Cartas de los Mahatmas I Cap. 2: ¿Quiénes son K.H. y M.?
El Himalaya, escenario geográfico vinculado a la fraternidad de los Mahatmas.
Acercarse a K.H. y M. únicamente a través de las imágenes que la tradición teosófica construyó posteriormente alrededor de ellos puede producir una impresión muy distinta de la que ofrecen las propias cartas. Con el paso del tiempo, los nombres de Koot Hoomi y Morya quedaron rodeados de retratos, relatos, interpretaciones y una reverencia comprensible entre quienes los reconocieron como Maestros de Sabiduría. Nosotros queremos encontrarlos antes de que todo eso ocurra. Queremos conocerlos en el lugar donde dejaron una huella más directa de su pensamiento: sus cartas. Y lo primero que sorprende al hacerlo es que no se presentan como dioses, espíritus desencarnados ni seres sobrenaturales. Se presentan como hombres. Hombres que pertenecen a una fraternidad, que han recorrido un camino de formación extraordinariamente exigente, que poseen conocimientos y facultades que atribuyen a ese desarrollo y que continúan, a su vez, sometidos a maestros más avanzados que ellos. Barker resume el origen de la correspondencia diciendo que Blavatsky los denominaba Hermanos, Mahatmas y, posteriormente, Maestros de Sabiduría, y que los situaba dentro de una fraternidad oculta vinculada a las regiones transhimaláyicas del Tíbet. Esa es la tradición de la que partimos; las cartas nos permitirán descubrir qué significa realmente pertenecer a ella.
Fragmento
de una carta de K.H., con su firma.
La palabra Mahatma
puede inducir a error si la convertimos inmediatamente en un título equivalente
a santo, profeta o ser divino. En la correspondencia designa a seres humanos
que han alcanzado un grado excepcional de conocimiento y dominio de sí mismos
mediante un proceso de desarrollo. Esa condición no aparece como un regalo
concedido desde fuera. Hay aprendizaje, disciplina, obediencia durante la etapa
de formación, pruebas y una transformación progresiva del individuo. K.H. lo
expresa de una manera especialmente reveladora cuando habla de la etapa de
pupilaje: durante ella, dice, deben ser dóciles y obedientes, aunque nunca
esclavos; una vez superada, afirma que pocos hombres pueden ser más libres que
ellos. La frase nos introduce desde muy pronto en una idea que encontraremos
repetidamente: la disciplina no tiene como finalidad fabricar obediencia, sino
alcanzar libertad. El discípulo acepta unas condiciones mientras aprende porque
todavía no posee aquello que pretende alcanzar; la meta no es perpetuar su
dependencia del maestro, sino hacerla innecesaria.
Esto empieza a aclarar
qué significa la palabra adepto dentro de las Cartas. No describe
simplemente a alguien que conoce una doctrina secreta. El conocimiento del
adepto parece inseparable de aquello en lo que se ha convertido. La diferencia
es fundamental. En nuestro mundo podemos estudiar una materia, aprobar unos
exámenes y conservar esencialmente el mismo carácter que teníamos antes de
comenzar. El camino descrito por K.H. y M. exige otra cosa. Aprender implica
transformarse. De ahí la insistencia posterior en la voluntad, el dominio de
las pasiones, el altruismo, la ausencia de ambición personal y la capacidad
para soportar determinadas pruebas. Las facultades que las Cartas atribuyen a
los adeptos no aparecen como el objetivo del camino, sino como consecuencias de
un conocimiento y un desarrollo interior. En los materiales incorporados a la
propia edición se formula expresamente esta diferencia: la adquisición de
poderes psíquicos no constituye el objetivo del entrenamiento oculto y esos
poderes, por sí mismos, no proporcionan aquello que realmente se busca.
La fraternidad a la que
pertenecen tampoco aparece como una asociación de individuos aislados que han
alcanzado poderes extraordinarios y actúan según su voluntad. Hay una
organización, distintos grados de conocimiento y responsabilidad y una
jerarquía que las cartas dan por supuesta muchas veces sin explicarla
completamente. K.H. habla de «nuestra fraternidad», de los Hermanos, de otros
adeptos, de discípulos o chelas y de superiores a quienes consulta.
Cuando Hume le dirige su primera propuesta seria, K.H. explica que la llevó
ante sus superiores y agradece la iniciativa «en nombre de toda la sección de
nuestra fraternidad» especialmente interesada por el bienestar de la India. No
habla, por tanto, como un sabio independiente que decide por sí mismo intervenir
en el mundo. Habla como miembro de una organización cuya existencia, estructura
y objetivos presenta como anteriores a él.
Esta característica es
esencial para comprenderlos. K.H. y M. poseen autoridad frente a Sinnett, Hume,
Blavatsky y los chelas que aparecen en la correspondencia, pero ellos
mismos reconocen una autoridad superior. La palabra Maestro, por tanto,
es relativa. Quien es maestro para uno puede seguir siendo discípulo respecto
de otro. La sabiduría no aparece como una cima alcanzada de una vez para
siempre, sino como una sucesión de grados. Esta estructura modifica
profundamente la imagen popular del Mahatma como un ser que lo sabe todo. Las
Cartas no presentan a K.H. y M. como omniscientes. Presentan una escala de
desarrollo en la que existen seres más avanzados que otros y en la que incluso
quienes aparecen ante nosotros como Maestros continúan vinculados a quienes se
encuentran por encima de ellos. La correspondencia permite conocer también algo
de la relación entre los dos. K. H. llama a M. «mi hermano» y habla de él con
estima; en una carta le dice a Sinnett que M. es más poderoso que él y se
encuentra menos sujeto a restricciones. M., por su parte, defiende a K. H.
cuando considera que Hume lo ha juzgado injustamente. Sus maneras de escribir
son distintas: K. H. suele detenerse en largas explicaciones, mientras que M.
interviene con mayor brevedad y contundencia. Esa diferencia de temperamento,
junto con el afecto y la confianza que dejan ver sus palabras, ayuda a
reconocer a dos interlocutores concretos detrás de las iniciales.
Entre esas figuras
superiores aparece repetidamente el Chohan. El término no debe entenderse aquí
como el nombre propio de una persona, sino como una denominación de rango o
autoridad. En las cartas encontramos referencias a un jefe venerable, a
superiores y a decisiones que K.H. y M. no pueden tomar unilateralmente. La
primera carta de K.H. a Hume resulta particularmente significativa: K.H. cuenta
que la propuesta de este último fue llevada ante su «venerable Chief» y que
posteriormente comunica el resultado de una conferencia con sus jefes. La
relación con Sinnett y Hume, por tanto, no nace simplemente de la simpatía
personal de K.H. hacia dos occidentales interesados por el ocultismo. Forma
parte de una decisión sometida a consideración dentro de la propia fraternidad.
Esto nos permitirá
comprender más adelante algunas negativas que de otro modo resultarían
extrañas. Hay momentos en que Sinnett pide una explicación y K.H. responde que
no está autorizado a proporcionarla. En otros, puede avanzar solamente hasta
cierto punto. A veces debe consultar. El silencio no significa necesariamente,
dentro del relato de las propias Cartas, que K.H. desconozca la respuesta;
significa que considera que ese conocimiento no puede ser transmitido todavía o
que no posee autorización para hacerlo. Tendremos ocasión de estudiar
críticamente este principio porque ocupa un lugar central en su concepción de
la enseñanza: el conocimiento no se entrega únicamente en función de la
curiosidad del que pregunta, sino de su preparación para recibirlo y de las
consecuencias que puede tener aquello que aprende. El índice de la propia
edición resume esta doctrina al señalar que la ciencia oculta se comunica por
grados, que existen condiciones para transmitir determinados secretos y que
proporcionar más conocimiento del que una persona está preparada para manejar
puede resultar peligroso.
A partir de aquí
aparece la relación entre maestro y discípulo. El término chela, que
encontraremos continuamente, designa al discípulo sometido a esa formación. Las
Cartas muestran que no se trata de una relación sentimental ni de una adhesión
basada en la veneración de la personalidad del maestro. El discípulo trabaja,
recibe instrucciones, comete errores, es probado y puede fracasar. También
puede colaborar con el maestro. Esto último será especialmente importante para
comprender la propia materialidad de algunas cartas. Barker terminó aclarando
que no todas habían sido ejecutadas físicamente por K.H. o M. Blavatsky llegó a
preguntar cuántos chelas habían participado en su escritura o
«precipitación», y K.H. explica en un caso concreto que compuso mentalmente una
carta mientras viajaba a caballo y que un joven discípulo, todavía inexperto,
fue quien la plasmó, omitiendo y deformando partes del contenido. El propio
K.H. reconoce su responsabilidad: estaba agotado después de cabalgar durante
cuarenta y ocho horas y no revisó adecuadamente el resultado.
El episodio es
extraordinario por más de una razón. La primera es evidente: describe un
procedimiento de comunicación que, si ocurrió tal como se relata, queda
completamente fuera de nuestra experiencia ordinaria y tendremos que estudiarlo
cuando lleguemos a los fenómenos. Ahora nos interesa otra cosa. K.H. está
cansado. Ha cabalgado durante dos días, tiene sueño, delega una tarea, el
discípulo la ejecuta imperfectamente y él admite haber cometido el error de no
comprobarla. Esta escena está muy lejos de la imagen de un ser sobrenatural
instalado permanentemente en un estado de perfección inaccesible. Encontramos a
un hombre extraordinario dentro del relato de las Cartas, pero a un hombre que
habita un cuerpo, se desplaza, trabaja, se fatiga y puede tomar una decisión
poco acertada.
Este aspecto humano
aparece una y otra vez y merece conservarse porque forma parte de la enseñanza
que intentaremos comprender. K.H. escribe desde distintos lugares, menciona
viajes, desplazamientos, correspondencia que ha enviado desde ciudades de la India
y estancias relacionadas con monasterios o lamaserías. Una de sus cartas
termina informando a Sinnett de que había enviado otra desde Umballa. En otros
lugares aparecen Amritsar, Darjeeling, Simla y referencias al Tíbet y a las
regiones transhimaláyicas. La primera carta conservada a Hume está fechada en
Amritsar el 1 de noviembre de 1880. No debemos convertir automáticamente cada
encabezamiento en una prueba de residencia física exacta, porque la propia
naturaleza de la correspondencia y los métodos de transmisión descritos en ella
complican esa conclusión. Sí podemos afirmar que las Cartas sitúan a sus
autores dentro de una geografía concreta que conecta el norte de la India con
el ámbito tibetano, y que la tradición transmitida por Blavatsky los vincula
expresamente con una fraternidad transhimaláyica.
Las Cartas mencionan
también períodos en los que K. H. se aparta de la correspondencia. En una de
ellas habla de pasar sus «vacaciones de verano» en un valle próximo al Terich
Mir, sin explicar qué significaba para él esa estancia. Más adelante anuncia que
dejará de responder durante unos tres meses para prepararse para las
celebraciones de Año Nuevo de su fraternidad. M. describe ese retiro en
términos mucho más sorprendentes: sitúa a K. H. en una antigua torre,
aparentemente sin vida, mientras él se ocupa de continuar su trabajo. No
debemos dar por supuesto que ambos pasajes describen el mismo episodio ni que
conocemos el procedimiento al que alude M. Sí muestran que, detrás de la
palabra «retiro», las Cartas pueden estar hablando de una práctica muy distinta
del descanso ordinario.
Las Cartas tampoco nos
dicen qué edad tenían K. H. y M. Blavatsky afirmó más tarde que había conocido
a M. en 1851, cuando ya era un hombre en la plenitud de la vida, y que décadas
después conservaba el mismo aspecto. Ella misma reconoció que desconocía su
edad exacta. Es un testimonio llamativo, pero no nos permite establecer su
fecha de nacimiento ni calcular la edad de K. H. Darles una cifra precisa sería
añadir a las Cartas un dato que no contienen.
Escritura
y firma de M. Nota recibida en Allahabad el 10 de marzo de 1882.
La vida que asoma
detrás de las cartas tampoco parece contemplativa en el sentido pasivo que
podríamos atribuir a un sabio retirado del mundo. Hay desplazamientos,
discípulos, instrucciones, correspondencia, consultas con superiores,
preocupaciones por la India, atención a la Sociedad Teosófica y discusiones
sobre la posibilidad de transmitir determinadas enseñanzas a Occidente. K.H.
habla de una sección de la fraternidad particularmente interesada en el
bienestar de la India y expresa un profundo vínculo con ella. Explica que el
estudio de las leyes ocultas de la Naturaleza ha ampliado y hecho cosmopolita
su perspectiva, sin borrar el amor por su tierra. Es una combinación
importante: universalidad sin desarraigo. El adepto no aparece como alguien que
ha dejado de pertenecer a la humanidad para refugiarse por encima de ella;
cuanto mayor es su horizonte, mayor parece ser la responsabilidad que asume
hacia ella.
Esto ayuda también a
entender por qué los Mahatmas no intervienen constantemente para corregir
cuanto sucede a su alrededor. Las propias Cartas niegan la idea de que
controlen cada movimiento de la Sociedad Teosófica. Los discípulos conservan
libertad, las personas cometen errores y las consecuencias siguen su curso.
Incluso los Hermanos, según el marco que ellos mismos presentan, actúan dentro
de leyes y límites. No son dioses que suspenden a voluntad el orden natural.
Esta cuestión será decisiva cuando estudiemos su concepción del universo:
aquello que llamamos extraordinario no significará para ellos una violación de
la Naturaleza, sino la utilización consciente de leyes naturales que la mayoría
desconoce. Su autoridad procede precisamente del conocimiento de esas leyes, no
de la capacidad de quebrantarlas.
Y aquí aparece una
diferencia profunda entre el Mahatma y la figura religiosa del ser perfecto al
que se atribuye infalibilidad. Las Cartas no nos piden que imaginemos a K.H. y
M. como inteligencias absolutas. Ellos mismos describen una jerarquía por encima
de su propio grado, reconocen restricciones, obedecen decisiones, trabajan con
discípulos, pueden estar físicamente agotados y admiten errores en cuestiones
concretas. Al mismo tiempo, hablan desde la convicción de haber alcanzado un
conocimiento de la Naturaleza que supera ampliamente el conocimiento ordinario.
Ambas cosas conviven. Su grandeza, tal como ellos mismos la presentan, no
consiste en haber dejado de ser humanos, sino en haber desarrollado
posibilidades humanas que permanecen dormidas en la mayoría de nosotros.
Esta idea cambia
nuestra manera de acercarnos a ellos. Si fueran dioses, solo cabrían la fe o el
rechazo. Si fueran personajes literarios, bastaría estudiar las ideas
atribuidas a ellos. Si aceptamos el testimonio que las Cartas ofrecen de sí
mismas, tenemos delante algo mucho más exigente: seres humanos que afirman
haber recorrido un camino que otros seres humanos pueden recorrer, aunque sea
largo, difícil y reservado a quienes estén dispuestos a asumir sus
consecuencias. El Maestro deja entonces de ser una excepción que separa lo
divino de lo humano y se convierte en una expresión de hasta dónde puede llegar
el ser humano.
Debemos mantener, al
mismo tiempo, la disciplina que establecimos al comenzar este libro. Podemos
documentar la existencia material de una amplia colección de cartas, estudiar
los manuscritos y su historia editorial y comprobar que Sinnett, Hume, Blavatsky
y muchas otras personas afirmaron relacionarse con K.H. y M. La edición que
manejamos identifica esa correspondencia como recibida por Sinnett entre 1880 y
1884 y recoge la tradición según la cual sus autores pertenecían a una
fraternidad oriental situada en el ámbito transhimaláyico. Podemos documentar
también que los propios textos hablan de chelas, adeptos, superiores, un
Chohan, métodos extraordinarios de transmisión y una organización dedicada al
estudio de las leyes ocultas de la Naturaleza. Otra cosa es demostrar
históricamente, mediante pruebas independientes de las afirmaciones de los
protagonistas, cada detalle de esa fraternidad, su localización, su estructura
interna o las facultades atribuidas a sus miembros. No mezclaremos ambos planos
porque no necesitamos hacerlo.
Llevo casi treinta años
escuchando a los Mahatmas. Durante ese tiempo he leído también a otros autores
de las tradiciones orientales, cuyas enseñanzas me han ayudado a volver sobre
las Cartas con nuevas preguntas y a comprenderlas mejor. Mi confianza en K. H.
y M. no me dispensa de leerlos con rigor; al contrario, me exige atender a lo
que realmente escribieron, sin convertirlos en aquello que nunca afirmaron ser.
En sus cartas encuentro hombres sometidos a una disciplina, que fueron
discípulos y llegaron a ser maestros sin dejar por ello de tener maestros
propios; hombres que hablan de libertad después de haber aprendido obediencia,
de conocimiento unido a responsabilidad y de facultades que carecen de valor si
no van acompañadas de transformación interior. Su fraternidad aparece como una
organización cuyo conocimiento adquiere sentido cuando se pone al servicio de
la humanidad.
Ahí está la primera
gran profundidad de su figura. El Mahatma no representa la negación de lo
humano. Representa, en las propias Cartas, su desarrollo. Y si queremos
comprender la sabiduría que K.H. y M. intentaron transmitir, tendremos que
abandonar desde ahora la pregunta superficial acerca de qué poderes poseían
para entrar en otra mucho más importante: qué tuvieron que transformar en sí
mismos para llegar a ser quienes eran.
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