Cartas de los Mahatmas: Prólogo
PRÓLOGO
Unas cartas escritas hace casi siglo
y medio
Mi formación religiosa fue la
del catolicismo apostólico y romano, como la de tantos españoles de mi
generación. También fui seminarista. Aquella educación marcó buena parte de mi
vida: mis primeras creencias, mi manera de comprender el bien y el mal, mis
preguntas sobre Dios y sobre lo que nos espera después de la muerte.
Durante la infancia y la
pubertad acepté las explicaciones que recibía, pero en los primeros años de la
vida adulta esa aceptación fue dando paso al escepticismo: mis preguntas habían
cambiado y necesitaba comprender lo que antes había admitido por confianza,
mientras que las respuestas seguían siendo, en gran medida, las mismas. Lo que
había sido válido para mí en la catequesis ya no bastaba al alcanzar la mayoría
de edad, y me costaba escuchar a sacerdotes que continuaban predicando a los
adultos con explicaciones infantiles, como si las dudas que surgían al pensar
pudieran resolverse repitiendo lo aprendido. Todavía hoy reconozco esa
distancia en muchas prédicas y he escrito sobre ella en La hora de la
humanidad, en el apartado dedicado a las religiones, porque pertenece a mi
propia historia.
Hace más de treinta años
descubrí las Cartas de los Mahatmas. Desde las primeras lecturas sentí que me
encontraba ante una manera diferente de hablar de aquellas cuestiones. K.H. y
M. describían la muerte y los estados posteriores a ella, distinguían procesos
de conciencia y respondían a preguntas que también eran las mías. Sus
explicaciones tenían una precisión que me invitaba a seguir leyendo. Algo en mí
reconoció aquellas palabras. Sentí que sus autores hablaban desde la
experiencia: que conocían aquello que nosotros llamamos el más allá porque
habían penetrado en él. Ésa fue la diferencia decisiva para mí. Donde antes
encontraba explicaciones que pedían ser aceptadas, ahora encontraba
descripciones que podía estudiar, relacionar e interrogar.
Así comenzó una lectura que
continúa hasta hoy. He vuelto a las Cartas desde otros conocimientos, desde las
enseñanzas orientales que he estudiado y desde mi propia experiencia. Algunos
pasajes necesitaron años para empezar a mostrarme su sentido. Otros me
obligaron a revisar una interpretación que había dado por suficiente.
Años antes, en 1982, había
visitado la India, por motivos de trabajo, en dos ocasiones: Mundra, en el
estado de Gujarat, y Mumbai, en el estado de Maharashtra. Allí presencié
actuaciones de faquires que todavía recuerdo con asombro. Vi colocar una
semilla en una maceta y, aproximadamente una hora después, había un plantón de
unos dos palmos de altura. También vi a otro faquir hacer el gesto de recoger
aire entre sus manos y mostrar después lo que parecía un diamante. Desconozco
cómo realizaron aquellos fenómenos, pero nunca olvidé lo que vi.
Cuando descubrí las Cartas,
aquellos recuerdos me llevaron a distinguir entre una habilidad extraordinaria
y un conocimiento profundo de la Naturaleza. Los faquires que había observado
mostraban sus habilidades para recibir limosnas. Cada uno realizaba una
demostración concreta; yo ignoraba qué preparación había seguido y hasta dónde
llegaban sus conocimientos. Los Mahatmas hablaban de un aprendizaje mucho más
amplio, adquirido mediante una disciplina larga y exigente y puesto al servicio
de la humanidad. Me preguntaba entonces: si aquellos faquires podían mostrar
algo semejante, ¿qué podía alcanzar un Mahatma mediante su conocimiento de la
Naturaleza? Mi confianza en ellos me ha acompañado durante todos estos años.
Escribo este libro para compartir lo que he comprendido de sus enseñanzas y
ofrecer al lector otra manera de entender la vida, la muerte y nuestro lugar en
la Naturaleza. Cada uno encontrará en estas páginas algo distinto, según su
historia, sus creencias y sus propias preguntas.
Entre 1880 y 1884 se
desarrolló en la India británica la correspondencia que ocupa el centro de
estas páginas. Sus principales destinatarios fueron Alfred Percy Sinnett y
Allan Octavian Hume, dos británicos instalados en la India que habían entrado
en contacto con Helena Petrovna Blavatsky y con la Sociedad Teosófica. Los
autores de buena parte de aquellas comunicaciones firmaban con unas iniciales:
K.H. y M.
Blavatsky los reconocía como
sus maestros y hablaba de ellos como miembros de una fraternidad de hombres que
habían alcanzado un grado de conocimiento y desarrollo humano muy superior al
ordinario. Dentro de la tradición teosófica serían conocidos como Koot Hoomi y
Morya, los Mahatmas o los Maestros de Sabiduría. De aquella correspondencia
nació el conjunto documental publicado con el título The Mahatma Letters to
A. P. Sinnett, al que aquí nos referiremos como las Cartas de los
Mahatmas. Conviene recordar desde el comienzo qué clase de obra tenemos
delante. Son cartas dirigidas a personas concretas. Algunas responden a una
pregunta; otras continúan una discusión o se ocupan de dificultades de la
Sociedad Teosófica. Entre esos asuntos aparecen explicaciones sobre la materia,
el espíritu, la conciencia, la evolución, la muerte, el karma, la religión y la
ciencia. Una observación dentro de un intercambio aparentemente menor puede
adquirir importancia cuando la relacionamos con otros pasajes.
Sinnett fue el principal
destinatario de la correspondencia conservada. Periodista británico y director
de The Pioneer, pertenecía al mundo intelectual occidental y quería
explicaciones acerca de los fenómenos que entonces se denominaban ocultos. Por
mediación de Blavatsky consiguió establecer contacto con sus maestros y comenzó
a preguntarles quiénes eran, qué conocían de la Naturaleza y cómo entendían
cuestiones que sus propias categorías apenas le permitían formular. Su
insistencia tiene un valor especial para quienes leemos las Cartas. Obliga a
K.H. y M. a desarrollar conceptos, responder objeciones y buscar palabras
comprensibles para un europeo educado en el siglo XIX. A veces Sinnett no
entiende; otras veces discute o vuelve sobre una respuesta. Gracias a ese
intercambio podemos seguir tanto la enseñanza como las dificultades de
recibirla. Hume fue el otro gran interlocutor de aquellos primeros años.
Funcionario británico de alto rango, naturalista y posteriormente uno de los
fundadores del Congreso Nacional Indio, tenía un carácter diferente. Discutía
métodos y explicaciones, y no aceptaba fácilmente una afirmación por la
autoridad de quien la formulaba. Su relación con los Mahatmas acabaría
deteriorándose, pero sus discrepancias dejaron preguntas y respuestas
importantes para nuestro recorrido.
Entre todos ellos encontramos
a Blavatsky. Había fundado la Sociedad Teosófica en 1875 junto con Henry Steel
Olcott y otros colaboradores, y afirmaba haber recibido enseñanza y preparación
de aquellos maestros. Su mediación hizo posible el contacto de Sinnett en 1880.
Su figura permanece unida a la correspondencia y a las controversias sobre los
fenómenos que la acompañaron. Esas controversias forman parte de la historia
que debemos conocer, sin sustituir por ellas la lectura de las enseñanzas.
K.H. y M. aparecen en las
cartas como adeptos pertenecientes a una fraternidad de iniciados. Hablan de un
conocimiento de la Naturaleza y del ser humano adquirido mediante aprendizaje,
disciplina y experiencia. Tienen maestros propios, instruyen a discípulos y
asumen obligaciones. También viajan, trabajan, se cansan, utilizan el humor y
reprenden a sus interlocutores. Esta humanidad merece atención: ayuda a
comprender qué significa ser un Mahatma dentro de la propia correspondencia.
No todas las cartas fueron
escritas físicamente por K.H. o M. Barker aclaró este punto después de publicar
su primera edición. Recogió la explicación de Blavatsky acerca de
comunicaciones escritas o «precipitadas» mediante chelas y recordó un pasaje en
el que K.H. atribuye errores y omisiones a un discípulo. El Maestro había
compuesto mentalmente la comunicación mientras viajaba a caballo y el discípulo
se había encargado de plasmarla. Estas intervenciones ayudan a comprender
algunas dificultades del texto y las diferencias entre quien comunicaba una
enseñanza y quien la escribía.
Durante décadas, la
correspondencia permaneció fuera del alcance del público en la forma en que hoy
podemos leerla. Sinnett conservó las cartas y A. Trevor Barker emprendió la
tarea de transcribirlas, reunirlas y publicarlas. La primera edición apareció en
Londres en 1923; una segunda edición revisada, en 1926. Barker organizó el
material por asuntos para facilitar el acceso a unos intercambios que saltaban
continuamente de un tema a otro.
La cronología presenta sus
propias dificultades. Muchas cartas carecen de fecha y algunas dataciones
atribuidas después resultaron equivocadas. También hubo errores de
transcripción que Barker reconoció y corrigió para la segunda edición revisada,
publicada en 1926.
Durante casi treinta años he
trabajado con las Cartas en inglés: primero con la segunda edición revisada por
A. Trevor Barker en 1926 y, desde su aparición, con la edición de TUP
(Theosophical University Press), de 2021. Esta última sigue la edición de Barker,
incorpora correcciones tras cotejar el texto con fotografías de los originales
y añade un segundo apéndice que incluye, entre otros documentos, la primera
carta de K.H. a Hume y las Notas Cosmológicas. Ambas ediciones servirán
de referencia para este libro. Traduciremos directamente del inglés los pasajes
citados e indicaremos cuándo procedan de esos materiales complementarios.
Algunas Cartas necesitan
varias lecturas. Una respuesta se comprende mejor al conocer la pregunta que la
provocó o al encontrar otro pasaje sobre el mismo asunto. Así he trabajado con
ellas durante estos años. Cuando dos explicaciones parecen contradecirse,
vuelvo a leerlas en su contexto; cuando una expresión me recuerda una idea
actual, procuro comprobar hasta dónde llega realmente esa semejanza.
Su interés histórico es
considerable. Pertenecen a un tiempo de expansión imperial, encuentros entre
tradiciones orientales y occidentales, controversias religiosas y grandes
transformaciones científicas. El espiritismo despertaba curiosidad; las ideas de
Darwin habían alterado la discusión sobre las especies; la física investigaba
la materia y las fuerzas. K.H. y M. intervienen en ese mundo y utilizan parte
de su lenguaje para explicar una visión mucho más amplia de la existencia. Hablan
de mundos y ciclos cósmicos, de conciencia y mente, de vida y muerte, de karma
y reencarnación. Discuten sobre educación, religión, fenómenos psíquicos y
límites del conocimiento. En medio de esa amplitud insisten en algo que da
orientación al conjunto: la fraternidad humana debe expresarse en la conducta
de quienes aspiran a saber.
Ahí encontramos una de las
razones para volver a estas cartas. Nuestra capacidad para intervenir en el
mundo ha cambiado enormemente desde Sinnett y Hume. Podemos acceder a
conocimientos y utilizar instrumentos que ellos no habrían imaginado. Seguimos
teniendo que decidir cómo emplearlos y qué responsabilidades asumimos hacia los
demás. También seguimos preguntándonos por la conciencia, el sentido de nuestra
vida y la muerte.
Para muchas personas, la fe
en Dios sostiene esas preguntas y proporciona esperanza. Otras necesitan
explicaciones que puedan examinar antes de confiar. Conozco esa necesidad
porque formó parte de mi camino. Las Cartas ofrecen una visión en la que la vida,
la conciencia y la muerte pertenecen a la Naturaleza y responden a leyes cuyo
alcance supera lo que conocemos ordinariamente. Dentro de esa enseñanza, la
existencia tiene continuidad, nuestros actos producen consecuencias y el
desarrollo humano abre posibilidades que todavía no hemos realizado. Quien no
encuentra respuesta suficiente en la formación religiosa que recibió puede
descubrir aquí un horizonte desde el que volver a pensar. Ésta es una de las
razones más importantes para compartirlas.
El libro seguirá las
enseñanzas desde las propias cartas y las pondrá en relación entre sí.
Acudiremos al conocimiento actual donde permita examinar una afirmación
concreta y reconoceremos las cuestiones que permanecen abiertas. También habrá
espacio para explicar por qué ciertas ideas han tenido tanta importancia en mi
experiencia y en mi obra.
Quiero compartir con el
lector las enseñanzas de los Mahatmas y las razones por las que han sido tan
importantes en mi vida. Encontrará explicaciones que podrá estudiar, preguntas
que quizá también se haya hecho y otras que nunca había considerado. Mi confianza
en K.H. y M. me ha acompañado durante casi treinta años. Desde ella lo invito a
conocer sus cartas y a pensar por sí mismo sobre lo que enseñan.

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