Creemos saber: los límites del conocimiento humano

 

Vista de la Viá Láctea desde la tierra
La Vía Láctea desde la tierra

José Manuel Fernández Outeiral

La historia de la ciencia demuestra que muchas certezas terminan siendo provisionales. Quizá el verdadero conocimiento comience cuando aprendemos a reconocer los límites de lo que creemos saber.

Hace unos días leía un artículo sobre el cambio climático. El texto explicaba cómo algunos de los escenarios más catastróficos utilizados durante años por organismos internacionales habían dejado de considerarse verosímiles. Nada extraordinario. La ciencia revisa continuamente sus hipótesis. Lo sorprendente no era la corrección de los modelos, sino la seguridad con la que muchos habían presentado aquellas predicciones como si fueran certezas indiscutibles.

Y entonces me vino a la mente una idea sencilla:

Creemos saber.

No digo que no sepamos nada. Sería absurdo. La humanidad ha alcanzado un nivel de conocimiento extraordinario. Hemos secuenciado el genoma humano, enviado sondas a los confines del sistema solar, descubierto partículas subatómicas inimaginables hace apenas un siglo y construido máquinas capaces de realizar miles de millones de operaciones por segundo.

Pero, aun así, seguimos creyendo saber más de lo que realmente sabemos.

Probablemente sea una consecuencia inevitable de nuestra condición humana. Necesitamos mapas para orientarnos. Necesitamos explicaciones para vivir. Sin embargo, con demasiada frecuencia terminamos confundiendo el mapa con el territorio.

La historia de la ciencia es también la historia de nuestras rectificaciones.

Durante siglos creímos que la Tierra era el centro del universo. Después descubrimos que giraba alrededor del Sol. Más tarde comprendimos que nuestro Sol era una estrella más entre cientos de miles de millones. Luego supimos que nuestra galaxia tampoco era especial. Y hoy observamos un universo tan inmenso que la imaginación apenas puede abarcarlo.

Y, sin embargo, todavía ignoramos qué es realmente la conciencia. Ignoramos la naturaleza última de la materia oscura y de la energía oscura. Desconocemos el origen profundo de la vida. No sabemos si estamos solos en el universo. Ni siquiera comprendemos plenamente aquello que llamamos tiempo.

A medida que la ciencia avanza, el horizonte del misterio parece alejarse.

Quizás por eso me gusta tanto este antiguo aforismo oriental: cuenta la historia de varios hombres ciegos que intentan describir un elefante. Uno toca una pata y afirma que el elefante es como una columna. Otro toca la trompa y asegura que es como una serpiente. Un tercero toca una oreja y lo compara con un abanico. Otro más toca el costado y concluye que es una pared.

Todos tienen razón. Y todos están equivocados. Cada uno describe una parte real del elefante, pero ninguno contempla el conjunto.

¿No sucede algo parecido con nosotros?

El físico estudia las partículas. El químico las moléculas. El biólogo las células. El neurólogo el cerebro. El psicólogo la mente. El sociólogo las sociedades. El economista los mercados. El filósofo las ideas. El místico la conciencia.

Cada uno observa un fragmento legítimo de la realidad.

Pero el conjunto continúa escapándose.

Quizá esta reflexión no habría arraigado en mí con tanta fuerza de no ser por una experiencia personal que comenzó hace ya casi diez años.

Cuando me acerqué por primera vez al Biomagnetismo Médico y a la Bioenergética lo hice con curiosidad, pero también con prudencia. Mi formación técnica y muchos años dedicados a la profesión me habían acostumbrado a desconfiar de las conclusiones precipitadas y a buscar siempre explicaciones razonables para los fenómenos observados.

Durante bastante tiempo me costó hablar públicamente de estas experiencias. No porque dudase de mi honestidad, sino porque me preguntaba si todo aquello podría ser simplemente una construcción mental compartida por quienes participábamos en la terapia. Después de todo, la historia está llena de creencias sinceras que terminaron siendo erróneas.

Sin embargo, los años fueron pasando y la experiencia acumulada comenzó a pesar más que mis prejuicios iniciales.

Observé una y otra vez respuestas musculares reproducibles ante personas muy distintas. Las observaban familiares, acompañantes y personas completamente ajenas a la terapia, muchas de ellas sin conocimientos previos y algunas incluso con una actitud inicialmente escéptica. Aquellas respuestas no dependían exclusivamente de mi interpretación ni de la del consultante. Estaban ahí, delante de cualquiera que quisiera observarlas con atención.

Más importante aún fue comprobar cómo muchas personas experimentaban mejoras reales en aspectos relacionados con su salud y bienestar. No siempre. No en todos los casos. Ningún método humano posee semejante perfección. Pero sí con una frecuencia suficiente para obligarme a replantear mis antiguas convicciones sobre lo que consideraba posible o imposible.

¿Comprendo completamente lo que sucede? No.

¿Poseo una explicación definitiva? Tampoco.

Y precisamente por eso la experiencia me enseñó una lección que considero mucho más valiosa que cualquier teoría: la ausencia de explicación no equivale necesariamente a la inexistencia del fenómeno.

Durante siglos la humanidad observó la gravedad antes de comprenderla, utilizó el magnetismo antes de explicarlo y navegó guiándose por las estrellas mucho antes de conocer la estructura del universo.

Primero llegó la observación. Después llegaron las teorías.

Aquellos años me enseñaron a ser más prudente con las afirmaciones categóricas, especialmente cuando proceden de quienes creen conocer todos los límites de la realidad. La experiencia me demostró que existen más cosas entre el cielo y la tierra de las que caben cómodamente en nuestras explicaciones actuales.

Y quizá esa misma humildad sea necesaria en muchos otros ámbitos del conocimiento humano.

No escribo estas líneas para criticar a la ciencia. Todo lo contrario. La ciencia constituye uno de los mayores logros de la humanidad. Gracias a ella vivimos más años, comprendemos mejor la naturaleza y disfrutamos de avances que nuestros antepasados habrían considerado milagrosos.

Lo que cuestiono es otra cosa: la tentación de convertir nuestras teorías provisionales en verdades absolutas.

La verdadera ciencia no nace de la arrogancia intelectual, sino de la duda.

Cada descubrimiento auténtico comienza con alguien que se atreve a decir:

—Quizás no sea exactamente como creemos.

Esa actitud de humildad resulta especialmente necesaria en nuestra época. Vivimos rodeados de expertos, estadísticas, algoritmos y opiniones instantáneas. Todos parecen tener respuestas para todo. Pocos reconocen la magnitud de lo desconocido.

Tal vez deberíamos recuperar una virtud antigua: el asombro.

Habitamos una pequeña roca de apenas doce mil kilómetros de diámetro que gira alrededor de una estrella ordinaria situada en uno de los brazos periféricos de una galaxia entre cientos de miles de millones de galaxias. Y aun de ese universo visible apenas comprendemos una pequeña fracción.

O tal vez ni siquiera eso.

Tal vez habitamos una representación construida por nuestra conciencia; una interpretación parcial de una realidad cuya naturaleza última desconocemos. Vemos colores que no existen fuera de nuestra percepción, escuchamos sonidos que son vibraciones traducidas por el cerebro y vivimos inmersos en una experiencia del mundo participada constantemente por nuestros sentidos y nuestra mente.

¿Qué es entonces la realidad? ¿La materia que creemos observar o la conciencia que la observa? ¿Existe el universo independientemente de nosotros o participamos, de algún modo todavía incomprendido, en su construcción?

Nadie lo sabe con certeza.

Después de siglos de ciencia, filosofía y religión, seguimos contemplando el mismo misterio fundamental desde diferentes ángulos, como aquellos ciegos del antiguo aforismo oriental que intentaban describir un elefante tocando únicamente una de sus partes. Cada uno poseía una parte de la verdad, pero ninguno la totalidad.

Quizá por eso la humildad sea la forma más elevada de inteligencia. Porque cuanto más lejos alcanza nuestra mirada, más evidente resulta la inmensidad de lo desconocido.

Puede que la sabiduría no consista en acumular certezas, sino en aprender a convivir serenamente con el misterio.

Somos habitantes temporales de un mundo diminuto suspendido en la inmensidad. O quizá de un sueño que la conciencia utiliza para conocerse a sí misma.

Cuanto más observo la vida, más me convenzo de que el conocimiento humano es una hermosa aproximación, siempre incompleta, a una realidad que nos supera, miremos donde miremos.

Por ello, frente a tantas afirmaciones rotundas, prefiero una frase más sencilla y más honesta:

Creemos saber.

Y seguimos aprendiendo.

Si deseas profundizar...

Las ideas desarrolladas en este artículo forman parte de una reflexión más amplia sobre la evolución de la conciencia, la historia de las civilizaciones y los desafíos del siglo XXI, recogida en mi ensayo La gran encrucijada del siglo XXI: La evolución de la conciencia y el destino de nuestra civilización.

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