La vida no es un lugar, es un estado
José Manuel Fernández Outeiral
Tal vez esto no sea un lugar, sino un estado de la mente. Hemos pasado siglos imaginando la eternidad como geografía, el cielo arriba, el infierno abajo, el más allá un destino. Hemos pensado la salvación como viaje y la muerte como desplazamiento. Pero quizá el error siempre estuvo en nuestra forma de pensar, acostumbrada a organizarlo todo en coordenadas espaciales. El espacio es útil para mover el cuerpo, pero puede ser engañoso cuando intentamos comprender el alma. Tal vez no estamos en un universo material independiente de Dios, sino dentro de una Conciencia infinita que se expresa. Tal vez no vivimos en un lugar, sino en un acto permanente de pensamiento divino.
Cuando Shakespeare creó a Hamlet o Cervantes dio forma a Don
Quijote, no fabricaron cuerpos de carne, sino estructuras vivas en la mente.
Cinco siglos después, esos personajes siguen emocionándonos, siguen
enseñándonos, siguen existiendo en la conciencia colectiva. No son reales en el
sentido material, pero tampoco son nada. Existen como formas mentales con
coherencia, con identidad, con historia. Ahora imaginemos una Mente infinita
cuya capacidad creadora no se agota. Si nosotros fuéramos algo semejante a personajes
conscientes dentro de esa Mente, no seríamos ilusiones desechables, sino
expresiones vivas de una inteligencia que se experimenta a sí misma. No
estaríamos “fuera” de Dios, como algo separado, sino dentro de su propio acto
de conciencia.
La condición septenaria del ser humano
La condición septenaria del ser humano ilumina esta
posibilidad. No somos únicamente cuerpo y cerebro; somos una estructura de
niveles de conciencia, desde lo más denso hasta lo más sutil. El cerebro sirve
para “andar por casa”, para orientarnos en este plano concreto, para traducir
la experiencia a impulsos eléctricos y palabras. Pero la conciencia no nace del
tejido neuronal como la bilis del hígado. El cerebro es instrumento, nexo,
vehículo. La conciencia es más amplia, más antigua, acumulativa. Si fuera
producto exclusivo de la materia, cada nacimiento sería un comienzo absoluto. Y,
sin embargo, no nacemos vacíos. La mente no es una tabula rasa
total. El aprendizaje mismo exige estructura previa. Un niño trae
inclinaciones, temperamento, capacidades que no pueden explicarse solo por
estímulos recibidos después del parto. Mozart, con su capacidad prodigiosa para componer, con tan solo 5 años, obras que asombraban a los eruditos, es un ejemplo. El
pato incubado por una gallina no necesita lecciones para lanzarse al agua; la
gallina se desespera creyendo que se ahogará, pero no es polluelo, es pato. Hay
memoria estructural, hay programación profunda, hay acervo.
Para quien desee comprender con mayor detalle esta
arquitectura interna del ser humano, he desarrollado esta visión con mayor
profundidad en Lo que la Ciencia olvidó, donde se expone cómo los
distintos niveles de conciencia interactúan y se manifiestan en la experiencia
humana, más allá de la mera biología.
No nacemos de cero
No hablo necesariamente de recuerdos narrativos, sino de
continuidad de conciencia. Lo que acumulamos no siempre se conserva como
historia consciente, pero sí como tendencia, como talento, como resonancia. Si
aceptamos que la conciencia es anterior y más amplia que el cerebro, entonces
el nacimiento no sería creación desde la nada, sino delimitación de una porción
de conciencia dentro de una nueva forma.
El globo y el océano
Somos como globos de agua que emergen del océano. Parecen
separados, tienen contorno propio, pueden decir “yo”, pero su sustancia es
idéntica al océano del que proceden. El límite es una membrana, no una
diferencia esencial. Cuando el globo se rompe, desde el punto de vista de la
forma parece desaparición; desde el punto de vista del agua es integración.
Nada se pierde, nada se destruye, solo desaparece el límite.
La tradición espiritual que afirma la unidad subyacente de
todas las formas ha sido tratada extensamente en La unidad esencial de todas las religiones, donde se muestra cómo distintas culturas han intuido esta
misma verdad bajo lenguajes simbólicos diferentes.
La opción más coherente no es la aniquilación ni la fusión
que borra toda identidad, sino la integración superior. La individualidad no es
accidente ni error, es expresión necesaria. La Mente divina no se fragmenta al
manifestarse; se diversifica para experimentarse. Cada conciencia individual
sería un centro de experiencia dentro de una Unidad mayor. La muerte no sería
un viaje hacia un lugar remoto, sino un cambio de estado dentro de la misma
Mente que siempre nos contiene. No salimos de ella al nacer, no regresamos a
ella al morir; nunca estuvimos fuera.
Algo semejante ocurre con el agua. Puede ser hielo, líquido
o vapor; puede adoptar forma sólida, fluir libremente o volverse invisible en
el aire, y sin embargo no deja de ser H₂O. Lo que cambia es el estado, no la
esencia. Del mismo modo, lo que llamamos muerte podría ser simplemente una
modificación de estado en la conciencia: la disolución de una forma sin pérdida
de la sustancia que la animaba.
Una esperanza sin imposición
No escribo esto para convencer a quien no lo sienta. Las
pruebas materiales no satisfarán a quien exige que lo espiritual se comporte
como objeto físico. Tampoco pretendo cerrar el debate científico sobre la
continuidad de la conciencia. Hay investigaciones sugestivas, hay preguntas
abiertas, hay fenómenos difíciles de encajar en el materialismo estricto. Pero
mi intención no es ganar una discusión, sino ofrecer esperanza. Si la
conciencia es acumulado de vidas, si no nacemos de cero, si la muerte no es extinción
sino transformación de estado, entonces nadie se pierde en la nada. Nadie es un
accidente condenado al olvido. Somos experiencia consciente dentro de una Mente
que no puede olvidarse a sí misma.
Cuando la forma se disuelve, no nos desplazamos a ningún
sitio. No atravesamos un espacio cósmico hacia coordenadas celestiales.
Cambiamos de estado. Como el agua que deja de estar delimitada por una
membrana, la conciencia deja de estar condicionada por un cerebro concreto. Lo
que llamamos eternidad no es duración infinita en el tiempo, sino profundidad
sin límite en la conciencia. No es un lugar. Es un estado de la Mente divina.
Quien necesite fe puede apoyarse en esta imagen; quien
necesite esperanza puede descansar en ella. La sabiduría que nos transforma no llega por imposición ni por argumento cerrado; llega cuando la conciencia está
preparada para reconocer lo que siempre ha sido. Y cuando ese reconocimiento
ocurre, el miedo pierde fuerza, porque comprendemos que nunca fuimos solo el
globo que teme romperse. Siempre fuimos el océano que sostiene todas las
formas.

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