Accidentes ferroviarios: la seguridad que no se ve

Vias de ferrocarril con señalización
Importancia del mantenimiento en vias críticas
 

Mantenimiento, cultura del silencio y responsabilidad en infraestructuras críticas


José Manuel Fernández Outeiral

Hoy, un nuevo accidente ferroviario vuelve a sacudirnos como sociedad. Antes de cualquier análisis, conviene detenerse un instante y recordar que no es la primera vez.

En Angrois, a las puertas de Santiago de Compostela, decenas de personas perdieron la vida en 2013. Aquel accidente dejó víctimas, dolor y también lecciones que nunca deberían olvidarse. Algunas se incorporaron; otras, quizá, se diluyeron con el paso del tiempo.

Recordar Angrois no busca reabrir heridas ni señalar responsabilidades pasadas, sino asumir algo esencial: en infraestructuras críticas, la memoria es parte de la seguridad. Olvidar es siempre el primer paso para repetir.

Desde ese respeto y esa conciencia, nace la reflexión que sigue.


En los sistemas técnicos complejos - ferrocarril, carreteras, aviación, energía o sanidad - la seguridad no suele fallar de forma repentina. Se degrada. Lo hace lentamente, casi sin ruido, mediante decisiones acumuladas que rara vez ocupan titulares: aplazamientos de mantenimiento, ampliación de intervalos de revisión, normalización de soluciones provisionales y reducción progresiva de márgenes de seguridad.

Como responsable de mantenimiento que he sido durante muchos años, me preocupa que el mantenimiento - la parte menos visible, menos rentable y menos mediática - se haya convertido con demasiada frecuencia en la variable de ajuste. No se inaugura, no se corta ninguna cinta, no genera titulares. Sin embargo, es ahí donde reside la verdadera seguridad de cualquier infraestructura crítica.

Como usuario habitual de la red viaria, hay además una realidad que millones de ciudadanos pueden constatar a diario: el estado lamentable de conservación de buena parte de nuestras carreteras. Firme degradado, señalización deficiente, baches, juntas deterioradas, arcenes inexistentes o invadidos. Es un deterioro visible, cotidiano, normalizado. Y, sin embargo, cuando se producen accidentes de tráfico, rara vez se menciona el estado de la vía como posible factor concurrente. La responsabilidad se individualiza casi siempre en el conductor.

Mi desconocimiento técnico de la red ferroviaria no me permite opinar con rigor sobre su estado real. Pero precisamente por eso surge una preocupación legítima: ¿está ocurriendo en el ferrocarril lo mismo que en las carreteras? ¿Una degradación silenciosa del mantenimiento, mientras el sistema sigue funcionando... hasta que deja de hacerlo?

Resulta llamativo que, mientras el estado de conservación de la red viaria es objetivamente deficiente, los organismos responsables parezcan priorizar medidas accesorias o simbólicas, como la implantación de dispositivos que solo se exigen en nuestro país, en lugar de abordar con decisión el problema estructural del mantenimiento.

Más grave aún que la posible falta de inversión es el silencio de los operadores y responsables técnicos. Los sistemas complejos dependen en gran medida de la experiencia de quienes los operan y mantienen. Son ellos quienes detectan antes que nadie las señales débiles: anomalías recurrentes, procedimientos forzados, soluciones temporales que se prolongan indefinidamente. Cuando esa experiencia no se expresa, el sistema pierde su mejor sensor.

Ese silencio no suele ser fruto de la falta de ética profesional, sino de estructuras que no protegen al que alerta y que convierten la advertencia en un riesgo personal. Cuando hablar no produce efectos y callar evita problemas, el silencio se normaliza. Y se vuelve peligroso.

Esta preocupación no es nueva. En otra entrada de este mismo blog ya señalaba que sin una sociedad civil fuerte no hay democracias vivas, y que uno de los déficits más graves de nuestro país es precisamente la debilidad de sus organizaciones civiles independientes y técnicamente solventes.

En otros entornos europeos, como Alemania, las grandes asociaciones de automovilistas y usuarios de infraestructuras no se limitan a prestar servicios a sus socios. Actúan como contrapoder técnico: auditan, denuncian, presionan, publican informes incómodos y fuerzan debates públicos sobre seguridad vial, mantenimiento e inversiones. Su fortaleza no es un adorno democrático, sino una pieza esencial del sistema.

En España, esa función apenas existe. La consecuencia es que, cuando el mantenimiento se degrada o los márgenes de seguridad se estrechan, no hay una voz colectiva fuerte que lo ponga sobre la mesa. El profesional individual queda expuesto y tiende al silencio; el ciudadano carece de información independiente; y el debate público se reduce a buscar culpables individuales cuando el daño ya está hecho.

Sin una sociedad civil organizada, técnica y protegida, la seguridad acaba dependiendo exclusivamente de estructuras administrativas que no siempre tienen incentivos para cuestionarse a sí mismas. Y en infraestructuras críticas, esa carencia no es neutra: es un riesgo sistémico.

No se trata de especular ni de señalar culpables concretos. Pero si algún día se confirmase que infraestructuras críticas se mantienen de forma insuficiente, con conocimiento interno del riesgo y sin actuación correctora, no estaríamos ante una fatalidad, sino ante un problema de responsabilidad. Y en ese caso, la exigencia de responsabilidades no sería política ni administrativa, sino potencialmente penal.

En sistemas donde el error no es una opción, el mantenimiento y la palabra profesional no pueden seguir siendo invisibles.

Y ahora, al menos, podemos hacer algo que sí está en nuestra mano:

Que quienes han perdido la vida en este accidente sean acogidos en paz y en luz,
y encuentren amparo y descanso en su tránsito.

Acompañamos en el dolor a sus familias y seres queridos.

Paz a todos.

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