Más allá de los imanes: Biomagnetismo, conciencia y misterio
José Manuel Fernández Outeiral
Hay preguntas que aparecen una vez y nunca más vuelven. Otras regresan una y otra vez, durante años, hasta que terminan convirtiéndose en compañeras inseparables del camino.
Desde que conocí el Par Biomagnético, una de esas
preguntas no ha dejado de acompañarme.
¿Qué es realmente lo que ocurre durante una
consulta?
Al principio creí, como tantos otros, que la
respuesta estaba en los imanes. Parecía lógico. Los campos magnéticos actuaban
sobre determinados puntos del organismo, modificaban estados energéticos
específicos y producían cambios observables en el consultante. El modelo
resultaba coherente y suficiente.
Sin embargo, la experiencia tiene la costumbre de
erosionar las certezas demasiado simples.
A medida que pasaban los años y aumentaba el número
de personas atendidas, comenzaron a surgir observaciones difíciles de encajar
en una explicación exclusivamente física del fenómeno. Observaciones que no
podían ser ignoradas porque aparecían una y otra vez, como esas pequeñas
anomalías que, al principio, parecen irrelevantes y que terminan obligándonos a
replantear todo un paradigma.
La primera de ellas fue comprobar que los resultados
mejoraban con la experiencia.
No me refiero únicamente al aprendizaje técnico. No
hablo de conocer más pares, más protocolos o más procedimientos de rastreo.
Hablo de algo más difícil de definir. Algo que parece crecer silenciosamente
con los años de práctica. Dos terapeutas pueden utilizar los mismos imanes,
aplicar los mismos conocimientos y seguir exactamente el mismo protocolo. Y,
sin embargo, los resultados no siempre son los mismos.
¿Por qué?
La pregunta permanece abierta.
Pero fue la experiencia acumulada en las consultas a
distancia la que terminó por transformar aquella duda inicial en un
interrogante mucho más profundo.
Durante años he realizado cientos de rastreos y
armonizaciones sin presencia física del consultante. Personas separadas por
cientos o miles de kilómetros. Personas a las que nunca había visto
personalmente. Personas que, en muchos casos, vivían en otros países y
continentes.
Y, sin embargo, una y otra vez, los resultados
aparecían. No siempre. No de forma absoluta. No como una ley matemática. Pero
sí con una frecuencia suficiente como para impedirme mirar hacia otro lado.
Cada vez que esto ocurría, la misma pregunta
regresaba.
¿Qué es realmente lo que estamos haciendo?
Si el fenómeno dependiera exclusivamente de la
acción física de los imanes sobre los tejidos, ¿cómo explicar aquello que
sucede cuando no hay contacto físico alguno?
Durante mucho tiempo busqué respuestas en los
libros, en la fisiología, en la física, en la biología y en la experiencia de
otros terapeutas. Y cuanto más buscaba, más evidente se hacía algo que suele
incomodarnos profundamente: sabemos mucho menos de lo que creemos.
Quizá el problema no sea que nos falten respuestas,
sino que todavía no hemos formulado correctamente las preguntas, porque cuando
observamos la Naturaleza con atención descubrimos que está llena de fenómenos
que desafían nuestra comprensión intuitiva.
Pensemos en una colonia de hormigas.
Cada hormiga parece una criatura insignificante.
Apenas una diminuta chispa de vida moviéndose entre millones de semejantes. Sin
embargo, cuando contemplamos el hormiguero en su conjunto, comenzamos a
percibir algo extraordinario. La colonia actúa como un único organismo.
Millones de individuos coordinan sus acciones sin necesidad de un director
visible. Construyen, defienden, alimentan, exploran y sobreviven como si
compartieran una inteligencia común.
La hormiga individual parece ignorar el plan
completo. Solo realiza su pequeña tarea. Sin embargo, el conjunto funciona con
una coherencia que trasciende a cada uno de sus miembros.
Algunos investigadores han señalado además fenómenos
difíciles de interpretar desde una visión puramente mecanicista. Una colonia
puede seguir funcionando con normalidad, aunque la reina haya sido trasladada
muy lejos de su ubicación original. Mientras permanece viva, el hormiguero
conserva durante largos períodos su organización característica. Cuando
desaparece, comienzan a manifestarse alteraciones profundas en el comportamiento
colectivo. Más allá de la explicación biológica concreta, estos hechos invitan
a reflexionar sobre la existencia de niveles de organización e interconexión
que todavía no comprendemos plenamente.
Algo parecido ocurre con las abejas, con los
cardúmenes, con las bandadas de estorninos que transforman el cielo del
atardecer en una danza viva donde miles de aves giran simultáneamente como si
obedecieran a una sola voluntad.
Observamos estos fenómenos y los describimos con
modelos matemáticos, reglas locales y sistemas complejos. Pero la sensación de
misterio permanece intacta.
Porque, en el fondo, seguimos sin comprender
plenamente cómo emerge el orden a partir de millones de individuos
aparentemente independientes.
Y entonces surge una pregunta todavía más
inquietante.
¿Qué ocurriría si los seres humanos formáramos parte
de una realidad semejante?
¿Qué ocurriría si nuestra conciencia individual
fuese tan solo una expresión parcial de una conciencia más amplia?
Los místicos afirmaron haber experimentado
directamente esa unidad fundamental que subyace bajo la diversidad de las
formas. Los filósofos la llamaron el Uno; las grandes religiones, Dios; otros
prefirieron hablar de la Mente Universal, del Absoluto o de la Conciencia
Cósmica.
La ciencia moderna, por su parte, ha comenzado a
descubrir un universo mucho más interconectado de lo que jamás sospechamos.
Redes biológicas, sistemas emergentes, campos de información, fenómenos
colectivos y estructuras de una complejidad difícil de imaginar hace apenas
unas décadas.
Sin embargo, cuanto más avanza la ciencia, más
evidente parece resultar la inmensidad de lo que todavía desconocemos. Los
modelos cosmológicos actuales sugieren que la materia ordinaria, aquella de la
que están hechas las estrellas, los planetas y nuestros propios cuerpos,
representa apenas una pequeña fracción del universo. Aproximadamente el noventa
y cinco por ciento de su contenido sigue siendo un misterio bajo las
denominaciones provisionales de “materia oscura” y “energía oscura”. Incluso
dentro de esa pequeña porción que comenzamos a comprender, el viaje hacia las
profundidades de la materia parece no tener fin. Primero descubrimos los
átomos, después los electrones, protones y neutrones; más tarde los quarks, los
leptones y un conjunto creciente de partículas y campos cuya complejidad habría
parecido inimaginable hace apenas un siglo. Y, sin embargo, seguimos sin saber
qué es realmente la conciencia ni cuál es la naturaleza última de la realidad.
A veces me pregunto si algunas intuiciones de las
antiguas tradiciones orientales no apuntaban, utilizando un lenguaje diferente,
hacia aspectos de la realidad que apenas comenzamos a explorar. Durante
milenios hablaron del Prana, de una energía universal presente en toda forma de
vida y en todo fenómeno de la Naturaleza. No afirmo que el Prana y los
conceptos de la física moderna sean equivalentes, ni que la ciencia haya
demostrado semejante relación. Pero sí me resulta fascinante comprobar cómo,
mientras la investigación científica continúa profundizando en los fundamentos
invisibles del universo, resurgen preguntas que han acompañado al ser humano
desde los albores de la civilización.
Tampoco afirmaré que estas ideas expliquen el Par
Biomagnético. Lo que afirmo es algo mucho más sencillo: que la realidad es más
profunda de lo que nuestras teorías actuales alcanzan a describir.
Puede que los imanes sean una herramienta
extraordinariamente útil para interactuar con determinados procesos del
organismo. Que lo que hemos denominado bioenergética nos permita acceder a
niveles de información todavía insuficientemente comprendidos y que la
intención desempeñe un papel mucho más importante de lo que estamos dispuestos
a reconocer. Tal vez la consulta sea algo más que una simple interacción entre
un terapeuta y un consultante.
Hay algo que he aprendido después de muchos años de
trabajo: cuando una persona se sienta frente a nosotros buscando ayuda, o nos
la solicita por cualquier medio, rara vez está pidiendo únicamente alivio para
un síntoma. Lo que busca, en el fondo, es recuperar una armonía perdida. Algo
que no siempre sabe nombrar. Algo que trasciende el dolor físico y alcanza
regiones más profundas de la existencia.
Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero
misterio. Cuanto más observo, más difícil me resulta creer que la enfermedad
sea únicamente un problema químico o biológico. Del mismo modo que me resulta
cada vez más difícil creer que la curación sea exclusivamente un proceso
físico.
Hay algo más. Algo que parece surgir cuando la
esperanza reemplaza al miedo, cuando la confianza ocupa el lugar de la
incertidumbre y cuando terapeuta y consultante comparten una intención sincera
orientada hacia el bien. No sé cómo llamarlo. Quizá sea conciencia. Quizá
información. Quizá aquello que los antiguos llamaban espíritu. O quizá una
dimensión de la realidad que todavía escapa a nuestros instrumentos y teorías.
Lo único que sé es que su presencia se deja sentir una y otra vez en la
experiencia terapéutica. Por eso, cuanto más avanzo en este camino, menos veo
el Par Biomagnético como una técnica y más como una puerta. Una puerta que no
conduce a respuestas definitivas, sino a preguntas cada vez más profundas sobre
quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el misterio de la vida.
Al final, todas estas reflexiones terminan
conduciéndome a las mismas preguntas que han acompañado gran parte de mi vida y
que aparecen, de una u otra forma, en la mayoría de mis libros. ¿Quiénes somos
realmente? ¿Qué es la conciencia? ¿De dónde venimos y hacia dónde nos
dirigimos? ¿Por qué podemos influir unos sobre otros de maneras que parecen
superar los límites ordinarios de nuestros sentidos? ¿Existe una inteligencia
subyacente que conecta toda forma de vida y da unidad a la extraordinaria
diversidad del universo?
Estas cuestiones atraviesan obras como Peregrinos
de la Eternidad, Dios Existe, La unidad esencial de todas las
religiones, Lo que la Ciencia olvidó o La Sabiduría que
transforma. En todas ellas aparece, bajo distintos lenguajes y
perspectivas, una misma intuición: que el ser humano es mucho más de lo que
percibe de sí mismo y que la conciencia ocupa un lugar central en el misterio
de la existencia.
Con el paso de los años he llegado además a una
convicción profundamente personal. No puedo demostrarla en un laboratorio ni
presentarla como una certeza científica, pero sí reconocerla como el horizonte
hacia el que apuntan mis reflexiones. Empiezo a sospechar que los grandes
maestros espirituales de la humanidad no estaban formulando únicamente
principios morales, sino describiendo una realidad profunda de la existencia.
Cuando Jesús enseñaba: «Amaos los unos a los otros» o «Amarás al prójimo como a
ti mismo», y cuando Buda hablaba de la compasión universal hacia todos los
seres, quizá estaban señalando una misma verdad fundamental: que la separación
que percibimos entre nosotros es real en el plano de las formas, pero
incompleta en el plano de la conciencia. Quizá somos individuos distintos, del
mismo modo que las células de un organismo son diferentes entre sí, pero
participamos de una realidad más amplia que nos contiene y nos une. Si esto
fuera cierto, el amor dejaría de ser simplemente una virtud admirable para
convertirse en una consecuencia natural del conocimiento. Amar al otro sería
reconocer, aunque solo fuera intuitivamente, que en lo más profundo no está
separado de nosotros. Tal vez por eso las grandes tradiciones espirituales,
separadas por siglos y continentes, terminan confluyendo una y otra vez en la
misma dirección.
Tal vez sea también esa la explicación de una
experiencia que me ha acompañado durante los últimos años y que nunca he
conseguido atribuir únicamente a razones profesionales o de satisfacción
personal. Cada vez que realizo una consulta o un rastreo con la sincera
intención de ayudar a otra persona, experimento una profunda sensación de
satisfacción interior. No hablo de reconocimiento, porque en muchos casos se
trata de personas a las que nunca he visto personalmente, a las que
probablemente nunca conoceré y con las que, una vez finalizada la consulta, es
posible que no vuelva a tener contacto alguno. Sin embargo, la sensación
permanece. Como si al ayudar a otro estuviera participando, aunque solo fuera por
un instante, en algo más grande que ambos. Si la separación entre los seres
humanos fuese absoluta, esa satisfacción resultaría difícil de explicar. Pero
si todos formáramos parte de una realidad común más profunda, entonces cada
acto de ayuda, de comprensión o de servicio sería también una forma de
armonizar el conjunto al que pertenecemos. Quizá por eso el amor, la compasión
y el deseo sincero de aliviar el sufrimiento ajeno producen una satisfacción
tan íntima y tan difícil de describir. No porque ayudemos para obtener esa
satisfacción, sino porque esta aparece espontáneamente cuando actuamos en
armonía con algo profundo de nuestra propia naturaleza. Del mismo modo que una
célula sana contribuye al bienestar del organismo al que pertenece sin esperar
recompensa alguna, tal vez el ser humano experimente esa silenciosa alegría
cuando sus pensamientos y acciones favorecen el bienestar de otros. Si todos
participáramos de una realidad común más profunda, ayudar al prójimo no sería
únicamente un acto de generosidad, sino también una expresión natural de
nuestra verdadera condición.
Tal vez nunca encontremos respuestas definitivas.
Tal vez el propio misterio forme parte de la respuesta. Pero si algo me han
enseñado los años de práctica es que cada consulta, cada rastreo y cada
armonización constituyen mucho más que un procedimiento terapéutico. Son una
oportunidad para asomarse, aunque solo sea durante unos instantes, a esa
realidad más amplia de la que formamos parte. Como las hormigas de una colonia
que ignoran la totalidad a la que pertenecen o como las células de un organismo
incapaces de comprender plenamente el ser que ayudan a sostener, nosotros
vivimos conscientes de nuestra individualidad y, al mismo tiempo, profundamente
vinculados a algo infinitamente mayor.
Y quizá sea precisamente ahí, en esa frontera difusa
entre el conocimiento y el asombro, entre la experiencia y el misterio, donde
se encuentre no solo el verdadero corazón del Par Biomagnético, sino también el
hilo conductor de toda mi búsqueda como persona, terapeuta, investigador y comunicador.
Porque, al final, más allá de los imanes, de los pares y de las técnicas, la
pregunta sigue siendo la misma que acompaña a la humanidad desde el principio
de los tiempos: quiénes somos, cuál es nuestro lugar en el universo y qué
relación nos une con esa realidad mayor de la que formamos parte, aunque apenas
lleguemos a percibirla.

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