Los jubilados: ¿nueva clase privilegiada o chivo expiatorio mediático?
Crítica a la narrativa económica y moral que culpabiliza a quienes sostuvieron el país durante décadas
José Manuel Fernández Outeiral
La salud no depende solo del cuerpo. Depende también de la estabilidad vital, de la tranquilidad con la que una persona puede mirar su presente y su futuro. Vivir en permanente incertidumbre —económica, social o emocional— acaba pasando factura, especialmente en una etapa de la vida en la que debería primar la serenidad. Desde esta perspectiva, la forma en que una sociedad trata a sus jubilados no es solo una cuestión económica: es una cuestión de salud colectiva y de dignidad humana. Este artículo forma parte de la siguiente trilogía:
– Vivienda: La vivienda: un problema mal entendido
– Sanidad: La sanidad en España (1960-2025)
– Jubilación: (este artículo)
A comienzos de octubre de 2025, varios medios de comunicación españoles publicaron —con idéntico tono alarmista— que la Seguridad Social había agotado sus recursos el 30 de septiembre y que el Estado tendría que cubrir, con nueva deuda, el pago de las pensiones hasta fin de año. El titular parecía contable; pero el mensaje que se deslizó después fue otro: los jubilados se habrían convertido en una “nueva clase privilegiada”, con rentas superiores a las de muchos trabajadores activos.
Esa tesis, repetida sin matices, no
solo es falsa: es moralmente indecente. Y lo es porque convierte a quienes
más aportaron en sospechosos de lujo, ocultando las verdaderas causas del
desequilibrio del sistema.
1. La confusión interesada: todos en el
mismo saco
Cuando se habla de “los jubilados” como
un bloque homogéneo, se comete la primera injusticia. En el mismo saco se
mezclan pensiones contributivas —fruto de décadas de cotización— con pensiones
no contributivas y asistenciales (viudedad, orfandad, invalidez). No son lo
mismo ni en origen ni en naturaleza jurídica.
Los pensionistas contributivos no
reciben una ayuda del Estado, sino el derecho que ellos mismos
financiaron. No decidieron las reglas de cálculo, ni las bases reguladoras,
ni las edades de jubilación: todo eso lo fijaron los técnicos y los
legisladores. Confundir su legítima retribución con una subvención es, además
de injusto, un insulto a la inteligencia colectiva.
Conviene recordar que el sistema de
pensiones español se basa en el principio de solidaridad intergeneracional:
los trabajadores activos financian las pensiones de los jubilados, con la
garantía de que las generaciones futuras harán lo mismo por ellos. Pero a
diferencia de otros modelos, como el noruego, en el que una parte de las
cotizaciones se capitaliza en un fondo soberano gestionado con transparencia y
rentabilidad, en España la cotización es obligatoria y no ofrece alternativa
privada. Ninguno de los actuales pensionistas pudo elegir a qué sistema
aportar, ni capitalizar sus ahorros, ni decidir cómo invertir sus
cotizaciones. Cumplieron con la ley, década tras década, confiando en un Estado
que debía administrar bien ese dinero y que hoy les acusa, paradójicamente, de
ser la causa del déficit. No se puede culpabilizar a quienes cumplieron las
reglas cuando son las instituciones las que las han vulnerado.
2. La “hucha” vacía y la memoria
selectiva
El llamado Fondo de Reserva de la
Seguridad Social, conocido popularmente como la “hucha de las pensiones”, alcanzó
su máximo histórico en 2011 con unos 66.815 millones de euros, según el
informe anual presentado ante el Congreso (cifra citada por El Economista
y Datadista). Durante los años de crisis, ese fondo fue utilizado para
sostener el sistema y, posteriormente, para cubrir déficits estructurales.
Hoy apenas supera los 10.000 millones de euros (datos del Ministerio de
Inclusión, febrero de 2025).
Pero lo que los medios no dicen es en
qué se fue aquel dinero. Durante la crisis financiera, una parte importante
se empleó para rescatar al sistema bancario. Mientras tanto, la deuda
pública española se duplicó, los rescates empresariales se multiplicaron y nadie
se escandalizó.
La hucha de los pensionistas se vació;
la de los políticos sigue rebosando.
3. Los verdaderos agujeros del Estado:
televisiones, chiringuitos y 450.000 cargos políticos
Mientras se señala al jubilado como
culpable del déficit, nadie se atreve a mirar hacia el auténtico sumidero
del dinero público: un aparato político hipertrofiado que mantiene a
casi medio millón de cargos entre ministerios, autonomías, diputaciones,
ayuntamientos, mancomunidades, empresas públicas y fundaciones. Cerca de 450.000
políticos viven del presupuesto, muchos de ellos sin otra función que
sostener el tinglado partidista y sus clientelas.
A eso se suman las televisiones
públicas, convertidas en carísimos órganos de propaganda, con presupuestos
superiores a los de universidades enteras, y una red de “chiringuitos
subvencionados” que duplican tareas, fabrican estadísticas y reparten
prebendas ideológicas.
Según datos de Civio y Fedea, el
coste anual de televisiones públicas y entes autonómicos supera los 1.200
millones de euros, a lo que se añaden más de 20.000 millones en gasto
político y subvenciones duplicadas. Mientras el trabajador soporta una
presión fiscal récord y el jubilado ve amenazada su pensión, el Estado
mantiene con cargo al contribuyente una legión de intermediarios ideológicos
que ni producen ni sirven al bien común. La política se ha transformado en
un negocio de mantenimiento propio, un sistema de castas donde el mérito ha
sido sustituido por la obediencia y la propaganda por el pensamiento. Y el
resultado es este: un país con demasiados portavoces y muy pocas
conciencias.
4. Un sistema fiscal con privilegios
territoriales
A esta
desigualdad se suma otro elemento que raramente se menciona: el régimen foral del
País Vasco y Navarra, conocido como cupo y convenio, mediante el cual ambas comunidades
recaudan sus propios impuestos y pagan al Estado una cantidad negociada para
financiar servicios comunes. En la práctica, ese cupo representa una contribución sensiblemente menor por habitante
que la del resto de España, lo que significa que las pensiones y los servicios
del conjunto del Estado se sostienen en parte con el esfuerzo desigual de los
contribuyentes de otras regiones.
Resulta paradójico que, mientras los medios acusan a los jubilados de “vivir por encima de sus posibilidades”, el propio Estado mantenga privilegios fiscales que quiebran el principio de solidaridad nacional. Los pensionistas de Castilla, Andalucía, Galicia o Extremadura —que cotizaron durante décadas al mismo sistema común— acaban subsidiando a territorios con mayor renta per cápita y menor esfuerzo contributivo real. Esa es la verdadera fractura del sistema: no entre generaciones, sino entre ciudadanos desigualmente tratados por el mismo Estado que debería protegerlos por igual.
5. La realidad
de los pensionistas españoles
Según el
Ministerio de Inclusión, la pensión media contributiva en abril de 2025
fue de 1.309 euros mensuales, y menos del 5 % de los pensionistas
percibe la pensión máxima. La mayoría vive con ingresos modestos,
erosionados por la inflación, los costes energéticos y los gastos sanitarios. Comparar
esas cifras con los salarios precarios de muchos jóvenes solo demuestra otra
cosa: la degradación del mercado laboral, no el lujo de los jubilados.
Y conviene recordarlo: muchos mayores
sostienen hoy a sus hijos y nietos, asumiendo cargas familiares que el
Estado no cubre. Lejos de ser una carga, han vuelto a ser el último dique de
contención social.
6. La estructura demográfica: el
problema real
La ratio cotizante/pensionista ha
caído ya por debajo de 2 en la mayoría de las provincias. Según proyecciones
del INE y la AIReF, España pasará de 9,5 millones de
pensionistas actuales a más de 15 millones en 2050, con una tasa de
dependencia superior al 60 %. Ese desequilibrio no se resolverá culpando a los
jubilados, sino repensando el modelo laboral, la natalidad y la
productividad.
La Fundación de Estudios de Economía
Aplicada (FEDEA) estima que el gasto público en pensiones alcanzará el 17
% del PIB en 2050, lo que exige reformas racionales y una gestión honesta,
no linchamientos mediáticos.
7. La memoria histórica que los medios
ignoran
La generación hoy jubilada fue la que levantó
el país tras la posguerra y la transición, la que cotizó durante más de
cuarenta años, la que sostuvo las instituciones y consolidó una democracia
imperfecta, sí, pero viable. Algunos de sus miembros, como mi propio abuelo, tenían
números de afiliación de un solo dígito en el antiguo Instituto Nacional de
Previsión: fueron literalmente fundadores del sistema.
Esa memoria merece respeto. Reducirla a
una estadística contable es un ejercicio de amnesia colectiva que
degrada a quien la practica.
8. Entre el olvido y la ingratitud
En una época donde la memoria colectiva
se desvanece, los jubilados se han convertido en el blanco fácil de un relato
diseñado para distraer. Mientras los verdaderos responsables del endeudamiento
nacional permanecen invisibles, los mayores son retratados como “rentistas”
de un sistema que ellos mismos financiaron.
Los medios que deberían fiscalizar al
poder han optado, en demasiadas ocasiones, por reproducir narrativas cómodas
antes que incomodar a quienes deciden. Es la paradoja moral de un país que
confunde el mérito con el privilegio y la gratitud con el agravio.
¿Tiene algo que ver esta complacencia
con la dependencia económica de dichos medios, directa o indirecta, respecto
del poder político?
9. Un llamamiento a la lucidez
España necesita un debate honesto sobre
el futuro de su sistema de pensiones, pero también una revisión ética de su
discurso público. No se puede construir cohesión social culpando a quienes han
pagado durante toda una vida el precio de la estabilidad. Los jubilados no
son una “clase parasitaria”: son la base moral y económica de una nación
que, en gran parte, les debe lo que es.
La juventud actual ha recibido una
democracia, un sistema sanitario y un marco de derechos construido por aquellos
a quienes hoy algunos medios desprecian. Esa herencia no es perfecta, pero fue
un regalo. Y sería trágico que una generación la devolviese envuelta, no en
celofán, sino en desdén y desmemoria.
Porque una nación que desprecia a
quienes la construyeron está firmando su propio certificado de decadencia. Y
solo el reconocimiento —no la ingratitud— podrá restaurar el alma de un pueblo.
Cuando volvamos a honrar el trabajo, la memoria y la verdad, quizás también
volvamos a merecer la palabra “progreso.”
Santiago de Compostela, octubre de 2025.
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