La muerte no es el final
Escribí estas páginas pensando en quienes hemos perdido a
alguien querido, que somos todos, y con motivo del día de difuntos. Hoy quiero dedicarlas especialmente a las
víctimas de la catástrofe ferroviaria de Urda, en Toledo, y a sus familias.
Según el balance comunicado por el Gobierno de Castilla-La Mancha el 30 de
octubre de 2026, han fallecido 69 personas y otras permanecen hospitalizadas,
algunas en cuidados intensivos. Este dolor viene a sumarse al de las víctimas
de Adamuz. Detrás de cada persona fallecida o herida de gravedad queda un
auténtico drama. También están quienes sobrevivieron ilesos o con heridas leves
y ahora tienen que afrontar la conmoción de lo vivido, las imágenes y los
recuerdos que pueden acompañarlos toda su vida. Y queda entre nosotros un miedo
que antes de estas tragedias no sentíamos: pensar en subir a un tren y
preguntarnos si llegaremos a nuestro destino.
Sean cuales sean nuestras ideas políticas, todos deberíamos
ser capaces de ponernos en el lugar de una madre que pierde a su hijo, de un
hijo que espera noticias de su padre o de alguien que busca a su hermano entre
los desaparecidos. Basta imaginar por un momento que esa tragedia entra en
nuestra casa o en la de nuestros familiares o amigos. El dolor de esas familias
merece nuestra cercanía, y la exigencia de esclarecer lo ocurrido debería
unirnos por encima de cualquier lealtad política.
Me resulta inasumible que un país que podía presumir de
modernidad ferroviaria tenga que afrontar tragedias como estas. Vengo del
transporte marítimo y sé, por mi profesión, que la seguridad debe ocupar
siempre el primer lugar. Conozco la importancia de sus distintas capas de
protección: no se puede confiar todo a que una persona no se equivoque o a que
un equipo nunca falle. Hacen falta mantenimiento, controles, procedimientos y
preparación para que un fallo encuentre otras barreras antes de convertirse en
una tragedia. Si ha habido desidia, negligencia o incompetencia, deben
esclarecerse los hechos y exigirse las responsabilidades que correspondan,
también penales, si las hubiera. Las familias merecen acompañamiento,
respuestas y justicia. También merece reconocimiento la entrega de los vecinos,
los equipos de emergencia y los profesionales sanitarios que han acudido en su
ayuda.
Mi convicción de que la muerte no es el final no atenúa esa exigencia ni hace menos dolorosa la separación. Comparto esta esperanza sin pedir a nadie que deje de llorar, que renuncie a su rabia o que crea lo mismo que yo. Ojalá estas palabras puedan ofrecer algo de compañía a quien encuentre ánimo para leerlas.
Una reflexión sobre el duelo, la reencarnación y la esperanza de volver a encontrarnos.
Hay un momento en que la muerte deja de ser una palabra. Hasta entonces sabemos que existe, hemos visto entierros, hemos acompañado a otras personas, quizá hemos hablado de ella con cierta facilidad. Pero un día falta alguien a quien necesitamos. Queremos contarle algo y ya no podemos. Se queda una pregunta sin respuesta, una silla vacía, unas prendas que no sabemos si guardar o regalar. Y comprendemos que aquella palabra significa también esto: tener que seguir viviendo sin una presencia que formaba parte de nuestra vida.En estos
días, muchas personas llevarán flores al cementerio. Limpiarán una lápida,
colocarán con cuidado un ramo y se quedarán un rato ante un nombre. Algunas
hablarán en voz baja. Otras no sabrán qué decir. También habrá quienes
recuerden desde casa, lejos del lugar donde están enterrados sus seres
queridos, o quienes prefieran salir a caminar y encontrarse con ellos en sus
pensamientos. Cada uno hace lo que puede con su ausencia. Hay días en que el
recuerdo permite sonreír y otros en que una cosa insignificante vuelve a doler.
Una canción, una receta, una letra reconocida en un papel. Incluso después de
muchos años puede aparecer ese impulso de llamar por teléfono, seguido de la
tristeza de recordar que al otro lado ya no responderá aquella voz.
Tagore
expresó ese dolor de seguir amando a quien ya no podemos alcanzar:
«Negra
está la noche, amor. Tu sueño eterno se confunde con el silencio de mi vida...
¡Despierta, oh dolor de amar! Estoy fuera, aguardando, y no sé abrir tu
puerta».
Seguimos
pidiendo ayuda a quien se ha ido. Quisiéramos saber qué haría, qué nos diría,
cómo conseguiría tranquilizarnos. A veces basta imaginar su respuesta para
sentir un poco de compañía. Otras veces eso no alcanza y daríamos cualquier
cosa por una conversación corriente, de esas a las que apenas prestábamos
atención cuando todavía eran posibles. Quizá una de las cosas más difíciles de
la muerte sea descubrir el valor inmenso que tenían aquellos momentos en los
que aparentemente no sucedía nada.
Ante ese
dolor, yo tengo una convicción que he compartido en mis libros: creo que con la
muerte no se acaba todo. Lo digo porque forma parte de mi manera de entender la
existencia y porque, al escribir sobre este día, me resultaría poco honrado
dejar fuera aquello que más esperanza me ofrece. No sé describir lo que viene
después. No tengo un mapa ni puedo decir a nadie cómo será.
Esa
confianza no me lleva a pensar que una despedida deba doler menos. Si queremos
a alguien, queremos también su presencia concreta. Sus manos, su manera de
andar, su risa, alguna costumbre que quizá nos irritaba y que después
echaríamos de menos. Podemos creer que sigue existiendo y necesitar abrazarlo
de todos modos. Por eso nunca le pediría a una persona que dejara de llorar
porque su ser querido está en otro lugar. ¿Cómo iba a dejar de necesitarlo?
Tampoco creo que la tristeza revele una falta de fe. Hay pérdidas que obligan a
aprender de nuevo muchas cosas pequeñas: cocinar para uno, llegar a casa,
acostarse, afrontar una fecha, sentir cómo la felicidad de los demás hace más
dolorosa la ausencia. Ninguna explicación espiritual debería hacernos olvidar
lo que cuesta atravesar todo eso.
Me
parece que a veces acompañamos mejor cuando dejamos de buscar una frase capaz
de arreglarlo. Podemos escuchar, hacer una visita, preparar una comida,
preguntar si apetece salir un rato. Y seguir estando después, cuando ha pasado
el funeral y los demás han vuelto a sus obligaciones. Puede que entonces la
ausencia se haga todavía más difícil: ya no hay gestiones que resolver ni gente
entrando y saliendo, y queda por delante la vida cotidiana. En ese momento,
recordar el nombre de quien murió, dejar que se hable de él y no apresurarse a
cambiar de tema puede ser una forma de cariño. Haber muerto no debería
convertir a nadie en una persona de la que ya no se puede hablar.
En mis
escritos he intentado acercarme a la muerte desde la idea de que el cuerpo es
la morada de algo más profundo. Es una imagen que me ayuda a pensar. Este
cuerpo nos permite conocer el mundo, querer a otras personas y hacer cuanto
hacemos; merece cuidado y gratitud. Pero me cuesta aceptar que toda la realidad
de un ser humano quede agotada en aquello que podemos ver de él. Cuando
recuerdo a alguien amado, pienso en su intimidad, en esa forma irrepetible de
estar presente, en todo lo que nunca llegó a decir y, sin embargo, alcanzábamos
a comprender. Mi convicción es que hay una dimensión espiritual en nosotros y
que la muerte del cuerpo no la destruye.
Sé que
otra persona puede mirar esos mismos hechos y llegar a una conclusión
diferente. No pretendo resolver aquí una discusión sobre el alma ni pedir al
lector que adopte mis creencias para poder seguir leyendo. Comparto lo que me
sostiene. A mí me ayuda pensar que morir puede ser un tránsito hacia una
existencia que ahora no alcanzamos a comprender. En mis libros he recurrido a
la imagen del nacimiento. Durante meses, el vientre de nuestra madre fue todo
nuestro mundo. Allí recibíamos alimento, calor y protección, sin conocer otra
forma de vivir. Y un día llegamos a este lado, a grito pelado, sin saber que
había unos brazos dispuestos a acogernos y personas que llevaban meses
esperando conocernos. Para nosotros todo era desconocido; para quienes nos recibían,
nuestra llegada era motivo de alegría. Nos esperaban con la ilusión de
cuidarnos y enseñarnos, poco a poco, su mundo.
La
muerte podría parecerse a aquel paso. Tal vez nos asuste tanto porque esta vida
es la que reconocemos como nuestra y nos cuesta imaginar una existencia fuera
de ella. Quizá morir consista en atravesar otro umbral, en llegar a un estado
que desde aquí no podemos comprender. Y quizá también allí haya seres queridos
que nos esperen y nos ayuden a dar los primeros pasos, como hicieron quienes
nos recibieron al nacer. No sé si sucede así, pero esa posibilidad me conmueve
y me ayuda a mirar la despedida sin miedo.
Cuando
pienso en alguien que, después de muchos años, alcanza una serenidad que antes
no tenía o aprende por fin a perdonar, me cuesta aceptar que todo cuanto ha
llegado a comprender termine ahí. Para mí, ese aprendizaje pertenece a un
recorrido que continúa.
La
reencarnación ocupa el centro de mi manera de entender la existencia y preside
mi obra. Desde esa convicción leo las enseñanzas de las Upanishads y la
Bhagavad Gita: lo esencial del ser humano trasciende el cuerpo y atraviesa
sucesivas existencias. Nuestra vida presente es una etapa en la que aprendemos
a amar, afrontamos las consecuencias de nuestros actos y desarrollamos nuestra
comprensión. Volvemos a vivir para continuar esa tarea, aunque no conservemos
un recuerdo consciente de las vidas anteriores. Lo aprendido forma parte de
aquello en lo que nos vamos convirtiendo.
Tampoco
recordamos nuestros primeros meses o años de existencia, y los vivimos. Desde
mi convicción en la reencarnación, entiendo de manera semejante el olvido de
las vidas anteriores: no recordar esas experiencias no significa que no las
hayamos atravesado ni que lo aprendido en ellas se haya perdido.
Así
entiendo la muerte: como el final de una etapa dentro de una evolución
espiritual más amplia. Desconozco los detalles del tránsito, pero mi convicción
sobre su sentido es firme. El cuerpo hace posible nuestra experiencia en este
mundo y merece cuidado y gratitud; cuando termina su función, nuestro camino
prosigue. Esta confianza también me compromete con el presente: lo que hacemos
importa, porque nuestros actos nos transforman y afectan a quienes comparten la
vida con nosotros.
Mientras
tanto, el amor sigue teniendo cosas que hacer aquí. Quien nos cuidó puede
continuar presente en nuestra manera de cuidar. Una enseñanza recibida hace
muchos años puede ayudarnos en un momento difícil. A veces reconocemos que
hemos aprendido a ser pacientes gracias a alguien que lo fue con nosotros, o
que una persona nos enseñó, con su ejemplo, a no pasar de largo ante la
necesidad ajena. Esa huella forma parte de nuestra vida. Mi creencia en la
continuidad espiritual va más allá del recuerdo, pero agradezco también esta
permanencia cercana, que se expresa en actos y que podemos ofrecer a otros.
Tampoco
hace falta que el recuerdo sea perfecto. Las personas a quienes amamos tuvieron
dificultades, contradicciones y días malos. Tal vez quedaron conversaciones
pendientes o heridas que todavía duelen. La muerte puede dejarnos junto al
cariño una culpa difícil de explicar: lo que dijimos, lo que callamos, las
veces que no estuvimos. No quisiera añadir a ese peso la exigencia de haber
amado siempre bien. Casi todos hemos querido como hemos sabido, con nuestras
limitaciones y nuestros cansancios. Podemos reconocer lo que lamentamos y
permitirnos recordar también lo bueno, sin reducir una relación entera a su
última etapa o a una conversación que desearíamos cambiar.
Pensar
en todo esto me devuelve a quienes siguen a mi lado. Me recuerda que puedo
llamar hoy, agradecer hoy, dedicar un rato a escuchar. Que el afecto necesita
alguna expresión, aunque nos parezca que la otra persona ya sabe cuánto la
queremos. Mi esperanza en otra forma de existencia me hace valorar esta: aquí
puedo ser útil, aprender, compartir una comida, disfrutar de un paseo, escribir
a alguien. Deseo seguir viviendo y tener tiempo para hacer esas cosas. Y deseo
que mis convicciones se traduzcan en un trato más humano, porque sería triste
hablar mucho del espíritu y ofrecer poca compañía a quien la necesita.
Si hoy
recuerdas a alguien, quizá estas palabras no cambien tu tristeza. Me gustaría
que las recibieras como una conversación cercana. Comparto contigo lo que me
sostiene: el dolor de no tener a quienes amo a mi lado y la confianza en que su
existencia continúa. Puedo echarlos de menos y conservar esa esperanza al mismo
tiempo.
Ojalá
encuentres hoy a alguien con quien puedas hablar de esa persona. Alguien que
quiera escuchar cómo era, qué os hacía reír, qué sigues echando de menos. Ojalá
puedas pronunciar su nombre con libertad y contar una de esas historias que le
devuelven por un momento su voz y sus gestos. Y si junto a las lágrimas aparece
una sonrisa, puedas recibirla sin culpa. También en ella está el amor que
habéis compartido.
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