ello haya ido acompañado de una simplificación administrativa equivalente.

Las diferencias territoriales en la situación de la Atención Primaria son notables. Existen comunidades con mayores ratios de profesionales por habitante y mejor dotación de recursos, mientras que otras presentan cupos más elevados, mayor rotación de personal o dificultades para cubrir plazas, especialmente en zonas rurales o de difícil cobertura. Estas desigualdades influyen directamente en la accesibilidad y en la calidad de la atención prestada.

La presión sobre la Atención Primaria tiene una relación directa con la saturación hospitalaria. Cuando este primer nivel asistencial pierde capacidad de resolución, aumenta la derivación a la atención especializada y a los servicios de urgencias, generando un efecto en cascada sobre el conjunto del sistema. De este modo, las tensiones en Atención Primaria no pueden entenderse como un problema aislado, sino como un elemento central en el equilibrio global del sistema sanitario.

El cuello de botella del sistema

A la luz de los indicadores disponibles y de la experiencia acumulada en las últimas décadas, puede afirmarse que uno de los principales cuellos de botella de la Atención Primaria en España es la insuficiente disponibilidad de profesionales sanitarios, especialmente médicos de familia y personal de enfermería. Esta carencia no es coyuntural ni atribuible a un único factor, sino el resultado de decisiones acumuladas en planificación de recursos humanos, demografía profesional y organización del sistema.

El déficit relativo de profesionales se traduce en cupos elevados, menor tiempo por paciente y una mayor presión asistencial, lo que reduce la capacidad resolutiva de la Atención Primaria y refuerza su función meramente derivadora. En este contexto, la falta de médicos y enfermeras no actúa solo como un problema cuantitativo, sino como un factor estructural que condiciona el funcionamiento del conjunto del sistema sanitario.

Desde un punto de vista técnico, este diagnóstico abre la puerta a reflexionar sobre medidas de acción inmediata, ya ensayadas —con distintos matices— en países con sistemas sanitarios más robustos o con problemas similares de cobertura profesional. Estas medidas no sustituyen a reformas de largo plazo, pero pueden aliviar tensiones críticas a corto y medio plazo.

Posibles líneas de acción inmediata (enfoque comparado)

1. Vinculación de becas públicas a compromisos temporales de servicio

Una de las medidas más extendidas en sistemas avanzados consiste en ligar las becas públicas de formación sanitaria —tanto en estudios de medicina como de enfermería— a un compromiso de prestación de servicios durante un número determinado de años en el sistema público del país que financia dicha formación.

Este modelo, aplicado con variantes en países como Canadá, Australia o Noruega, no se plantea como una obligación coercitiva, sino como una forma de corresponsabilidad: el Estado financia una formación costosa y altamente especializada, y el profesional devuelve esa inversión mediante un periodo limitado de servicio público, especialmente en Atención Primaria o en zonas de difícil cobertura.

2. Incentivos específicos para Atención Primaria y áreas deficitarias

Más allá del salario base, diversos sistemas sanitarios han implantado incentivos diferenciados para atraer y retener profesionales en Atención Primaria. Estos incentivos pueden ser económicos, pero también organizativos: reducción de cupos, mayor autonomía clínica, estabilidad contractual o facilidades para la conciliación.

En países como Francia o Reino Unido, se han desarrollado programas específicos para reforzar la medicina general y comunitaria, reconociendo que la competencia con otras especialidades hospitalarias no puede abordarse únicamente desde el mercado laboral convencional.

3. Reforzamiento del papel de la enfermería comunitaria

Otro enfoque aplicado en sistemas avanzados es la ampliación efectiva de competencias de enfermería, especialmente en el ámbito comunitario y crónico. Países como Países Bajos o Suecia han avanzado en modelos donde la enfermería asume un papel más autónomo en el seguimiento de pacientes, educación sanitaria y gestión de procesos, descargando de forma real a la medicina de familia.

4. Planificación plurianual obligatoria de recursos humanos

Finalmente, varios sistemas sanitarios han incorporado mecanismos de planificación a largo plazo que obligan a ajustar el número de plazas formativas, contratos y jubilaciones previstas con horizontes temporales amplios (10–15 años). Este enfoque, aplicado de forma sistemática en países como Alemania, reduce los desajustes cíclicos entre oferta y demanda de profesionales.

Estas posibles líneas de actuación no constituyen un programa cerrado ni una reivindicación sectorial, sino ejemplos de respuestas técnicas a un problema estructural compartido por muchos sistemas sanitarios. En el caso español, cualquier estrategia destinada a reforzar la Atención Primaria pasa necesariamente por abordar, de forma realista y sostenida, la disponibilidad y la organización del capital humano sanitario, sin el cual el diseño del sistema pierde eficacia operativa.

7. Recursos humanos: médicos, enfermeras y profesionales sanitarios

El factor humano del sistema

Más allá del papel específico de la Atención Primaria, analizado en el apartado anterior, el funcionamiento efectivo del sistema sanitario depende de un elemento transversal que afecta a todos los niveles asistenciales: los recursos humanos. En España, la cuestión de médicos, enfermeras y otros profesionales sanitarios se ha convertido en uno de los ejes críticos para entender las tensiones actuales del sistema, tanto en Atención Primaria como en la atención especializada y hospitalaria.

La formación de profesionales sanitarios y su planificación a largo plazo constituye un proceso complejo, con plazos necesariamente extensos. En el caso de la medicina, el sistema de formación especializada mediante el MIR ha sido, durante décadas, un referente de calidad y homogeneidad. Sin embargo, su capacidad de adaptación a cambios demográficos, jubilaciones previstas y nuevas necesidades asistenciales ha mostrado limitaciones. La apertura o reducción de plazas formativas tiene efectos diferidos en el tiempo, lo que dificulta corregir desajustes estructurales con rapidez. En enfermería, aunque los tiempos formativos son más cortos, se han producido también desfases entre el número de titulados y la capacidad real de absorción del sistema público.

Uno de los efectos visibles de esta planificación imperfecta es el déficit de profesionales en determinadas especialidades, especialmente en medicina de familia, pediatría de Atención Primaria y algunas áreas hospitalarias. Estas carencias no se distribuyen de forma homogénea, sino que afectan con mayor intensidad a zonas rurales, áreas de difícil cobertura y comunidades con menor capacidad de atracción profesional. El problema no es únicamente cuantitativo, sino también de distribución y adecuación a las necesidades reales del sistema.

A este escenario se suma el envejecimiento progresivo de las plantillas sanitarias. Un porcentaje significativo de médicos y enfermeras se aproxima a la edad de jubilación, lo que anticipa un relevo generacional de gran magnitud en los próximos años. Si este proceso no se acompaña de una planificación anticipada y coordinada, existe el riesgo de que las salidas del sistema superen a las incorporaciones, agravando los déficits ya existentes.

Otro factor relevante es la movilidad interautonómica y la emigración profesional. La descentralización sanitaria ha generado condiciones laborales y organizativas diversas entre comunidades, lo que favorece el desplazamiento de profesionales hacia territorios con mejores condiciones retributivas, contractuales o de conciliación. Paralelamente, una parte de los profesionales formados en el sistema español opta por ejercer en otros países, atraída por salarios más altos, mayor reconocimiento profesional o entornos laborales menos tensionados. Este fenómeno supone una pérdida neta de capital humano en cuya formación ha invertido el propio sistema público.

Esquema breve de referencia

  • Ratio de médicos y enfermeras por habitante: indicador clave para evaluar la capacidad asistencial y la carga de trabajo, como hemos visto más arriba.
  • Comparativa con la media europea: utilizada de forma contextual, muestra que España presenta ratios de médicos relativamente elevadas en términos globales, pero un déficit estructural en enfermería respecto a los países más avanzados, con implicaciones directas en la calidad y continuidad de los cuidados.

En conjunto, los recursos humanos constituyen el verdadero factor limitante del sistema sanitario. Su formación, distribución y retención no pueden abordarse como variables aisladas, sino como parte de una estrategia de largo plazo que condiciona, de manera decisiva, la sostenibilidad y el rendimiento del sistema en su conjunto.

8. La ceguera institucional en la planificación sanitaria

Llegados a este punto del análisis, resulta legítimo formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo es posible que tensiones tan previsibles en el sistema sanitario no hayan sido anticipadas ni corregidas con suficiente antelación por las estructuras responsables de su planificación?

El envejecimiento poblacional, la jubilación progresiva de amplias cohortes de profesionales sanitarios, el déficit estructural de enfermería o la sobrecarga creciente de la Atención Primaria no son fenómenos sobrevenidos ni inesperados. Se trata de tendencias conocidas, medibles y proyectables a medio y largo plazo, ampliamente documentadas en informes nacionales e internacionales.

 En este contexto, emerge un elemento clave del funcionamiento institucional: el papel de los cuerpos superiores de la Administración sanitaria y de los servicios técnicos cualificados encargados de la planificación, la previsión y el asesoramiento estratégico. No se trata de cargos políticos sujetos al ciclo electoral, sino de profesionales estables, con formación especializada y responsabilidad directa en el gobierno efectivo del sistema.

La función de estos cuerpos no se limita a la tramitación procedimental, sino que incluye —o debería incluir— la anticipación de escenarios, la identificación temprana de riesgos y la formulación de propuestas técnicas viables que permitan corregir desviaciones antes de que se conviertan en crisis visibles.

Cuando esa función no se ejerce de forma efectiva, solo caben tres explicaciones: una deficiente comprensión del problema, una incompetencia técnica en la proyección de escenarios o una inhibición consciente ante decisiones que podían resultar incómodas en el plano político o administrativo. Sea cual sea la causa, el resultado es el mismo: deterioro progresivo del sistema y traslado del coste a los profesionales y a los ciudadanos.

El marco normativo de la función pública sanitaria proclama principios como la profesionalidad, la objetividad y el servicio al interés general. Sin embargo, en la práctica, tiende a premiar la obediencia pasiva y la seguridad procedimental, mientras desincentiva la iniciativa técnica, las advertencias tempranas o los informes que cuestionan decisiones ya adoptadas.

Esta dinámica no siempre vulnera formalmente la legalidad, pero vacía de contenido el principio de buena administración y convierte a la alta función pública sanitaria en un aparato defensivo, más orientado a evitar responsabilidades internas que a garantizar el gobierno efectivo del sistema.

En este punto se abren dos escenarios igualmente problemáticos. Si el marco normativo y organizativo penaliza de hecho la iniciativa técnica y no exige responsabilidad alguna por la inacción cualificada, entonces el problema es estructural y requiere reforma. Si, por el contrario, el marco permite actuar y son las decisiones políticas las que bloquean sistemáticamente las propuestas técnicas, entonces la responsabilidad no puede diluirse en la cadena jerárquica.

En ambos casos, resulta evidente que la neutralidad no puede confundirse con el silencio. La lealtad institucional no es obediencia ciega, sino compromiso con el interés general y con la legalidad material. Cuando la previsión falla de manera sistemática en un sistema tan crítico como el sanitario, el problema deja de ser coyuntural y pasa a ser institucional.

9. Factores estructurales que presionan la sanidad actual

Más allá de la gestión política

El análisis de la situación actual del sistema sanitario en España no puede limitarse a decisiones de gestión concretas ni a ciclos políticos determinados. Existen una serie de factores estructurales, comunes a la mayoría de los países desarrollados, que ejercen una presión creciente y sostenida sobre los sistemas de salud, con independencia del modelo organizativo o del signo de los gobiernos.

Uno de los elementos más determinantes es el envejecimiento poblacional. El aumento de la esperanza de vida constituye un éxito sanitario y social, pero implica también una mayor prevalencia de patologías asociadas a edades avanzadas y una utilización más intensiva de los servicios sanitarios. A medida que la pirámide poblacional se invierte, el sistema debe atender a una proporción creciente de personas con necesidades asistenciales complejas y prolongadas en el tiempo.

Directamente ligado a este fenómeno se encuentra el incremento de las enfermedades crónicas y la pluripatología. Cada vez es más frecuente que un mismo paciente presente varias patologías simultáneas, lo que requiere un seguimiento continuado, coordinación entre niveles asistenciales y un enfoque menos centrado en episodios agudos. Este cambio de perfil epidemiológico tensiona especialmente a la Atención Primaria y a los servicios sociosanitarios.

Los avances tecnológicos constituyen otro factor de presión relevante. La incorporación de nuevas técnicas diagnósticas, tratamientos farmacológicos innovadores y procedimientos terapéuticos de alta complejidad ha mejorado de forma notable los resultados en salud, pero conlleva un incremento sostenido de los costes. La tecnología sanitaria, una vez disponible, tiende a generalizarse y a generar nuevas demandas, lo que plantea desafíos constantes en términos de priorización y sostenibilidad.

A ello se suma un aumento global de la demanda asistencial, no solo en términos cuantitativos, sino también en frecuencia de contacto con el sistema. Las consultas, pruebas y procedimientos se han intensificado, en parte por el envejecimiento y la cronicidad, pero también por una mayor accesibilidad y por la medicalización de procesos que anteriormente no requerían intervención sanitaria formal.

Finalmente, las expectativas sociales más altas juegan un papel decisivo. La ciudadanía demanda una atención cada vez más rápida, personalizada y tecnológicamente avanzada, con tolerancia reducida a la demora o a la incertidumbre clínica. Estas expectativas, legítimas en muchos aspectos, incrementan la presión sobre el sistema y obligan a un equilibrio constante entre calidad, equidad y sostenibilidad.

Presentados en conjunto, estos factores deben entenderse como tendencias objetivas, derivadas de transformaciones demográficas, científicas y sociales de largo recorrido. No constituyen fallos morales ni errores atribuibles a decisiones aisladas, sino el marco estructural dentro del cual operan los sistemas sanitarios contemporáneos y frente al cual deben diseñarse respuestas realistas y sostenidas.

10. Resultados globales del sistema sanitario español

Fortalezas y debilidades

La evaluación del sistema sanitario en España ofrece un balance matizado. Considerado en su conjunto, el sistema presenta resultados en salud favorables en comparación con países de similar nivel de desarrollo, al tiempo que mantiene tensiones internas persistentes que condicionan su funcionamiento cotidiano y su proyección futura.

Entre los indicadores generales de salud, destacan la alta esperanza de vida y unos niveles relativamente bajos de mortalidad evitable por causas prevenibles o tratables, lo que sugiere una capacidad efectiva del sistema para responder a los principales riesgos sanitarios de la población. Estos resultados son coherentes con la cobertura universal, el acceso generalizado a servicios esenciales y la fortaleza histórica de la Atención Primaria y de la atención hospitalaria en procesos agudos.

En términos globales, el desempeño del sistema puede calificarse como sólido. Con un gasto sanitario por habitante inferior al de los países europeos más avanzados, España logra resultados comparables en múltiples indicadores, lo que apunta a un nivel razonable de eficiencia. Este equilibrio entre resultados y recursos disponibles ha sido, durante años, una de las señas de identidad del sistema sanitario español.

Sin embargo, junto a estas fortalezas persisten tensiones estructurales que no pueden ignorarse. La presión asistencial creciente, las dificultades en la disponibilidad de profesionales, las listas de espera y la sobrecarga de determinados niveles asistenciales revelan límites operativos que afectan tanto a la experiencia del paciente como a las condiciones de trabajo del personal sanitario. Estas tensiones no invalidan los buenos resultados globales, pero sí ponen de manifiesto la fragilidad del equilibrio alcanzado.

El reto principal que emerge de este análisis es la desigualdad territorial. Las diferencias entre comunidades autónomas en inversión, dotación de recursos y resultados asistenciales generan una percepción de inequidad que contrasta con el principio de igualdad en derechos que sustenta el sistema. Aunque todos los ciudadanos están formalmente cubiertos por el mismo marco legal, la experiencia real de acceso y tiempos de respuesta puede variar de forma significativa según el territorio de residencia.

Indicadores clave del sistema sanitario
(últimos datos consolidados disponibles, aprox. 2022–2024)

Indicador

España

Media UE

Alemania

Francia

Esperanza de vida al nacer (años)

~83,2

~81,5

~81,0

~82,5

Mortalidad evitable (por 100.000 hab.)

~170

~220

~230

~210

Gasto sanitario público por habitante (€)

~1.950

~3.000

~8.500–9.000

~7.000–7.500

Profesionales sanitarios (por 1.000 hab.)

Médicos: ~4,4 / Enfermeras: ~5,9

Médicos: ~3,8 / Enfermeras: ~8,5

Médicos: ~4,7 / Enfermeras: ~12,2

Médicos: ~3,9 / Enfermeras: ~8,8

Tiempo medio en lista de espera quirúrgica (días)

~95

n.d.

n.d.

n.d.


1.      Estas comparaciones deben leerse como órdenes de magnitud y tendencias generales, no como clasificaciones cerradas ni rankings de calidad asistencial.

2.      Los indicadores europeos en la tabla no incluyen listas de espera quirúrgicas por falta de homogeneidad metodológica. En España, este indicador se presenta como media nacional, con importantes variaciones territoriales.

3.      España obtiene buenos resultados en salud poblacional con un gasto sanitario y una dotación de enfermería claramente inferiores a las de los países europeos más avanzados, lo que explica parte de las tensiones internas del sistema.

En conjunto, los resultados globales del sistema sanitario español reflejan un modelo que ha alcanzado logros significativos en términos de salud poblacional, pero que afronta desafíos internos relevantes. La clave del debate actual no reside tanto en cuestionar el modelo en su totalidad, como en comprender cómo preservar sus fortalezas y corregir las debilidades que amenazan su cohesión y sostenibilidad a medio y largo plazo.

11. Retos de futuro

Sostenibilidad, equidad y cohesión

El futuro del sistema sanitario en España se define, en gran medida, por su capacidad para mantener el equilibrio entre sostenibilidad financiera, equidad territorial y cohesión institucional. Los desafíos identificados a lo largo de este análisis no apuntan a una crisis del modelo en sí, sino a la necesidad de adaptarlo a un contexto demográfico, social y tecnológico profundamente distinto al que dio origen al Sistema Nacional de Salud.

Uno de los retos centrales es avanzar hacia una coordinación real y efectiva entre comunidades autónomas. La descentralización ha permitido adaptar la gestión sanitaria a realidades territoriales diversas, pero también ha evidenciado la necesidad de mecanismos más sólidos de cooperación, intercambio de información y evaluación conjunta. La cohesión del sistema depende de que las diferencias operativas no se traduzcan en desigualdades sustantivas en el acceso y en los resultados en salud.

El refuerzo de la Atención Primaria constituye otro desafío estratégico. Más allá de declaraciones de principio, su papel como eje del sistema requiere recursos adecuados, capacidad resolutiva suficiente y una organización que permita responder al aumento de la cronicidad y de la demanda asistencial. La sostenibilidad del sistema hospitalario y la reducción de tensiones en los niveles especializados dependen, en buena medida, de la fortaleza de este primer nivel asistencial.

La planificación de los recursos humanos se presenta como una condición imprescindible para afrontar el futuro. La formación de profesionales sanitarios exige horizontes temporales largos y decisiones anticipadas, tanto en número de plazas como en especialidades y perfiles necesarios. Sin una estrategia coherente que integre formación, distribución territorial y retención del talento, las carencias actuales tenderán a reproducirse o intensificarse.

Otro ámbito clave es el uso racional de la tecnología y del gasto sanitario. La innovación médica es una fuente indiscutible de mejora en los resultados en salud, pero también un vector de presión presupuestaria. La evaluación rigurosa de tecnologías, la prioridad basada en valor y la integración de herramientas digitales deben orientarse a mejorar la eficiencia y la calidad asistencial, evitando la adopción, sin crítica, de soluciones de alto coste con beneficios marginales.

Finalmente, todos estos retos apuntan a la necesidad de acuerdos de largo plazo. La sanidad requiere estabilidad normativa, previsibilidad presupuestaria y consensos que trasciendan ciclos políticos. Solo desde una visión compartida y sostenida en el tiempo es posible preservar los logros alcanzados y corregir las debilidades identificadas sin comprometer la cohesión del sistema.

En conjunto, los retos de futuro del sistema sanitario español no exigen una redefinición radical de sus principios fundacionales, sino una adaptación realista y coordinada. La clave reside en consolidar un modelo capaz de seguir ofreciendo resultados sólidos en salud, garantizando al mismo tiempo la equidad territorial y la sostenibilidad en un entorno cada vez más exigente.

El debate sobre la sanidad no puede reducirse a una dicotomía entre éxito y fracaso, sino entenderse como la gestión de un equilibrio complejo sometido a tensiones estructurales crecientes. Un eventual deterioro del sistema no constituiría únicamente un fallo de gestión o de los profesionales sanitarios, sino un fracaso colectivo, en la medida en que todos los actores sociales resultan afectados cuando el modelo se debilita.

Desde esta perspectiva, la sostenibilidad del sistema no depende únicamente de decisiones institucionales, sino también de prácticas cotidianas y actitudes compartidas.

De ahí la importancia de que, por parte de los usuarios, no se contribuya a tensionar el sistema de forma innecesaria, sino que se haga un uso racional y responsable de los recursos disponibles. La percepción de gratuidad y disponibilidad ilimitada puede favorecer comportamientos inadecuados —como el recurso a los servicios de urgencias ante situaciones no urgentes— que, acumulados, afectan a la capacidad del sistema para responder con agilidad a quienes realmente lo necesitan.

Conclusión: Una sanidad común, realidades diversas

La sanidad en España es el resultado de una construcción histórica progresiva, marcada por transformaciones sociales, económicas e institucionales profundas. Desde un modelo fragmentado y asistencial hasta un sistema universal y descentralizado, su evolución refleja tanto las aspiraciones de equidad propias del Estado social como las complejidades derivadas de un país diverso en lo territorial y demográfico.

Los éxitos del sistema son indiscutibles: elevados niveles de esperanza de vida, una cobertura prácticamente universal y resultados en salud comparables a los de países con mayor inversión sanitaria. Estos logros no son casuales; se apoyan en décadas de desarrollo institucional, en la profesionalidad del personal sanitario y en una red asistencial que, con limitaciones, ha demostrado una notable capacidad de respuesta.

Al mismo tiempo, el análisis revela problemas estructurales persistentes. La presión sobre la Atención Primaria, la planificación insuficiente de los recursos humanos, las tensiones derivadas del envejecimiento poblacional y, especialmente, las diferencias territoriales en recursos y resultados ponen de manifiesto que la igualdad formal de derechos no siempre se traduce en experiencias asistenciales homogéneas. Estas tensiones no invalidan el modelo, pero sí señalan sus puntos de fragilidad.

De ahí la importancia de analizar la sanidad con datos y contexto, evitando lecturas simplistas o debates reducidos a consignas. Solo una mirada informada, que integre la perspectiva histórica con indicadores comparables y conocimiento de los condicionantes estructurales, permite comprender por qué el sistema funciona razonablemente bien en términos globales y, a la vez, por qué genera insatisfacción en ámbitos concretos.

La sanidad española es, en definitiva, una sanidad común con realidades diversas. Preservar sus fortalezas y corregir sus debilidades exige un debate sereno, informado y no ideológico, capaz de trascender coyunturas políticas y centrarse en lo esencial: garantizar un sistema sanitario equitativo, sostenible y cohesionado para las próximas generaciones.

A este análisis conviene añadir una reflexión final desde la experiencia vital. Quienes nos encontramos en el último estadio de la vida contemplamos el sistema sanitario no solo como usuarios, sino también como parte activa de su construcción. Durante décadas hemos contribuido con nuestro trabajo, nuestros impuestos y nuestro esfuerzo colectivo a levantar una sanidad pública que hoy sigue siendo motivo de legítimo orgullo. No aspiramos a conservarla intacta ni idealizada, pero sí a no dejarla en peores condiciones a quienes vendrán después.

Desde esa perspectiva, resulta razonable apelar a la sensatez compartida de todos los actores implicados. A quienes administran, para que actúen con responsabilidad, visión de largo plazo y respeto por un bien común que no admite improvisaciones. A los profesionales sanitarios, cuyo compromiso y entrega siguen siendo uno de los pilares silenciosos del sistema. Y también a los usuarios, llamados a ejercer la comprensión y el uso responsable de un recurso que es de todos y para todos.

La sanidad no se sostiene únicamente con presupuestos y normas, sino también con sentido común, corresponsabilidad y confianza mutua. Preservar lo construido, mejorar lo necesario y no degradar lo heredado es, en última instancia, una forma de justicia intergeneracional. Ese debería ser el punto de encuentro de cualquier debate honesto sobre el presente y el futuro de nuestra sanidad.

ANEXO

Indicadores comparables del sistema sanitario

España (CCAA) y países de referencia de la UE

Datos orientativos y comparables. Últimos años disponibles 2022–2024 según indicador.

Territorio

Gasto sanitario público €/hab.

Médicos / 1.000

Enfermeras / 1.000

Camas / 1.000

Lista espera quirúrgica (días)

Andalucía

1.700–1.800

3,9

5,4

2,6

100–120

Aragón

2.000–2.100

4,6

6,6

3,3

70–90

Asturias

2.400–2.500

5,2

7,5

4,1

60–80

Baleares

1.700–1.800

3,8

5,6

2,7

90–110

Canarias

1.800–1.900

4,0

5,8

2,8

110–130

Cantabria

2.100–2.200

4,8

6,9

3,7

60–80

Castilla-La Mancha

1.900–2.000

4,4

6,2

3,1

90–110

Castilla y León

2.100–2.200

5,1

7,0

3,9

70–90

Cataluña

1.400–1.500

4,3

6,1

3,2

140–160

C. Valenciana

1.600–1.700

4,1

6,0

2,9

90–110

Extremadura

2.100–2.200

4,7

6,8

3,6

80–100

Galicia

2.000–2.100

4,9

6,9

3,6

80–100

La Rioja

2.000–2.100

4,6

6,5

3,4

60–80

Madrid

1.450–1.550

4,5

5,5

2,8

45–60

Murcia

1.550–1.650

3,9

5,4

2,6

90–110

Navarra

2.200–2.300

4,9

7,1

3,8

60–80

País Vasco

2.200–2.300

4,8

7,3

3,7

70–90

Ceuta y Melilla

1.600–1.700

3,6

5,2

2,5

120–140

España (media)

≈1.950

4,4

5,9

2,9

≈95

Alemania

≈8.500–9.000

4,7

12,2

7,7

n.d.

Francia

≈7.000–7.500

3,9

8,8

5,4

n.d.


Notas explicativas

1. Gasto sanitario público por habitante
Expresado en euros corrientes por persona y año. Incluye gasto autonómico consolidado en sanidad pública. No incorpora gasto privado ni mutualidades administrativas (MUFACE, etc.). Las diferencias reflejan capacidad fiscal, envejecimiento poblacional y modelo organizativo.

2. Médicos por 1.000 habitantes
Incluye médicos en ejercicio (Atención Primaria + especializada). No distingue dedicación parcial ni distribución territorial interna, por lo que puede ocultar déficits locales relevantes.

3. Enfermeras por 1.000 habitantes
Indicador clave de calidad asistencial. España se sitúa claramente por debajo de la media de países avanzados de la UE, especialmente en comparación con Alemania y Francia.

4. Camas hospitalarias por 1.000 habitantes
Mide capacidad estructural hospitalaria. Los países de referencia mantienen ratios muy superiores, lo que les otorga mayor resiliencia ante picos de demanda (epidemias, envejecimiento).

5. Listas de espera quirúrgicas
Tiempo medio para cirugía programada no urgente. Los datos autonómicos se expresan en rangos debido a diferencias metodológicas en el cómputo y priorización clínica. No existe comparativa homogénea europea, por lo que Alemania y Francia figuran como “n.d.”.

 

Fuentes utilizadas

  • Ministerio de Sanidad (SNS, indicadores clave)
  • AIReF – Evaluación del gasto sanitario autonómico
  • OECD – Health at a Glance
  • Eurostat – Health Care Resources
  • Informes de servicios de salud autonómicos

 

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