La civilización y su sombra: el caso Epstein y la crisis ética del poder
José Manuel Fernández Outeiral
Poder, impunidad y crisis ética en la sociedad
contemporánea
Cuando el poder y la impunidad se juntan, la palabra
civilización empieza a tambalearse. Hay momentos en los que un nombre propio
deja de ser solo un nombre y se convierte en símbolo: no por lo que hizo un
individuo, sino por lo que revela del sistema que lo rodeó. El llamado “caso
Epstein” pertenece a esa categoría. No solo inquieta el escándalo en sí, sino la
sospecha de que, tras las fachadas del prestigio y la influencia, puede
ocultarse una sombra que desmiente nuestra idea de progreso.
Lo verdaderamente perturbador no es la existencia de un
depredador —la historia humana siempre los ha tenido—, sino la red de
respetabilidad que lo rodea. Cuando figuras influyentes, dirigentes o
referentes públicos aparecen vinculados —aunque sea por proximidad persistente—
a entornos donde ocurrieron hechos moralmente aberrantes, la cuestión deja de
ser individual y se vuelve sistémica. No se resquebraja solo una reputación; se
resquebraja la confianza en las estructuras que sostienen la vida pública.
Progreso material y estancamiento moral
Durante siglos hemos repetido que somos más avanzados que
nuestros antepasados. Tenemos tecnología, derechos humanos codificados,
instituciones internacionales, sistemas judiciales complejos, una red
informativa global. Nos consideramos herederos de una evolución ética. Y, sin
embargo, cuando emergen casos de abuso sistemático vinculados a círculos de
poder, la pregunta surge inevitable: ¿cuánto hemos evolucionado realmente?
Si miramos la historia con honestidad, descubrimos que la
corrupción, la explotación y el abuso no son anomalías modernas. En la Roma
imperial existían redes de dominación y perversión amparadas por el poder. En
cortes medievales y renacentistas se ocultaban escándalos similares bajo capas
de protocolo y religión. En la época colonial el tráfico humano fue
estructural. En el siglo XX, dictaduras y sistemas ideológicos encubrieron
horrores durante décadas. La diferencia no es la existencia del mal; es su visibilidad.
Hoy todo deja rastro. Documentos digitales, vuelos
registrados, correos electrónicos, procesos judiciales desclasificados. La
huella tecnológica hace que aquello que antes se desvanecía en el silencio
ahora permanezca archivado. Quizá no vivimos una época más corrupta que otras;
vivimos una época más documentada. Y eso genera una sensación de desgarro más
intensa.
La distancia entre poder y conciencia
Lo que realmente inquieta es la distancia entre apariencia y
realidad. La civilización es una capa. Bajo ella continúan operando fuerzas
antiguas: deseo desmedido, ansia de poder, narcisismo, dominio, impunidad.
Hemos desarrollado herramientas sofisticadas, pero la conciencia moral no
siempre ha crecido al mismo ritmo. La tecnología avanza más rápido que el alma.
Y cuando el poder tecnológico y económico supera el desarrollo ético de quienes
lo ejercen, la impunidad deja de ser una excepción y se convierte en riesgo
estructural.
Esto produce una discordancia peligrosa: sociedades
técnicamente avanzadas sostenidas por individuos que no han trascendido sus
impulsos más primarios. Y cuando el poder se concentra en manos de quienes no
han integrado una ética interior sólida, el daño se amplifica.
Decadencia o despertar: la encrucijada moral
Sin embargo, sería un error caer en la conclusión de que
todo está podrido o que el sistema entero es una maquinaria conspirativa
homogénea. La historia también muestra algo distinto: siempre ha habido abusos,
pero también ha habido denuncia; siempre ha habido corrupción, pero también
conciencia que despierta. El hecho de que estos casos salgan a la luz no es
solo síntoma de decadencia; también es señal de que la ocultación ya no es tan
fácil como antes.
Quizá la verdadera pregunta no sea si somos civilizados,
sino qué entendemos por civilización. Si la medimos por infraestructuras, sí lo
somos. Si la medimos por dominio de las pasiones inferiores, la respuesta es
menos clara. La verdadera civilización no consiste en rascacielos ni en redes
globales, sino en la capacidad, al menos, de someter el ego a principios éticos
estables.
El caso que nos conmueve no es únicamente un proceso
judicial. Es un espejo incómodo. Nos obliga a mirar la fragilidad de nuestras
instituciones, la tentación de impunidad que acompaña al poder y la distancia
entre discurso público y conducta privada. Nos recuerda que el progreso
exterior no garantiza madurez interior. Pueden tener más dinero que nadie y
pretender dar clases de moral al mundo entero, pero la realidad es más
tenebrosa.
Y, sin embargo, en medio de esa inquietud, hay también una
luz. Nunca antes tantas víctimas pudieron hablar. Nunca antes la información
circuló con tal amplitud. Nunca antes la opinión pública tuvo tanta capacidad
de escrutinio. Eso también forma parte de la civilización.
Vivimos en una etapa de transición moral. La capa exterior
se ha refinado; el trabajo interior aún está en proceso. La historia humana no
es una línea recta de perfección, sino una tensión constante entre sombra y
conciencia. Lo que hoy nos estremece no es la existencia del mal, sino la
constatación de que sigue habitando allí donde creíamos haberlo superado.
Tal vez el verdadero avance no consista en negar esa sombra,
sino en reconocerla con serenidad y firmeza. Sin ingenuidad. Sin histeria. Sin
desesperación.
La civilización es una obra en construcción permanente, y no
debemos medirla por la sofisticación del poder, sino por los límites que impone
a ese poder. Cuando esos límites se diluyen, lo que queda no es progreso, sino
barniz.
Si Pitágoras, Platón y Aristóteles observaran nuestra
política actual —y lo que este caso revela— probablemente no se sorprenderían
por el escándalo en sí, sino por la fragilidad del carácter en quienes
concentran poder.
Pitágoras recordaría que no puede haber armonía social
cuando el alma del gobernante permanece desordenada. Platón advertiría que
cuando el deseo domina a la razón, la polis degenera inevitablemente.
Aristóteles señalaría que toda comunidad política se sostiene en la virtud
cívica y en el equilibrio, y que cuando la riqueza y la influencia se
concentran sin contrapeso moral, la estabilidad se resiente.
Nada de esto es nuevo. Lo sabemos desde hace más de dos
milenios. La pregunta no es si la teoría política ha fracasado, sino si hemos
dejado de formar carácter al mismo ritmo que acumulamos poder.
Quizá el verdadero escándalo no sea un nombre propio, sino
nuestra persistente incapacidad para integrar las lecciones que la historia nos
ofrece.
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