España y la primera globalización: de Ceuta a Hispanoamérica
Ceuta, Marruecos y una pregunta que va mucho más allá de una crisis fronteriza
José Manuel Fernández Outeiral
Lo
ocurrido en Ceuta durante este verano de 2026 debería obligarnos a hablar de
algo bastante más importante que la última polémica entre Gobierno y oposición.
Más de 70.000 personas cruzaron desde Marruecos durante los acontecimientos del
30 y 31 de julio. España tuvo que afrontar simultáneamente una emergencia
humanitaria, una crisis fronteriza y un problema de seguridad nacional en una
ciudad de apenas 85.000 habitantes. Semanas después seguimos discutiendo qué
sabía cada organismo, cuándo lo supo, quién recibió las advertencias y hasta
qué punto podía haberse previsto la magnitud de lo que estaba a punto de
ocurrir.
El
Gobierno ha publicado cuarenta informes, alertas y comunicaciones procedentes
de la Policía Nacional, la Guardia Civil, el CNI y el CIFAS correspondientes al
mes de julio. Esos documentos permiten saber que existían informaciones sobre
una presión creciente y convocatorias para intentar cruzar la frontera. Otra
cuestión, todavía discutida, es si aquellos avisos permitían anticipar una
entrada de las dimensiones que finalmente se produjo.
También
continúa sin estar demostrada públicamente una intervención deliberada del
Gobierno marroquí en los acontecimientos. Marruecos la niega. El Gobierno
español tampoco atribuye oficialmente a Rabat la organización de la entrada
masiva, mientras otras fuerzas políticas consideran que Marruecos tuvo
responsabilidad, al menos por omisión.
Lo
sucedido en Ceuta no debería conducirnos únicamente a preguntarnos qué falló
durante aquellos dos días. Debería llevarnos a una cuestión bastante más
profunda: ¿qué política exterior necesita España para defender sus intereses
durante los próximos veinte o treinta años?
Ceuta no es solamente una frontera
Ceuta y
Melilla no pueden ser consideradas únicamente problemas migratorios que deban
administrarse desde el Ministerio del Interior. Son territorio español y, al
mismo tiempo, frontera exterior de la Unión Europea, posiciones geoestratégicas
en el norte de África, puntos de contacto con Marruecos y lugares donde
confluyen seguridad, defensa, inmigración, comercio, relaciones internacionales
y política europea.
Por eso
resulta acertado que España haya llevado la cuestión a Bruselas y que pretenda
reforzar el encaje europeo de ambas ciudades. La Unión Europea ha anunciado
114,7 millones de euros solicitados por España para reforzar la frontera y
ayudar a recuperar la normalidad. Pero europeizar Ceuta y Melilla no significa
trasladar a Bruselas una responsabilidad que corresponde en primer término a
España. Europa debe estar allí porque Ceuta y Melilla forman parte de la
frontera exterior europea. España debe estar allí porque son España.
Y eso,
más que financiación, exige una estrategia.
Marruecos:
cooperación sin subordinación
Marruecos
es uno de los países más importantes para la política exterior española. Lo
seguirá siendo gobierne quien gobierne en Madrid y gobierne quien gobierne en
Rabat.
Compartimos
frontera. Nos separan catorce kilómetros en el Estrecho. Tenemos intereses
económicos, comerciales, migratorios, policiales, energéticos y de seguridad.
La cooperación marroquí resulta fundamental para controlar las redes de tráfico
de personas y la inmigración irregular, y España tiene igualmente mucho que
ofrecer a Marruecos en sus relaciones económicas y en su vinculación con
Europa. Precisamente porque esa relación es tan importante, no debería depender
de improvisaciones, afinidades personales ni decisiones cuyo fundamento
desconozcan los ciudadanos, llámese Pegasus o cualquier otra causa. Cooperar
con Marruecos no significa subordinarse a Marruecos.
España
debe mantener con Rabat una relación estable, intensa y mutuamente beneficiosa,
pero también extraordinariamente clara. Ceuta y Melilla no son territorios cuya
vinculación a España haya surgido como consecuencia de la colonización
contemporánea de Marruecos ni restos territoriales obtenidos del Estado
marroquí moderno. Sus trayectorias históricas son diferentes, pero ambas
quedaron vinculadas a la Monarquía española siglos antes de la constitución del
Marruecos independiente actual: Melilla fue incorporada a la Corona de Castilla
en 1497, mientras Ceuta, conquistada por Portugal en 1415, permaneció vinculada
a la Monarquía Hispánica y quedó definitivamente bajo soberanía española en el
siglo XVII. Cuando Marruecos alcanzó su independencia en 1956, ambas ciudades
llevaban siglos formando parte de la historia política española.
Esta
realidad histórica no elimina, naturalmente, las reivindicaciones que Marruecos
pueda formular, pero España no tiene por qué asumir como propia la premisa
sobre la que Rabat pretende sustentarlas. Ceuta y Melilla son ciudades
españolas, habitadas por ciudadanos españoles y plenamente integradas en el
orden constitucional español. Su soberanía no puede convertirse periódicamente
en una variable implícita de negociación bilateral, como tampoco la inmigración
puede utilizarse como instrumento de presión entre Estados. España puede y debe
mantener con Marruecos una relación de cooperación extraordinariamente
estrecha; precisamente por la importancia de esa relación, debe hacerlo desde
la claridad, la reciprocidad y el respeto mutuo, no desde la ambigüedad sobre
la integridad de su propio territorio.
Si
finalmente se demostrase que autoridades marroquíes facilitaron deliberadamente
lo sucedido en Ceuta, España tendría que responder diplomáticamente y llevar la
cuestión a la Unión Europea. Si no se demuestra, no deberíamos atribuírselo. Lo
que sí debemos hacer en cualquiera de los dos casos es construir una frontera y
una relación bilateral que no permitan que una crisis semejante vuelva a
colocar a una ciudad española ante una situación de tal magnitud. La amistad
entre países no consiste en evitar los desacuerdos. Consiste en disponer de
relaciones suficientemente maduras para soportarlos.
El
problema es mucho mayor que Marruecos
España
lleva demasiado tiempo confundiendo política exterior con la sucesión de
posiciones internacionales adoptadas por cada Gobierno. Naturalmente, todo
Gobierno elegido democráticamente tiene derecho a establecer prioridades
diferentes. Puede aproximarse más a unos países, modificar políticas de
cooperación, defender determinadas posiciones dentro de la Unión Europea o
interpretar de manera distinta algunos conflictos internacionales. Pero existen
relaciones, alianzas e intereses nacionales cuya construcción necesita décadas
y cuya pérdida puede producirse en pocos años. Estados Unidos, la Unión
Europea, Francia, Alemania, Portugal, Reino Unido, Marruecos, Argelia,
Hispanoamérica, el Mediterráneo, el Sahel y las principales economías de Asia
no aparecen y desaparecen con cada legislatura. La política exterior tampoco
debería hacerlo. España necesita determinar cuáles son sus intereses
permanentes y construir alrededor de ellos una política exterior de Estado
suficientemente amplia para sobrevivir a la alternancia política. No significa
impedir al Gobierno gobernar. Significa distinguir entre Gobierno y Estado y
entre partido y Gobierno.
Europa
no es nuestra política exterior: es también el lugar desde el que la ejercemos
La Unión
Europea ocupa una posición singular. No constituye simplemente una relación
exterior más porque España forma parte de ella. Nuestro objetivo no debería
consistir en acudir a Bruselas cuando un problema ya se ha producido para pedir
solidaridad, financiación o protección. Debemos participar mucho antes en la
definición de las políticas europeas que acabarán afectándonos. Energía,
industria, defensa, inmigración, fiscalidad, autonomía estratégica, comercio,
agricultura, infraestructuras y relaciones con África se deciden cada vez más
en un espacio europeo en el que quien llega tarde acaba aplicando decisiones en
cuya elaboración apenas influyó. España debe abandonar una concepción reactiva
de Europa. No necesitamos estar simplemente en Europa. Necesitamos pesar en
Europa. Y nuestra posición geográfica proporciona instrumentos para hacerlo:
somos fachada atlántica y mediterránea, puerta hacia África, conexión natural
con Hispanoamérica, plataforma energética potencial para el continente y una de
las grandes economías de la Unión.
Estados
Unidos, Hispanoamérica, África y Asia
La
relación con Estados Unidos debe construirse desde una cooperación estratégica
estable, sin subordinación y sin antiamericanismos periódicos. Defensa,
tecnología, comercio, seguridad, energía y la creciente presencia de la lengua
española en la sociedad norteamericana ofrecen un espacio de relación mucho
mayor que el estrictamente militar.
África
debería convertirse en una prioridad permanente. El continente situado a pocos
kilómetros de nuestras costas experimentará durante las próximas décadas una
transformación demográfica, económica y geopolítica extraordinaria. Allí
compiten ya China, Estados Unidos, Rusia, Turquía, los países del Golfo y las
principales potencias europeas. España no puede limitar su política africana a
gestionar las consecuencias migratorias de aquello que ocurre al otro lado del
Mediterráneo.
Necesitamos
empresas, inversión, infraestructuras, cooperación energética, formación,
seguridad, relaciones universitarias y presencia diplomática. La inmigración
irregular debe combatirse mediante control fronterizo, acuerdos de readmisión,
persecución de las redes y cooperación con países de origen y tránsito, pero
también creando intereses económicos compartidos que hagan de nuestra relación
con África algo mucho más amplio que una política de contención.
Asia
exige igualmente una presencia mayor. China, India, Japón, Corea del Sur y las
economías del Indo-Pacífico no pueden continuar ocupando una posición
secundaria en una estrategia exterior española que necesita diversificar
mercados, inversiones, proveedores y cadenas de suministro. Pero existe un
espacio en el que España dispone de una ventaja que ninguna estrategia de
política exterior debería desperdiciar: Hispanoamérica.
Y para
comprenderla necesitamos hablar, aunque sea por unas páginas, de nuestra propia
historia.
Una
historia que deberíamos conocer antes de salir al mundo
Lo que
sigue no pretende introducir una lección de Historia en un artículo sobre
política exterior. Los acontecimientos que recordaremos son únicamente los
necesarios para explicar una contradicción que afecta directamente a la manera
en que España se relaciona con otros países. Resulta difícil aspirar a tener
presencia, autoridad e influencia cuando una parte de quienes nos representan
parece desconocer la extraordinaria dimensión que España alcanzó durante siglos
o aproximarse a ella desde un complejo que termina proyectándose sobre su
comportamiento internacional. El pasado no concede privilegios en el presente.
Pero ignorarlo tampoco proporciona ninguna virtud. Una nación que desconoce lo
que fue difícilmente puede comprender todo lo que todavía representa.
Durante
siglos España fue una de las grandes potencias mundiales y llegó a mantener una
presencia política, económica, cultural y humana en Europa, América, África,
Asia y Oceanía. Desde comienzos del siglo XVI, los territorios de la Monarquía
quedaron conectados mediante rutas marítimas que atravesaban regularmente el
Atlántico y el Pacífico, enlazando Europa con América y ésta con Asia. La plata
americana, las manufacturas europeas, los productos asiáticos, las personas,
las lenguas, las especies vegetales, los conocimientos y las ideas circularon a
través de una red de intercambios cuya dimensión resulta difícil comprender
desde las fronteras nacionales actuales. La Carrera de Indias y,
posteriormente, el Galeón de Manila contribuyeron a establecer conexiones
permanentes entre algunas de las principales áreas económicas del planeta y
situaron a la Monarquía Hispánica entre los protagonistas fundamentales de
aquella primera globalización.
También
por eso resulta demasiado elemental una pregunta que continúa repitiéndose a
ambos lados del Atlántico: si España extrajo durante siglos enormes cantidades
de riqueza de América, ¿dónde está aquella riqueza?
Una
parte salió de América, naturalmente. Los metales preciosos financiaron a la
Corona, participaron en el comercio europeo, sirvieron para pagar guerras y
deudas y, como veremos, atravesaron incluso el Pacífico hasta incorporarse a
los grandes circuitos comerciales asiáticos. Negarlo tendría tan poco sentido
como sostener que toda la riqueza producida en los territorios americanos fue
enviada a la Península. Pero otra parte de la respuesta permanece físicamente
ante nuestros ojos y, sobre todo, ante los de quienes viven en las antiguas
ciudades de la América española. Está en las propias ciudades; en sus trazados
urbanos y plazas; en universidades, hospitales, catedrales, iglesias,
conventos, cabildos, audiencias, archivos, fortificaciones, caminos, puentes,
acueductos, obras hidráulicas y edificios civiles; en las instituciones que
fueron desarrollándose durante siglos y en un patrimonio artístico y cultural
cuya extraordinaria dimensión continúa formando parte de la identidad de las
naciones americanas actuales. Y, muchas de ellas, Patrimonio de la Humanidad.
Por eso,
cuando se pregunta dónde quedó la riqueza generada durante aquellos siglos, una
parte de la respuesta puede formularse de la manera más sencilla: miren
alrededor.
Ese
patrimonio es mexicano, peruano, colombiano, ecuatoriano, boliviano, argentino,
chileno, cubano y de cada una de las naciones que lo heredaron. Pero
precisamente por eso constituye también la demostración más visible de que la
historia española en América no desapareció con las independencias. Quedó
incorporada para siempre a la historia de esos países. Las ciudades, las
universidades y los archivos siguen allí. Cinco siglos después, quizá sean el
documento histórico más difícil de discutir.
Cuando
América conectó con China
Contemplada
desde los medios disponibles en los siglos XVI y XVII, la dimensión de aquella
empresa resulta todavía más extraordinaria. Hombres que carecían de motores,
comunicaciones instantáneas, satélites o sistemas modernos de predicción
meteorológica consiguieron atravesar regularmente los mayores océanos del
planeta, administrar territorios separados por distancias inmensas, trasladar
personas, mercancías y conocimientos entre continentes y mantener durante
generaciones algunas de las rutas comerciales más extensas conocidas hasta
entonces. Uno de los ejemplos más expresivos, y probablemente menos conocidos
por los propios españoles, se encuentra en la relación con China.
El
descubrimiento del tornaviaje por Andrés de Urdaneta en 1565 y la posterior
consolidación de Manila hicieron posible una comunicación marítima regular
entre Asia y la América española. Durante cerca de dos siglos y medio, el
Galeón de Manila o Nao de China mantuvo el gran puente transpacífico entre
Manila y Acapulco. A Filipinas llegaban comerciantes chinos con sedas,
porcelanas y otros productos asiáticos; desde América llegaba, sobre todo, la
plata que la economía china demandaba en cantidades extraordinarias. Las
reformas fiscales desarrolladas durante la dinastía Ming habían incrementado
enormemente la importancia de ese metal precisamente cuando los territorios
americanos de la Monarquía disponían de algunas de las mayores fuentes
conocidas. La plata procedente de Nueva España y del espacio andino atravesó el
Pacífico y terminó alimentando los mercados asiáticos. China, Filipinas,
América y Europa quedaron vinculadas dentro de un circuito económico que
trascendía las fronteras políticas de cualquiera de sus participantes.
El real
de a ocho se convirtió en uno de los símbolos más extraordinarios de aquel
mundo. Acuñado en distintas cecas de la Monarquía, entre ellas las grandes
cecas americanas, circuló mucho más allá de sus fronteras y alcanzó una
aceptación internacional que permite considerarlo uno de los primeros grandes
instrumentos monetarios de alcance mundial.
Resulta
difícil encontrar una imagen más expresiva de aquella primera globalización:
plata extraída en América y acuñada dentro de la Monarquía podía atravesar el
Pacífico, llegar a manos de comerciantes chinos e incorporarse a la economía de
una de las mayores civilizaciones del planeta, mientras sedas, porcelanas y
otros productos asiáticos recorrían el camino contrario hacia América y, desde
allí, podían continuar hasta Europa.
No fue
España la única protagonista. Participaron chinos, americanos, filipinos,
portugueses y muchos otros pueblos. No necesitamos exagerar nada para reconocer
lo extraordinario: la Monarquía Hispánica proporcionó algunas de las conexiones
territoriales, marítimas y monetarias fundamentales que permitieron que
economías situadas a distancias inmensas comenzaran a formar parte de un mismo
sistema mundial.
Salamanca:
cuando el poder empezó a preguntarse por sus límites
Aquella
proyección tampoco fue exclusivamente territorial, marítima o económica.
Mientras navegantes, comerciantes, soldados y funcionarios participaban en la
construcción de aquel mundo, dentro de España se estaba produciendo una
reflexión intelectual sobre los problemas jurídicos y morales que planteaba la
propia expansión. Salamanca ocupa un lugar excepcional en esa historia.
La
incorporación de nuevos pueblos y territorios planteó cuestiones para las que
la Europa del siglo XVI no disponía de respuestas sencillas. Qué derecho tenía
una potencia a conquistar otros pueblos, qué derechos conservaban sus
habitantes, cuáles eran los límites del poder del vencedor, cuándo podía
considerarse justa una guerra o si existían normas aplicables a las relaciones
entre comunidades políticas diferentes fueron problemas discutidos en España
mientras la expansión se estaba produciendo, no siglos después.
Francisco
de Vitoria y los demás maestros de la Escuela de Salamanca sometieron a examen
algunos de los fundamentos que podían invocarse para justificar el dominio
sobre los pueblos americanos. Vitoria reconoció a los indígenas dominio sobre
sus bienes y organización política propia y discutió los títulos que podían
legitimar la intervención española. A partir de aquellas cuestiones, teólogos y
juristas españoles reflexionaron sobre el derecho de gentes, los límites de la
guerra, la soberanía, la propiedad, el comercio y las relaciones entre pueblos
diferentes.
Sería
excesivo atribuir a España en exclusiva la creación del Derecho Internacional
moderno, resultado de una evolución intelectual mucho más amplia, pero sería
igualmente absurdo borrar de su genealogía a quienes, desde Salamanca,
formularon durante el siglo XVI algunas de las cuestiones que acabarían
formando parte de él.
Existe
incluso una contradicción profundamente reveladora. Una Monarquía que se
encontraba en uno de los momentos de máxima expansión de su poder permitió que
dentro de sus propias universidades se discutiera sobre los límites jurídicos y
morales de ese mismo poder. Mientras unos españoles conquistaban territorios,
otros discutían si tenían derecho a hacerlo; mientras se producían abusos en
América, otros españoles los denunciaban ante la Corona; mientras comenzaba a
formarse un mundo global, juristas y teólogos españoles intentaban determinar
qué reglas debían gobernar las relaciones entre sus pueblos.
Cinco
siglos después, aquella aportación continúa siendo reconocida
internacionalmente. Durante su visita a España en junio de 2026, León XIV
recordó ante las Cortes Generales la trascendencia de la Escuela de Salamanca y
vinculó aquella reflexión con las responsabilidades universales que la
expansión española había colocado ante la Monarquía. Que haya sido necesario
escuchar nuevamente desde una tribuna de semejante relevancia lo que
significaron Salamanca y sus maestros debería servir, al menos, para preguntarnos
cuánto de nuestra propia historia conocen quienes representan hoy a España.
Ni
leyenda negra ni leyenda rosa
Nada de
lo anterior exige idealizar aquella época. La empresa fue realizada por
hombres, no por ángeles. Hubo guerras, violencia, explotación, abusos y
atrocidades; existieron comportamientos individuales y colectivos que hoy
resultan moralmente inaceptables y existió también esclavitud, particularmente de
población africana, cuyo tráfico llegó a ser autorizado y regulado por la
propia Monarquía. Ocultarlo sería falsear la historia. Pero igualmente la
falsearía proyectar esa realidad sobre toda la presencia española en América
hasta presentar a los pueblos indígenas como poblaciones jurídicamente
esclavizadas por España. No fue ése el principio sobre el que se construyó el
orden americano.
Desde
una época sorprendentemente temprana se planteó dentro de la propia Monarquía
qué derechos correspondían a los habitantes originarios de los territorios
incorporados a la Corona y qué límites debían imponerse a conquistadores,
encomenderos y autoridades. Los indígenas fueron reconocidos jurídicamente como
personas libres y vasallos de la Corona. Ese reconocimiento estuvo muy lejos de
garantizar una igualdad efectiva, convivió con sistemas coercitivos de trabajo
y fue innumerables veces vulnerado, pero su existencia resulta esencial para
distinguir entre la naturaleza jurídica del sistema y los abusos cometidos
dentro de él.
Las
Leyes de Burgos de 1512, las Leyes Nuevas de 1542, la legislación indiana
posterior, las audiencias, los juicios de residencia y las normas destinadas a
limitar abusos muestran una Monarquía que intentaba regular la conducta de
quienes ejercían poder a miles de kilómetros del centro político.
Las
leyes no impidieron las injusticias. Hubo quienes las incumplieron, quienes
utilizaron su posición para enriquecerse y quienes cometieron atrocidades;
algunos fueron investigados, sometidos a juicio o sancionados por las propias
instituciones españolas y otros consiguieron eludirlas. La existencia de una
norma nunca demuestra por sí sola el comportamiento de una sociedad, como
tampoco su incumplimiento convierte en inexistente el principio jurídico que
aquella norma establece.
Esta
distinción adquiere especial importancia cuando el modelo español se compara
con otros procesos históricos. España tuvo esclavitud y participó en la trata
africana. Lo que no hizo fue establecer como fundamento jurídico de su dominio
americano la conversión de los pueblos indígenas conquistados en una población
esclava.
En los
Estados Unidos nacidos a finales del siglo XVIII, por ejemplo, la esclavitud
formaba parte del orden jurídico y económico de varios Estados y condicionó
incluso los compromisos sobre los que se construyó la Constitución federal; su
abolición nacional no llegaría hasta 1865. La relación de los Estados Unidos
con los pueblos indígenas seguiría, a su vez, una trayectoria diferente,
marcada por guerras, tratados, desplazamientos, pérdida territorial, reservas y
posteriores políticas de asimilación.
La
comparación no pretende proclamar la superioridad moral de unos pueblos sobre
otros. Sirve para impedir que procesos históricos diferentes sean presentados
como si hubieran sido idénticos.
A
comienzos del siglo XIX encontramos además una expresión particularmente
significativa de aquella concepción transatlántica. La Constitución de Cádiz de
1812 proclamó que «la Nación española es la reunión de todos los españoles de
ambos hemisferios». Aquella afirmación no creó una igualdad moderna ni eliminó
las diferencias jurídicas y sociales existentes, pero demuestra que, cuando la
antigua Monarquía intentaba transformarse en Estado constitucional, la nación
que las Cortes definían no terminaba en las costas de la Península.
Todo
ello permite también situar en su contexto la denominada Leyenda Negra. Las
grandes rivalidades políticas, religiosas y comerciales de la Edad Moderna
convirtieron abusos españoles, muchos de ellos conocidos precisamente porque
habían sido denunciados por los propios españoles, en instrumentos
extraordinariamente eficaces de propaganda contra la Monarquía Hispánica. España
no necesita responder a una leyenda negra construyendo una leyenda rosa. Necesita
conocer su historia. Puede reconocer las injusticias cometidas por hombres de
otra época y sentirse al mismo tiempo legítimamente orgullosa de una obra
histórica de dimensiones extraordinarias. Orgullo no significa superioridad,
del mismo modo que autocrítica no debería significar desprecio hacia uno mismo.
El
problema aparece cuando salimos al mundo
Y aquí
termina la digresión histórica, porque éste no es un artículo de Historia. Si
hemos necesitado recordar todo lo anterior es porque existe una relación
directa entre la conciencia que un país tiene de sí mismo y la manera en que se
comporta ante los demás.
Durante
varios siglos, generaciones de españoles, con una población, unos recursos
materiales y unos medios técnicos que contemplados desde el presente
engrandecen todavía más lo conseguido, fueron capaces de proyectarse sobre una
parte inmensa del planeta, navegar regularmente dos océanos, conectar
continentes, levantar ciudades que continúan existiendo cinco siglos después,
crear instituciones duraderas, participar en la formación de un sistema
económico mundial y contribuir a una reflexión jurídica sobre los derechos de
los pueblos y los límites del poder. No se recuerda todo ello para vivir de una
gloria pasada, sino para contraponer aquella formidable confianza colectiva con
la inseguridad que demasiadas veces manifiesta la España contemporánea cuando
actúa en el exterior.
Resulta
desolador contemplar a representantes políticos españoles que parecen
aproximarse a determinadas relaciones internacionales desde una posición de
inferioridad previa, como si defender con firmeza los intereses nacionales
fuese incompatible con la diplomacia o como si sentirse orgulloso de la propia
historia constituyera una incorrección impropia de una democracia moderna. Esa
actitud ha alcanzado en ocasiones a las más altas instituciones, incluida la
propia Jefatura del Estado, cuya extraordinaria capacidad de representación
internacional debería servir precisamente para transmitir continuidad
histórica, seguridad y confianza en el país que representa.
No se
pide al Rey, al presidente del Gobierno, a un ministro o a un embajador que
recuerden a sus interlocutores lo que España fue hace quinientos años, y mucho
menos que utilicen aquella historia para reclamar una posición de superioridad
que resultaría absurda. Se les pide algo bastante más elemental: que sepan qué
país representan y actúen en consecuencia.
Que
conozcan su historia lo suficiente para no sentirse obligados a disculparse por
ella en su conjunto; que sean capaces de reconocer sus errores sin aceptar
caricaturas; que respeten profundamente a cualquier nación sin confundir
respeto con subordinación y que comprendan que la cortesía diplomática no exige
timidez en la defensa de los intereses españoles.
España
debe tratar con el mismo respeto a cualquier Estado, cualquiera que sea su
tamaño, riqueza o poder, porque la dignidad de las naciones no se mide por su
producto interior bruto. Pero ese respeto debe ser recíproco. Una relación
entre iguales comienza necesariamente por considerarse uno mismo igual.
Quien
representa a una nación que hace cinco siglos mantenía comunicaciones regulares
entre Europa, América y Asia; cuyos navegantes atravesaban los mayores océanos
del planeta; cuya moneda circulaba en mercados situados a miles de kilómetros
de la Península; que levantó ciudades, hospitales y universidades en otros
continentes y que, al mismo tiempo, produjo en Salamanca una reflexión sobre
los derechos de los pueblos y los límites del poder que continúa formando parte
de la historia intelectual de Occidente, no necesita sentirse superior a nadie.
Pero tampoco tiene ninguna razón para sentirse inferior.
La
Hispanidad como política de futuro
Esta
conciencia histórica tiene una consecuencia directa para la política exterior
del siglo XXI. España no conserva un imperio ni debe añorarlo. Conserva algo
potencialmente mucho más útil: una comunidad histórica y cultural formada por
naciones independientes que comparten lengua, innumerables referencias
culturales, vínculos humanos, intereses económicos y una parte sustancial de su
historia.
La
Hispanidad, entendida de este modo, no significa reconstruir ninguna relación
de dependencia ni atribuir a España una posición jerárquica que ya no existe.
México, Argentina, Colombia, Perú, Chile y las demás naciones hispanoamericanas
son Estados soberanos con historias propias y la relación contemporánea sólo
puede construirse entre iguales. Pero igualdad no significa indiferencia hacia
una historia común. La lengua española, la literatura, las universidades, los
intercambios empresariales, las migraciones en ambas direcciones, las
relaciones familiares, la cultura, el patrimonio y las innumerables conexiones
personales existentes entre ambos lados del Atlántico constituyen una red que
numerosos países desearían poseer y que España no debería desperdiciar. A ello
se suma la extraordinaria presencia del español en Estados Unidos y la
capacidad potencial de nuestro país para actuar como vínculo entre Europa,
Hispanoamérica y el espacio norteamericano de lengua española.
Existe
así una paradoja que nuestra política exterior debe resolver. España afirma
querer recuperar influencia en Hispanoamérica mientras una parte de su discurso
público contempla con incomodidad el proceso histórico del que nació
precisamente esa comunidad. No es posible convertir la Hispanidad en un espacio
estratégico si comenzamos considerando su propia existencia como algo de lo que
debemos disculparnos, del mismo modo que sería absurdo pretender reconstruir
las relaciones políticas del siglo XVI. Ni arrepentimiento permanente ni
nostalgia imperial ofrecen una política para el siglo XXI.
Lo que
tenemos ante nosotros es algo diferente: centenares de millones de personas
capaces de comunicarse en una misma lengua, sociedades que comparten una parte
fundamental de su historia y un espacio cultural extendido por varios
continentes. Muy pocos Estados disponen de un activo semejante.
Haber
contribuido decisivamente a una de las primeras grandes globalizaciones de la
historia no concede a la España actual ningún derecho especial sobre otros
pueblos, pero sí le deja una responsabilidad y una oportunidad. La
responsabilidad consiste en conocer y conservar esa herencia sin falsificarla;
la oportunidad, en convertirla en relaciones económicas, universitarias,
científicas, culturales, diplomáticas y humanas capaces de multiplicar nuestra
presencia internacional.
Una
política exterior profesional
Nada de
lo anterior funcionará si la política exterior continúa dependiendo
excesivamente de la improvisación política. España necesita una diplomacia
profesional y una acción exterior organizada en torno a cuatro grandes
capacidades: definición estratégica, ejecución diplomática, diplomacia
económica y protección consular.
El
ministro de Asuntos Exteriores debería ser un diplomático de carrera con
experiencia real en política exterior, conocimiento profundo de Europa y del
espacio atlántico, capacidad negociadora y prestigio profesional. La dirección
del Ministerio necesita continuidad suficiente para que la política exterior no
tenga que comenzar de nuevo cada vez que cambia el Gobierno.
Las
embajadas tampoco deberían limitarse a la representación institucional. Deben
identificar oportunidades económicas, ayudar a las empresas españolas a entrar
en nuevos mercados, detectar barreras regulatorias, atraer inversión y
convertirse en una verdadera red internacional de información económica y
estratégica. Y deben recordar que representar a España significa también
atender, dentro de sus competencias, a los españoles que viven, trabajan o
mantienen intereses legítimos en esos países.
No hablo
solamente desde la teoría. He tenido intereses económicos en un país africano y
conozco personalmente la sensación de abandono que produce acudir, ante un
problema serio, a la representación diplomática de tu propio país y encontrar
indiferencia. No esperaba que la embajada resolviera un problema privado ni que
obtuviera privilegios para mí; esperaba interés, orientación y la sensación
elemental de que detrás de un ciudadano español en el extranjero existe un
Estado dispuesto, al menos, a escucharlo. Mi experiencia fue exactamente la
contraria.
Una
situación semejante no debería depender de la personalidad o diligencia del
embajador de turno. Entre las funciones evaluables de nuestras embajadas debe
figurar también el servicio efectivo que prestan a los ciudadanos,
profesionales y empresas españolas. Defender los intereses económicos legítimos
de nuestros nacionales no desnaturaliza la función diplomática; forma parte de
ella, como demuestra la importancia que otros países europeos conceden desde
hace tiempo a su diplomacia económica. Una buena representación exterior debe
conseguir que un español, aunque tenga que resolver por sí mismo sus problemas
particulares, nunca sienta que su país se ha olvidado de que está allí.
La
política consular requiere, por su parte, digitalización, simplificación y
medios humanos suficientes. Millones de españoles viajan, trabajan, estudian o
residen fuera del país y una administración exterior moderna debe ser capaz de
atenderlos con rapidez cuando realmente la necesitan.
Las
comunidades autónomas, empresas, universidades y otras instituciones pueden y
deben desarrollar relaciones internacionales dentro de sus competencias, pero
la acción exterior del Estado necesita coordinación. España no puede
presentarse ante un mismo interlocutor extranjero mediante estrategias públicas
contradictorias.
Lo
que haría en los primeros cien días
Una
nueva política exterior no debería comenzar escribiendo otro documento
destinado a un cajón. Comenzaría con una auditoría completa del servicio
exterior: embajadas, consulados, organismos económicos, distribución geográfica
de recursos, nombramientos, capacidad consular, diplomacia económica y
presencia en aquellos países que serán estratégicos durante las próximas
décadas.
A continuación,
pondría en marcha un proceso de profesionalización diplomática y revisaría los
nombramientos políticos para garantizar que la representación exterior responda
prioritariamente a criterios de competencia y experiencia, no a criterios de
servilismo político.
Crearía
una coordinación permanente entre Presidencia del Gobierno y Asuntos Exteriores
en la que participasen, según las materias, Economía, Defensa, Interior,
Energía e Industria. La política exterior contemporánea ya no cabe dentro de un
solo ministerio. Durante esos primeros cien días deberían realizarse visitas
estratégicas a Bruselas, Washington, París y Berlín y a los principales países
de Hispanoamérica, reactivando relaciones que necesiten atención política y
definiendo posiciones españolas concretas en energía, industria, fiscalidad,
seguridad y defensa dentro de la Unión Europea. Pondría en marcha un Plan de
Diplomacia Económica, una reforma urgente del sistema consular, un Plan África
y una Estrategia de la Hispanidad.
Y
comenzaría la elaboración de una nueva Ley de Acción Exterior del Estado capaz
de proporcionar continuidad institucional a todo el sistema, acompañada de un
mecanismo de evaluación del servicio exterior que permita saber qué embajadas y
políticas producen resultados, dónde estamos perdiendo influencia y qué debemos
corregir. Porque tampoco aquí basta con diseñar una estrategia. Hay que
comprobar si funciona.
Volvamos
a Ceuta
Después
de este largo recorrido podemos regresar al lugar por el que empezamos. Ceuta
ha puesto delante de nosotros, de manera dramática, varios problemas que
normalmente contemplamos por separado: inmigración, Marruecos, África,
fronteras, seguridad, inteligencia, Unión Europea, diplomacia y capacidad del
Estado para anticiparse. Nuestro mayor error sería resolver la emergencia y
volver después a la normalidad anterior.
Necesitamos
averiguar exactamente qué ocurrió los días 30 y 31 de julio. Debe conocerse qué
información recibió cada organismo, quién la transmitió, qué decisiones se
adoptaron y cuáles no, y por qué. Si hubo errores, deben identificarse. Si
existieron negligencias, deberán determinarse las responsabilidades
correspondientes, no solo políticas, sino penales. Si la magnitud de la crisis
era realmente imprevisible con la información disponible, también debemos ser
capaces de reconocerlo. Y debemos esclarecer, con inteligencia y pruebas y no
mediante consignas partidistas, cuál fue exactamente el comportamiento de
Marruecos. Pero después hay que hacer algo mucho más difícil: aprender.
Reforzar
Ceuta y Melilla. Integrarlas plenamente en la estrategia europea de fronteras y
seguridad. Establecer protocolos que permitan reaccionar a tiempo ante
concentraciones extraordinarias. Mantener con Marruecos una cooperación
estrecha pero basada en reciprocidad. Construir una política africana que vaya
mucho más allá de la inmigración. Recuperar presencia en Hispanoamérica.
Reforzar nuestra posición en Washington, Bruselas y las grandes capitales
europeas. Mirar hacia Asia. Convertir nuestras embajadas en instrumentos de
influencia política y económica. Y proporcionar a nuestra diplomacia una
continuidad que sobreviva a los Gobiernos. Todo ello exige algo que no cuesta
dinero. Necesita saber quiénes somos. España no necesita recuperar la potencia
imperial que fue ni comportarse ante otros países como si todavía lo fuera.
Aquella época terminó y no volverá, pero tampoco necesita presentarse ante el
mundo acomplejada por haberla protagonizado.
Podemos
reconocer nuestros errores históricos sin permitir que ellos definan toda
nuestra historia. Podemos tratar con respeto a Marruecos sin subordinarnos a
Marruecos. Podemos comprometernos con Europa sin esperar que Europa piense por
nosotros. Podemos mantener una alianza estrecha con Estados Unidos sin
renunciar a nuestros propios intereses. Podemos relacionarnos con
Hispanoamérica como naciones iguales sin fingir que cinco siglos de historia
compartida nunca existieron.
La política exterior empieza cuando una nación sabe qué intereses quiere defender, qué puede ofrecer a los demás y qué lugar aspira a ocupar entre ellos.
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