Cartas de los Mahatmas | Cap. 1: Cuando comienza la correspondencia

 

Imagen de mapa de la India, anterior a su división

India, 1880. El comienzo de una correspondencia extraordinaria.


PARTE I. EL ENCUENTRO

1. El comienzo de la correspondencia

La historia que vamos a seguir comienza en la India de 1880, aunque sus raíces se remontan a algunos años antes. La Sociedad Teosófica había sido fundada en Nueva York en 1875 por Helena Petrovna Blavatsky, Henry Steel Olcott y un pequeño grupo interesado en investigar cuestiones que la ciencia y las religiones de su tiempo no parecían capaces de explicar por completo. En 1879 Blavatsky y Olcott trasladaron a la India el centro de sus actividades. No empezaban entonces a interesarse por sus tradiciones: estas ya ocupaban un lugar en sus lecturas, sus escritos y el proyecto teosófico, aunque cada uno se había acercado a ellas por caminos distintos. Consideraban que allí se conservaban enseñanzas sobre la Naturaleza y el ser humano que muchos lectores occidentales apenas conocían. Desarrollarían su trabajo en una India sometida al dominio británico, donde ese intercambio estaba marcado también por una profunda desigualdad de poder.

En ese escenario vivía Alfred Percy Sinnett. Era un periodista británico, director de The Pioneer, uno de los periódicos angloindios más importantes de la época, y pertenecía por educación y posición social al mundo colonial británico. Su formación era occidental y su manera de razonar estaba marcada por la cultura científica de su tiempo. Al mismo tiempo, sentía una fuerte curiosidad por aquellos fenómenos que parecían escapar de las explicaciones habituales. Cuando conoció a Blavatsky y Olcott encontró algo diferente de las sesiones espiritistas que por entonces despertaban enorme interés en Europa y América. Blavatsky no se limitaba a afirmar que existían fenómenos inexplicados. Sostenía que detrás de ellos había un conocimiento de las leyes de la Naturaleza y, sobre todo, afirmaba haber aprendido de hombres que poseían ese conocimiento.

Aquello cambió la naturaleza de la pregunta. Ya no se trataba únicamente de averiguar si podía aparecer un objeto de manera inexplicable, si era posible transmitir un pensamiento a distancia o si existían capacidades humanas todavía desconocidas. Si lo que Blavatsky decía era cierto, detrás del fenómeno había alguien que sabía cómo se producía. Y eso era mucho más importante.

Blavatsky hablaba de aquellos hombres como Hermanos, Mahatmas y, más adelante, Maestros de Sabiduría. Decía haberlos conocido y haber recibido de ellos instrucción durante su estancia en el Tíbet. A través de ella, Sinnett comenzó en 1880 una correspondencia con dos de esos maestros, M. y K.H., que se prolongaría principalmente hasta 1884. Esa es la correspondencia que constituye el núcleo de las Cartas Mahatma. Así lo presenta Barker al comienzo de su introducción y así lo conserva la edición revisada que utilizaremos durante nuestro recorrido.

El encuentro entre Sinnett y Blavatsky tuvo una importancia decisiva. Los dos parecían hechos para entenderse y para chocar. Blavatsky poseía un carácter impetuoso, utilizaba un lenguaje que podía resultar desconcertante y hablaba de los Maestros como de una realidad que formaba parte de su propia vida. Sinnett necesitaba ordenar aquello. Quería hechos, explicaciones y una doctrina que pudiera ser presentada de forma comprensible a una mente occidental. Esa diferencia terminaría siendo una de las grandes riquezas de la correspondencia. Si Sinnett hubiera aceptado simplemente cuanto se le decía, probablemente tendríamos muchas menos Cartas. Sus preguntas, sus dudas y también su insistencia obligaron a desarrollar respuestas que de otro modo quizá nunca habrían quedado escritas.

El primer impulso de Sinnett estuvo muy relacionado con los fenómenos. Resulta comprensible. Antes de preguntarnos por la estructura del universo o por la naturaleza de la conciencia necesitamos alguna razón para pensar que la persona que tenemos delante sabe algo que nosotros ignoramos. Blavatsky había despertado precisamente esa curiosidad. A su alrededor se relataban acontecimientos difíciles de explicar por medios ordinarios, y Sinnett quería comprobar hasta dónde llegaban. Su deseo inicial era establecer una comunicación directa con aquellos hombres de quienes ella hablaba. No quería conocer únicamente lo que Blavatsky decía de los Maestros. Quería hablar con ellos.

Ese paso resulta fundamental para comprender todo lo que vendrá después. Las Cartas no nacen de un maestro que decide escribir un tratado para Occidente. Nacen de un hombre occidental que intenta abrir una puerta y comienza a hacer preguntas al otro lado. La primera respuesta no fue siquiera dirigida a Sinnett. El comienzo documental de la correspondencia posee una pequeña ironía que merece conservarse. La edición revisada de 2021 incorpora una carta que Barker no había incluido en su recopilación original: la primera comunicación de K.H. dirigida a Allan Octavian Hume. Esto nos recuerda desde el comienzo que la historia que conocemos como The Mahatma Letters to A. P. Sinnett fue en realidad una conversación algo más amplia y que su reconstrucción depende también de los documentos que han llegado hasta nosotros.

Sinnett había intentado conseguir precisamente aquello que tantos buscadores de fenómenos habrían deseado: una demostración capaz de superar cualquier duda. La idea era utilizar la supuesta capacidad de los Maestros para transmitir objetos o comunicaciones a distancia y realizar una prueba que pudiera ser comprobada. El interés era comprensible: si se conseguía un fenómeno realizado bajo determinadas condiciones y suficientemente difícil de explicar por medios normales, se dispondría de algo parecido a una prueba pública. K.H. atendió su petición, pero quiso que Sinnett comprendiera también las leyes que hacían posibles aquellos fenómenos y la responsabilidad de utilizar ese conocimiento.

Esta diferencia tardará tiempo en hacerse completamente visible. Durante los primeros intercambios continuarán apareciendo fenómenos, intentos de comprobación y discusiones sobre las condiciones necesarias para producirlos. Pero desde muy pronto encontramos una resistencia a convertirlos en el centro de la relación. Lo extraordinario, por espectacular que pudiera parecer, no constituía para ellos la enseñanza. Incluso años después, cuando las controversias alrededor de los fenómenos habían causado graves problemas a la Sociedad Teosófica, Blavatsky recordaría a Sinnett algo que, según ella, K.H. le había dicho ya claramente: la Sociedad debía ser ante todo una fraternidad universal, no una sociedad dedicada a los fenómenos y al ocultismo.

También nosotros podemos preguntarnos cómo aparecía una carta o cómo se transmitía un pensamiento. Las Cartas se ocupan de esas cuestiones, pero las relacionan con otras: qué conocemos de la Naturaleza, cómo desarrollamos nuestras facultades y para qué queremos utilizarlas.

Allan Octavian Hume entró pronto en aquella historia. Era un personaje formidable para una experiencia semejante. Había desarrollado una larga carrera en la administración británica de la India, era naturalista y ornitólogo y poseía una personalidad crítica, independiente y difícil de impresionar. Más adelante sería una figura importante en la creación del Congreso Nacional Indio. La edición que tenemos recoge su trayectoria administrativa, sus proyectos de reforma y su relación con Sinnett, a quien probablemente conoció en Allahabad (actual Prayagraj). No era, por tanto, un hombre predispuesto simplemente a inclinarse ante una autoridad espiritual. Preguntaba, objetaba y quería razones.

Su presencia tuvo consecuencias importantes. Sinnett y Hume compartían el interés por conocer aquello que Blavatsky afirmaba conocer, pero no tenían exactamente la misma disposición. Hume llegaría a discutir con dureza determinadas afirmaciones y su relación con los Mahatmas atravesaría momentos muy difíciles. Sin embargo, en estos primeros tiempos ambos fueron considerados posibles interlocutores para algo que iba mucho más allá de satisfacer su curiosidad personal. Las propias Cartas llegarán a decir que Sinnett y Hume estaban entre quienes podían utilizar los conocimientos recibidos para un bien más amplio. Mi versión de las Cartas conserva precisamente esa idea: los hechos que les habían sido comunicados debían considerarse confiados a ellos para beneficio general, no como una propiedad privada.  Aquí empieza a vislumbrarse la verdadera dimensión del encuentro.

Dos hombres del mundo británico querían acceder al conocimiento de unos misteriosos maestros orientales. Podría haberse quedado en una historia fascinante de fenómenos y correspondencia secreta. No ocurrió así. Poco a poco, las preguntas comenzaron a crecer. ¿Qué es realmente la materia? ¿Qué diferencia existe entre materia y espíritu? ¿Qué es la conciencia? ¿Cómo evoluciona el ser humano? ¿Qué ocurre cuando morimos? ¿Existe una parte de nosotros que continúa? ¿Qué es el karma? ¿Por qué sufrimos? ¿Cuál es la relación entre conocimiento y desarrollo moral? ¿Qué puede conocer la ciencia y dónde comienzan sus límites? Y, por encima de todo ello, fue apareciendo una pregunta todavía más incómoda: ¿para qué queremos saber?

Esta pregunta explica uno de los primeros grandes desencuentros entre los interlocutores. Sinnett llegó a imaginar una organización mucho más dedicada al estudio del ocultismo y menos condicionada por el ideal de fraternidad universal. La respuesta atribuida a K.H. fue tajante. La edición inglesa la conserva con una expresión difícil de malinterpretar: abandonar la idea de una fraternidad universal para convertir la Sociedad en un colegio dedicado al estudio especial del ocultismo «nunca podrá ser».

Esto resulta especialmente revelador porque nos permite ver, desde el comienzo, una jerarquía dentro de las propias enseñanzas. El conocimiento oculto podía tener importancia. Las facultades extraordinarias podían existir. Los fenómenos podían despertar interés e incluso servir en determinadas circunstancias. Pero ninguno de ellos constituía el objetivo final. Había algo situado por encima: el uso que el ser humano hiciera del conocimiento y su relación con los demás.

La contraposición se vuelve todavía más clara en otra idea conservada en la edición española. No serían los fenómenos físicos o psíquicos los que acabarían produciendo una verdadera convicción, sino los fenómenos —así los denomina el texto— de intelectualidad, filosofía y lógica. Es una afirmación sorprendente viniendo precisamente de unos hombres cuya fama terminaría asociándose a cartas precipitadas, apariciones y capacidades extraordinarias. Parecen estar advirtiendo desde el principio que su mensaje no debe juzgarse principalmente por aquello que se cuenta que eran capaces de hacer. Debe juzgarse también por lo que tienen que decir.

Casi ciento cincuenta años después, conservamos la conversación que surgió de aquel encuentro. Podemos conocer las preguntas de Sinnett y Hume, seguir las respuestas de los Mahatmas y volver sobre ellas desde nuestra propia experiencia. Podemos detenernos cuando una de ellas resulte desconcertante y continuar hasta descubrir qué pretende enseñarnos. Podemos contrastarla con otras cartas y con todo cuanto hemos aprendido desde entonces. Y podemos comprobar si detrás de aquellas palabras queda algo capaz de hablar al ser humano actual. Así comenzó aquella correspondencia: con curiosidad, fenómenos inexplicados, preguntas y el deseo de entrar en contacto con unos hombres a quienes Blavatsky llamaba sus Maestros. Sinnett buscaba una prueba; terminaría encontrándose ante preguntas que desbordaban cuanto había imaginado. Y aquellas cartas, nacidas de un encuentro improbable en la India colonial, acabarían interrogando no solo los límites del conocimiento, sino también el destino de una humanidad que todavía intenta conocerse a sí misma.

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